http://es.wikipedia.org/wiki/Parque_G%C3%BCell
domingo 15 de noviembre de 2009
Parc Güell.
He hecho algunas fotos a uno de mis lugares favoritos de Barcelona.
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sábado 17 de octubre de 2009
Puerta 10.
Mis amigos José Zapata y Javier Mozos han fundado un grupo de música llamado Puerta 10. José toca el bajo y Javi la batería. El resto de la banda son David Sevilla a la guitarra y Giancarlo Arena a la voz. Han grabado una maqueta bajo la producción de Antonio Orozco y Xavi Pérez. Aquí os dejo la biografía que ellos mismos han escrito:
"Fue en noviembre de 2007, mientras el mundo eufórico buscaba cualquier excusa para exclamar un rotundo “¿Por qué no te callas?”, cuando se formó “Puerta 10”. No pretenden ser una revolución musical, ni piden ser el eco de una tendencia. No llevan peinados a la moda, no usan la palabra “sociedad” en sus canciones, no fuman para sentirse más rockeros, no gritan los tópicos de siempre. Sólo se limitan a jugar con las melodías, con la ambigüedad de las palabras, a cantar la belleza de la cotidianeidad de los veinte años. Hablan del tiempo que no pasa o que lo hace demasiado rápido, del amor que existe cuando se acaba, de las mentiras que necesitamos para ser felices. Puerta 10 es la parte oculta de las personas, es la puerta que nos lleva a la visión de nuestro alrededor, con ojos genuinos y honestos, hartos de purismos y disfraces. Puerta 10 es el momento en que se decide dar un paso al exterior, ver tu propio mundo cruzando una puerta, ver toda una vida de cosas, proyectos y recuerdos que merecen la pena. Tras unos años de composición y algunos conciertos, en septiembre de 2009 graban su primer EP con la producción de Antonio Orozco y Xavi Pérez. Siempre se abren nuevas puertas; lo importante es saber donde conducen esas puertas y luego tener fuerza para emprender el camino que se ve desde ellas, un camino lleno de sorpresas".
Personalmente es un grupo que me gusta mucho, podéis pensar que lo digo a causa de nuestra amistad, los que me conocen bien saben que si algo no me gusta lo digo claramente, vaya, este comentario es otro tópico jaja. Os dejo mis dos canciones favoritas, espero que sea de vuestro grado.
"Fue en noviembre de 2007, mientras el mundo eufórico buscaba cualquier excusa para exclamar un rotundo “¿Por qué no te callas?”, cuando se formó “Puerta 10”. No pretenden ser una revolución musical, ni piden ser el eco de una tendencia. No llevan peinados a la moda, no usan la palabra “sociedad” en sus canciones, no fuman para sentirse más rockeros, no gritan los tópicos de siempre. Sólo se limitan a jugar con las melodías, con la ambigüedad de las palabras, a cantar la belleza de la cotidianeidad de los veinte años. Hablan del tiempo que no pasa o que lo hace demasiado rápido, del amor que existe cuando se acaba, de las mentiras que necesitamos para ser felices. Puerta 10 es la parte oculta de las personas, es la puerta que nos lleva a la visión de nuestro alrededor, con ojos genuinos y honestos, hartos de purismos y disfraces. Puerta 10 es el momento en que se decide dar un paso al exterior, ver tu propio mundo cruzando una puerta, ver toda una vida de cosas, proyectos y recuerdos que merecen la pena. Tras unos años de composición y algunos conciertos, en septiembre de 2009 graban su primer EP con la producción de Antonio Orozco y Xavi Pérez. Siempre se abren nuevas puertas; lo importante es saber donde conducen esas puertas y luego tener fuerza para emprender el camino que se ve desde ellas, un camino lleno de sorpresas".
Personalmente es un grupo que me gusta mucho, podéis pensar que lo digo a causa de nuestra amistad, los que me conocen bien saben que si algo no me gusta lo digo claramente, vaya, este comentario es otro tópico jaja. Os dejo mis dos canciones favoritas, espero que sea de vuestro grado.
Para más información: http://www.myspace.com/puerta10band
sábado 10 de octubre de 2009
Un ladrón honrado.
FEDOR DOSTOIEVSKI
Un ladrón honrado
I
Una mañana, justo en el momento en que me disponía a
salir de casa para dirigirme a mi trabajo, Agrafena,
que es a un mismo tiempo mi cocinera, mi lavandera y mi
ama de llaves, entró en mi habitación y, con gran
sorpresa por mi parte, comenzó a hablas animadamente
conmigo.
Agrafena era una buena mujer que se distinguía por su
sencillez y escasa locuacidad, pues aparte de las
preguntas cotidianas de rigor sobre lo que desearía
para comer o alguna que otra cosa por el estilo, apenas
me había hablado una palabra de más en seis años. En lo
que se refiere a mí, por lo menos yo nunca te había
oído emitir nada que se pareciera a una opinión
personal.
—Señor, desearía hablarle de una cosa —me dijo en un
principio, pronunciando muy aprisa sus palabras.
—¿Y qué es, Agrafena?
—Que debería alquilar el cuarto pequeño.
—¿Qué cuarto?
—¿Cuál va a ser? El que está junto a la cocina, ¿Acaso
hay otro?
—¿Y por qué habría de alquilarlo?
—¿Por qué? Pues porque la gente acostumbra alquilar
los cuartos sobrantes de las viviendas. ¿No le parece
causa suficiente?
—¿Y quién crees que querrá alquilar ese cuartucho?
—Un inquilino. ¿Quién va a ser?
—Pero si en ese rincón apenas se puede ana cama,
Agrafena... Es demasiado pequeño. ¿Quién querrá vivir
en un sitio así?
—¿Y qué falta hace que viva ahí nadie? Bastará con que
pueda dormir, ¿no? Y para eso está la ventana...
—¿Qué ventana?
—¿Qué ventana ha de ser? Usted lo sabe tan bien como
yo. Me refiero a la ventana del vestíbulo. Allí puede
sentarse a coser o hacer lo que quiera, también puede
colocar una silla, porque él tiene una silla y una
mesa, todo lo que necesita, de forma que usted no
tendrá que poner absolutamente nada.
—¿Y quién es él? Porque, o mucho me equivoco, o me
estás hablando de una persona concreta, ¿no es así,
Agrafena?
—Sí, señor... Se trata de una buena persona: un hombre
de toda confianza. Yo me encargará de hacerle la
comida, y por el cuarto y la manutención le cobraré
tres rublos de plata al mes, ¿qué le parece?
Después de algunas preguntas más, acabé por deducir
que cierto individuo de alguna edad había pedido a
Agrafena que le admitiera como huésped. Y en este
sentido, lo que a la buena mujer se le metía en la
cabeza, no había más remedio que aceptarlo, porque
tarde o temprano acababa saliéndose con la suya. Yo lo
sabía por experiencia propia. Cuando le llevaba la
contraria, su táctica era no dejar a uno e paz hasta
que conseguía sus propósitos. Por lo demás, cuando algo
no salía a su gusto, se quedaba profundamente pensativa
y acababa por caer en una terrible melancolía. Tales
estados de ánimo solían durarle dos o tres semanas por
lo menos, y en todo ese espacio de tiempo no sólo le
salían las comidas insípidas, sino que además dejaba de
limpiar la casa y de lavar la ropa. En resumen, yo
sabía perfectamente que, cuando Agrafena deseaba algo,
había que concedérselo, porque en caso contrario su
disgusto acarreaba una bien conocida secuela de
sinsabores y molestias para mí.
Hacía tiempo que había llegado yo a tales
conclusiones, descubriendo al mismo tiempo que Agrafena
era incapaz de tomar resolución alguna, o de concebir
el menor pensamiento original o nuevo sobre una
situación ya dada. De igual manera, cuando su débil
inteligencia adoptaba alguna idea, o cualquier cosa que
se le pareciese, entonces bastaba contradecirla para
que se aniquilara moralmente por cierto tiempo. En la
ocasión a que me refiero, como se daba el caso de que
era un momento en el que por nada del mundo habría
querido yo ver alterada mi tranquilidad, me apresuré a
acceder a sus deseos de alquilar el cuarto contiguo a
la cocina a aquel «buen hombre» que ella conocía.
—Bueno, supongo que ese amigo suyo dispondrá de la
debida documentación —dije en señal preventiva.
—¡Desde luego! —respondió Agrafena, casi indignada—.
Además, se sabe quién es. Su identidad puede ser
avalada en todo momento. Ya he dicho al señor que se
trata de un hombre serio y de mucha experiencia...,
aparte de que me ha prometido formalmente pagarme esos
tres rublos.
—Está bien —le indiqué—, puedes decir a ese hombre que
venga... Pero antes debes prometerme una cosa.
—El señor dirá.
—Debes prometerme que, al introducir a ese hombre en
mi casa, no se originará ningún problema de tipo
doméstico.
—Descuide el señor... y muchas gracias por su
consentimiento.
Al día siguiente se presentó el inquilino en mi
habitación, lo cual debería haberme molestado, pero no
ocurrió así, sino todo lo contrario, ya que hasta me
alegré en mi fuero interno. A tal respecto, diré que
vivo solo, casi como un recluso, pues apenas tengo
amigos y no salgo de casa. Es cierto que ya me había
acostumbrado a mi soledad, pero ni yo mismo hubiera
podido predecir en qué se habría convertido aquella
situación, junto a una persona como Agrafena, a lo
largo de diez, quince o veinte años. En verdad que
aquella perspectiva no resultaba muy atrayente, y por
ello pensé que, dadas las circunstancias, un pacífico
compañero de vivienda podía representar algo asi como
un don del cielo.
Agrafena no había mentido. Mi inquilino era una
persona de aspecto formal. Por sus documentos podía
saberse que había cumplido debidamente el servicio
militar, pero también se notaba tal circunstancia en
algunos de los gestos y maneras que le habían quedado.
Era, evidentemente, un honrado ciudadano y la sociedad
no tenía nada que reprocharle en materia de
antecedentes penales. Se llamaba Astafi Ivanovich y en
seguida congeniamos. Como virtud esencial tenía la de
saber contar anécdotas de una forma magistral,
habilidad que podía lucir profusamente, puesto que
tenía en la memoria un buen archivo de lances
referentes a su vida en los cuarteles. En resumen,
pronto descubrí que, en el aburrimiento cada vez mayor
de mi existencia, un hombre como aquél podía ser un
verdadero tesoro.
Una de sus historias estaba destinada a dejar en mí
una impresión duradera, y por ello quiero reproducirla
aquí, explicando al mismo tiempo las circunstancias es
que Astafi Ivanovich hubo de referírmela.
Cierto día estaba solo en casa, pues tanto Astafi como
Agrafena habían salido, cuando de repente oí desde mi
habitación que alguien entraba en el vestíbulo. Por
diversos detalles, pude deducir que era una persona
extraña, y no me equivocaba, ya que, euando salí para
ver de quién se trataba, me encontré coa un
desconocido. Se trataba de un hombre de corta estatura
que, a pesar de encontrarnos ya en pleno otoño, no
llevaba abrigo.
—¿Qué desea? —le pregunté.
—Desearía ver al empleado Aleksandrov. Creo que vive
aquí, ¿no es cierto?
—No, señor. Se equivoca, porque aquí no vive nadie de
ese nombre... Adiós.
—¡Cómo! ¡Pero si el portero me ha dicho que vivía
aquí! No lo entiendo... —murmuró el desconocido,
retrocediendo hacia la puerta.
—Pues ya lo ve usted, amigo.
Al otro día, poco después de la hora, de comer, y en
el preciso instante en que Astafi Ivanovich me probaba
una chaqueta que me estaba haciendo, oímos que entraba
de nuevo alguien en el vestíbulo. Fui yo mismo quien
entreabrí la puerta... y entonces comprobé que se
trataba del visitante de la víspera, que ante mis
propias narices cogía mi abrigo de piel de la percha y
se escapaba con él.
Agrafena y Astafi, que me habían seguido, se quedaron
estupefectos por la sorpresa. No obstante, Astafi
Ivanovich reaccionó en seguida y salió corriendo, en un
intento de atrapar al ladrón. Pero a los pocos minutos
volvió a aparecer con gesto desolado y las manos
vacías. El astuto ratero había desaparecido como si se
lo hubiera tragado la tierra.
—Menos mal que no se ha llevado la capa —me creí en la
obligación de argumentar, dada la expresión
apesadumbrada de mi abnegado inquilino—. Si se hubiera
llevado también la capa ese granuja, me habría dejado
sin poder salir a la calle.
Sin embargo, Astafi Ivanovich estaba tan conmovido,
que pareció no oír mis palabras. Admirado por aquella
emoción, no tardé en olvidarme de la pérdida que
suponía la sustracción del abrigo. Mi huésped no
acertaba a explicarse cómo podía haber ocurrido una
cosa así. Aun después de que se hubiera puesto de nuevo
a su trabajo, dejaba de vez en cuando su labor para
hacer renovadas consideraciones sobre el episodio. Se
admiraba una y otra vez de la audacia del ladrón y de
que le hubiese resultado imposible darle alcance.
Al cabo de un rato, y cuando me hubo hecho la prueba,
se puso a trabajar en otras cosas, pero no tardó en
volver a levantarse. Entonces vi que se dirigía a la
escalera y se acercaba a la garita del portero, para
referir a éste lo ocurrido y hacerle los cargos
oportunos por no haber impedido —dejando pasar
impunemente al ladrón— que sucediera una cosa semejante
en el inmueble. Después subió y reproché a Agrafena
algo que no pude entender, tras lo cual reanudó su
trabajo, si bien siguió reflexionando sobre la audacia
del desaprensivo ladrón y sobre la propia impotencia
para darle alcance.
Por la tarde, y para distraer mi aburrimiento, se me
ocurrió ofrecer una taza de té a Astafi Ivanovich, pues
sabía que volvería a hablarme nuevamente del dichoso
episodio, cosa que no dejaba de divertirme, bien por su
ingenua insistencia, o por la honda emoción que ponía
en sus lamentos.
—¡Buena nos la ha jugado ese individuo, Astafi
Ivanovich! —exclamé.
—¡Ya puede usted decirlo, señor! ¡Es como para
volverse loco! Incluso yo, que no puedo afirmar que
naya sido perjudicado, me siento invadido por el coraje
de la impotencia. ¡Cielo santo! ¡A fe mía que po hay en
este mundo ser más ruin que un ladrón! ¡Cuántas veces
no ocurrirá que esos pícaros despojan de su miseria a
quien se ha pasado toda la vida trabajando para reunir
unos pequeños ahorros...! Bueno, creo que lo mejor será
no pensar más en ello, al menos por lo que a mí se
refiere. Y usted, señor, ¿acaso no lamenta la pérdida
de su abrigo?
—Sí, por supuesto. Otra cosa sería que lo hubiese
perdido en cualquier accidente, pero que se lo haya
llevado tan descaradamente un vulgar ratero es algo que
me irrita y me saca de quicio.
—Creo que tiene usted razón; al fin y al cabo a nadie
le gusta tener que resignarse y admitir un robo de esa
clase. Por otra parte, a mi juicio, un ladrón no es un
hombre como los demás... Sin embargo, en cierta
ocasión, yo conocí a un ladrón que era honrado...
—¡Cómo! ¿Un ladrón honrado? No comprendo... ¿Y usted
cree, Astafi Ivanovich, que puede haber un ladrón que
sea honrado?
—Es cierto, señor. En realidad, resulta inconcebible
que un ladrón pueda ser honrado. Lo que yo quería decir
es que aquel individuo al que me refiero era un hombre
honrado..., aunque hubiese robado. Puede creerme,
señor, aquel hombre inspiraba una profunda compasión,
sin que uno supiera muy bien a qué era debida.
—Explíqueme eso, Astafi Ivanovich.
—Se trata de una historia que sucedió hace dos años
aproximadamente.
II
En aquella época —comenzó a contar Astafi Ivanovich—
yo llevaba, si mal no recuerdo, casi un año sin
trabajo. En un figón conocí a un individuo que iba a la
deriva. Se trataba de un borrachín, un holgazán, que ya
no sentía el menor estímulo por la vida, como no fuera
el de emborracharse todas las noches. En otro tiempo
había tenido un buen empleo, pero acabaron
despidiéndole por su mala cabeza. Le daba todo igual, y
no puede nadie figurarse cómo iba vestido. Era digno de
ver... A veces, ni siquiera llevaba una mala camisa
debajo de su mugrienta capa. Todo el dinero que caía en
sus manos acababa sobre los mostradores de las
tabernas. Sin embargo, no era pendenciero, y tampoco
tenía los defectos que son habituales en tal clase de
gentes. Por el contrario, era un hombre esencialmente
pacífico, amable e incluso bonachón. No pedía nunca
nada a nadie y se avergonzaba de cualquier cosa, pero
resultaban más que evidentes sus continuas ansias de
beber, y los que le conocíamos le dábamos dinero para
ello, aunque él no formulase ninguna petición.
El caso es que aquel individuo, desde el momento en
que le conocí, ya no quería separarse de mí. Me seguía
a todas partes y me buscaba por cualquier lado. A mí no
me molestaba, pero a veces me coartaba la idea de
llevar a un perrillo detrás de mis talones, porque esto
era lo que realmente parecía aquel hombre. ¡Qué
individuo tan apocado, Dios mío! No tenía espíritu ni
para matar a una mosca. Todo empezó, en realidad, el
día en que me pidió que «le permitiera pasar la noche
en mi casa». Como en el fondo estaba claro que era una
persona incapaz de ninguna maldad, y además tenía sus
documentos en regla, no tuve ningún inconveniente en
acceder a su petición. Al día siguiente me volvió a
pedir el mismo favor. Pero al tercero... se me presentó
en pleno día, se sentó a mi lado, cerca de le ventana,
y esperó en silencio que llegara la noche.
Como es lógico, empecé a temer que no me lo pudiera
quitar ya nunca de encima, pues para una persona de
modestos recursos económicos siempre es una pesada
carga tener que dar de comer, beber y dormir a un
segundo individuo. Por lo que supe después, aquel
hombre había estado colgado del cuello de un empleado
antes de conocerme a mí. Se emborrachaban los dos
juntos, hasta que el empleado murió en la miseria.
El individuo en cuestión se llamaba Yemelia Ilich y yo
no hacía otra cosa que cavilar para encontrar la manera
de quitármelo de encima. Por una parte, conseguir
apartarlo de mí era un deseo obsesivo, pero por otra
parte me resultaba casi imposible echarlo de mí lado en
cuanto le miraba a la cara y le veía tan desvalido. Era
la viva imagen de la ruina y del abatimiento, por lo
que no podía inspirar sino compasión. Se sentaba junto
a mí, en silencio, y lo más que hacía era mirarme a tos
ojos de la misma forma que los animales domésticos. ¡A
veces me asombraba yo mismo al comprobar hasta qué
punto puede aniquilar a un hombre la bebida!
—En un principio, me dije: «¡Bah, se trata simplemente
de mandarle que se marche el día que verdaderamente me
canse! Le diré que aquí no hace nada y que debe irse,
porque ya no puedo darle ni siquiera un hueso para
roer.» No obstante, aun cuando estaba decidido a actuar
así, siempre me quedaba una duda; la de cómo
reaccionaría él. Me imaginaba que se quedaría mirándome
durante largo rato, mientras so. guía sentado, sin
comprender aparentemente ni una sola palabra, basta
que, llegado un momento, se levantaría para coger su
hatillo y marcharse... Aún me parece estar viendo aquel
pedazo de tela a cuadros rojos, con fondo blanco, que
Dios sabe lo que podía contener, lleno de agujeros, y
que él no abandonaba jamás. Me figuraba, en definitiva,
que se levantarla con dignidad, se pondría su capa
cuidadosamente, para tapar los agujeros de debajo, pues
tal era su sensibilidad, y se dirigiría hacia la
puerta, con lágrimas en los ojos... Al llegar a este
punto, la escena me resultaba intolerable, a pesar de
que se desarrollaba simplemente en mi imaginación. Me
decía que jamás dejaría —o podría permitir— que el
pobre Yemelia se hundiera del todo... Había muchas
partes de mi fuero interno, y en especial mi corazón,
que se rebelaban ante tal posibilidad. Sin embargo, y
al mismo tiempo, también pensaba: «Pero, si continúo
siendo tolerante, ¿qué será de mí? Si me empeño en
ayudarle, pronto tendré que pedir yo mismo limosna...
Debo encontrar una solución.»
Estaban así las cosas, cuando mi patrón, Aleksandr
Filimonovich (hoy ya difunto... y al que deseo que Dios
tenga en su gloria), me dijo un buen día: «Astafi, has
de saber que estoy muy contento contigo. Cuando
volvamos de la finca que tengo en el campo, y a la que
voy con mi familia, te prometo acordarme de ti.» Yo
había trabajado en su casa como mayordomo y ayuda de
cámara... Era un buen amo, pero, desgraciadamente,
murió aquel mismo año. No obstante, en aquella ocasión,
como él se marchó de la ciudad, yo también tuve que
coger mis cosas e irme a vivir a casa de una buena
mujer, a la que le alquilé un rinconcito, que era el
único espacio de que disponía. Dicha patrona había
servido no sé dónde como nodriza, y le pasaban una
pensión, lo cual le permitía vivir sola.
Mi nueva situación me hizo creer que perdería de vista
a Yemelia Ilich, pero me equivocaba, porque un día, al
volver a casa por la tarde, después de visitar a un
amigo, me encontré con el pobre borrachín sentado
encima de mi baúl, y con su hatillo, que había dejado a
un lado de sus pies. Estaba tan tranquilo leyendo la
Biblia, que había conseguido de mi patrona. Por lo
demás, cuando entré, le pude sorprender con el libro al
revés, lo cual ponía en evidencia que no estaba
leyendo.
Recuerdo que, ante aquella sorpresa, no se me ocurrió
otra cosa que preguntarle:
—¿Llevas encima tus documentos, Yemelia?
Y a continuación me puse a calcular las mil
contrariedades que el dichoso vagabundo iba a
proporcionarme. Pensaba en el problema, y cada vez me
parecía más improbable la solución. «Para empezar —me
dije—, tendrá que cenar aquí... Y luego le tendré que
dar todos los días de comer y de cenar, pero no deberá
hacerse ilusiones: por las mañanas, comerá un trozo de
pan con dos cebollas, y después otro pedazo de pan con
más cebollas. Algún día podré darle un poco de sopa,
pero sin ninguna seguridad. Lo peor será la bebida...
¡Tendrá que dejarla!»
No obstante, a continuación pasó algo por mi cabeza.
Pensé en la posibilidad de que Yemelia se fuese de mi
lado, y hube de reconocer que, con él, desaparecería la
alegría de mi vida. Podrá parecer absurdo, pero la
cuestión era ésta y no otra. ¿Qué podía hacer yo? Sin
pretender que aquello fuese ninguna solución, de pronto
me propuse ser el padre y el protector de aquel
individuo. ¿Por qué? ¿A causa de qué me correspondía a
mí adoptar aquella responsabilidad? Aunque me hubieran
matado, no habría sabido responder de una forma
coherente. «Le libraré del vicio —me dije— y haré que
vaya perdiendo la afición que siente por la bebida. Si
quiere seguir a mi lado, tendrá que acostumbrarse a
trabajar, entre otras cosas porque, de lo contrario, no
tendremos ni para beber agua.»
En aquella época yo tenía la firme convicción de que
todo hombre debe servir para algo, de que debe tener un
oficio u otro. A partir de entonces, comencé a observar
a Yemelia en silencio.
Y un día le dije abiertamente:
—Yemelia, amigo mío, ¿no crees que deberías cuidar un
poquito más de ti? ¿No ves que vas hecho un harapo?
Cuando te miras a un espejo, ¿no te avergüenzas de ti
mismo?
El me escuchó en silencio, con la cabeza baja, sin
moverse del sitio donde se encontraba. Sólo al cabo de
unos minutos fue capaz de decirme:
—¿Qué dice usted, señor?
Había llegado hasta tal extremo su alcoholismo, que
era incapaz de pronunciar ni una sola palabra
correctamente. Se le decía una cosa y contestaba a
otra. A veces, me escuchaba durante largo rato, pero de
pronto lanzaba un profundo suspiro, pareciendo que, en
realidad, no me había oído.
—¿Por qué suspiras, Yemelia? —le pregunté en una de
aquellas ocasiones.
—Por nada, Astafi Ivanovich —me respondió—. No tiene
por qué preocuparse, se lo aseguro. ¿Sabe una cosa,
Astafi Ivanovich? Hoy se han pegado dos viejas en plena
calle. La una le había tirado a la otra,
inadvertidamente, una cesta de setas.
—¿Y qué tiene eso de particular?
—Estonces la otra vieja derribó a la primera, a la vez
que tiraba su cesta, llena de cerezas, que pisoteó a lo
largo de toda la calle.
—¿Y qué más ocurrió, Yemelia Ilich?
—Nada más, señor. Yo sólo vi eso.
—¿Sabes lo que te digo, Yemelia?
—No, señor.
—Pues creo que tienes trastornado el juicio.
—¿Por qué, señor?
—Porque sí...
—Le contaré otra cosa... A un caballero se le habían
perdido unos cuantos billetes de Banco en la calle. Un
individuo los vio y dijo: «Yo los he encontrado.» Pero
otro, que también había visto la escena, replicó: «¡Yo
los he visto antes que tú!» Y comenzaron a discutir,
hasta que llegó un guardia, que se incautó del dinero y
se lo devolvió al señor que lo había perdido,
amenazando a los otros con llevarles a la comisaría.
—Bueno, ¿y qué más? ¿Qué es lo que encuentras de
interesante en todo eso, Yemelia?
—¡Ah nada! A mí no me parece interesante. Si me
sorprendió la escena, es porque la gente se reía.
—¡Ay, Yemelia! ¡Ahora resulta que has vendido tu alma
por una simple moneda de cobre! ¿Sabes lo que te digo?
—No lo sé, Astafi Ivanovich...
—Que tienes que buscarte algún trabajo. Te lo he dicho
ya cien veces, pero tú no pareces entenderlo. ¡Búscate
una ocupación, aunque sólo sea en consideración a mí!
—¿Y cómo voy a buscar esa ocupación, Astafi Ivanovich,
si no sé cuál es la que debo aceptar? Lo cierto es que
nadie quiere admitirme, nadie quiere darme trabajo..»
—¿Y puede saberse por qué dejaste el trabajo de la
oficina? ¡Anda, dímelo, borrachín!
—A Vlasia el camarero le han llamado hoy a la
comisaría —me respondió.
—¿Y por qué?
—Eso es lo que no sé, Astafi Ivanovich, pero, según
parece, se trata de algo pasado...
Todo aquello me hizo pensar: «No cabe duda de que no
hay remedio. Estamos perdidos los dos. Y Dios acabará
castigándonos por nuestros pecados.» Sin embargo, ¿qué
podía hacer con un hombre así? ¡En el fondo era un
individuo muy inteligente! Sabía muy bien lo que decía.
Por lo demás, cuando una conversación le resultaba
aburrida, o se barruntaba que yo le iba a decir algo
que no le convenía, entonces cogía la capa, y sin decir
absolutamente nada, se marchaba... Pasaba el día dando
vueltas por las calles, para volver por ia noche
completamente beodo... ¿Quién le daba el dinero para
beber? Esto era algo que yo, en mi inocencia, ignoraba
por completo.
—El día menos pensado dejará de regir tu cabeza
correctamente; ya lo verás... —le decía yo—. ¿No crees
que ya has bebido bastante en esta vida? Te advierto
que de ahora en adelante, si vuelves borracho por las
noches, dormirás en la escalera, porque... ¡no te
abriré la puerta!
Después de que hube proferido aquella amenaza, Yemelia
estuvo aún dos días en casa, pero al tercero
desapareció. Le esperé y le esperé, pero no aparecía.
Entonces comencé a sentir una profunda lástima por él.
«¿Adonde habrá ido a parar?», me decía. Anocheció,
pasaron horas y más horas, y no llegaba... Me fui a
dormir, y a la mañana siguiente, ¿qué es lo que veo al
salir a la escalera? ¡Pues al bueno de Yemelia! Al
parecer, había pasado allí la noche. Tenía la cabeza en
un peldaño y estaba tendido cuan largo era,
completamente entumecido de frío.
—¿Qué haces aquí, Yemelia? —le pregunté—. ¿No te das
cuenta de que esto es lo último?
—Es lo que me dijo usted, Astafi Ivanovich, ¿no lo
recuerda? Me dijo que, si venía bebido, debería dormir
en la escalera. Por eso no me atreví a llamar a la
puerta... y me eché a dormir aquí.
—¡Ah, Yemelia! ¡Si quisieras hacer otra cosa que
limpiar la casa con tus andrajos! —le dije, sintiendo
al mismo tiempo rabia y compasión.
—¿Y qué podría hacer, Astafi Ivanovich?
—¡Si fueras capaz de aprender el oficio de sastre! —le
dije al final—. Al menos así, podrías remendarte tú
mismo los andrajos que llevas... ¡Anda, entra en easa,
calamidad de los demonios!
¡Bien! ¿Y qué se dirá que hizo el borrachín a
continuación? Pues cogió una aguja y se puso a
enhebrarla... Yo le había hablado con cierta
vehemencia, pero él estaba dispuesto a corregirse,
según parecía. Le contemplé detenidamente y pude
apreciar que tenía los ojos inflamados y que le
temblaban las manos. No atinaba a meter el hilo por la
aguja, pero él insistía. Lo humedecía con la lengua una
y otra vez... hasta que por último desistió de su
empeño y se me quedó mirando.
—Está bien, Yemelia. ¿Quieres hacerme un favor? Dios
sea contigo y te perdone todos tus pecados! Puedes
quedarte en casa, si quieres, pero no vuelvas a hacerme
una cosa así... Me refiero a tu decisión de pasar la
noche en la escalera, ¿comprendes?
—¿Y qué voy a hacer, Astafi Ivanovich? Demasiado sé
que siempre estoy borracho y que no sirvo para nada.
Tan sólo usted, que es mi bienhechor, se interesa por
mí, así es que...
Y de pronto comenzaron a temblarle los labios, medio
helados. Por sus pálidas mejillas rodaron unas
lágrimas. En cuanto la primera de aquellas cuatro
lágrimas hubo llegado a su mal cuidada barba, brotó
súbitamente de sus ojos todo un raudal de llanto...
¡Creí que se me iba a partir el corazón! «¡Vaya, qué
sensible te has vuelto de pronto! —hube de decirme—.
¡Nunca lo hubiera sospechado!»
Decidí, por lo tanto, dejar que Yemelia Ilich hiciera
lo que le viniese en gana, aun a sabiendas de que
llegaría a convertirse en una auténtica piltrafa.
Sin embargo —prosiguió Astafi Ivanovich—, la historia
estaba destinada a continuar, aunque lo que sigue sea
tan huero e insignificante, que quizá no merezca el
tiempo que haya de emplearse en hacer su
correspondiente referencia. Es muy posible que no se
pudiera encontrar quien diera dos copecs por todo ello;
sin embargo, yo habría dado mucho dinero, de haberlo
tenido, para que no sucediera nada de lo ocurrido.
La cuestión es que yo tenía unos magníficos pantalones
de montar, a rayas azules, que me había encargado hacer
un propietario, el cual opinaba que se los había
confeccionado demasiado estrechos, siendo ésta la causa
de que me los hubiese dejado allí. «Está bien —me dije—
, no hay por qué preocuparse; se trata de una prenda de
calidad, y en el rastro siempre podré sacar de ella por
lo menos cinco rublos. En caso contrario, confeccionaré
con su tela unos pantalones normales, y siempre es
posible que me quede aún para hacerme un elegante
chaleco. A fin de cuentas, a un hombre modesto como yo,
todo le cae bien.»
A todo esto, Yemelia atravesaba un negro período, pues
llevaba ya varios días sin beber, posiblemente porque
no encontraba quien le invitara. No podía llevarse a
los labios ni una mala gota de vodka. Su actitud era la
misma que podría adoptar un apaleado que se llevara las
manos a su dolorida cabeza, inspirando la natural
lástima. Por mi parte pensaba que, a juzgar por
aquello, era muy posible que Yemelia se reformase de su
vicio a fuerza de no tener dinero.
Estaban las cosas así, cuando llegaron las fiestas
mayores. Un día fui a la misa de noche, pero cuando
volví a casa, ¿con qué me encontré? Pues con que el
bueno de Yemelia estaba borracho, sentado en el
alféizar de la ventana y columpiándose sobre el vacío.
«¡Ya estamos otra vez!», fue lo primero que pensé. Sin
saber por qué, fui hacia el baúl, y... ¿qué vi? ¡Que
los pantalones de montar a rayas habían desaparecido!
Lo revolví todo, buscando la prenda, pero fue inútil.
Las primeras sospechas fueron para la patrona, a la que
acusé despiadada e injustamente, pues ni siquiera se me
ocurrió pensar en Yemelia como en el presunto ladrón,
ya que había pasado las últimas horas completamente
borracho fuera de casa.
—¡Por Dios, señor Ivanovich! —me dijo la pobre mujer—.
¿Qué cree que iba a hacer yo con ésos calzones? ¿Acaso
ponérmelos? Además, debo comunicarle que a mí también
me ha desaparecido una chaqueta, así es que...
—Entonces, ¿quién estuvo aquí? —le pregunté.
—¿Aquí? ¡Nadie! ¡Absolutamente nadie! Yo no me he
movido de casa en todo el día. Quien ha estado aquí ha
sido Yemelia Ilich, que luego salió y volvió a
entrar... ¿No le ha visto en la ventana? ¿Por qué no le
pregunta a él?
—Yemelia —le pregunté—, ¿has visto por casualidad los
pantalones a rayas que yo había hecho para aquel
caballero? Ya sabes a cuáles me refiero, a los calzones
de montar, que se habían quedado algo estrechos..»
—¿Y cómo iba a verlos yo, Astafi Ivanovich? —me
contestó—. Le aseguro que..., que yo no he cogido esa
prenda para nada en absoluto.
Me puse de nuevo a buscar, pero... todo fue inútil.
Yemelia, mientras tanto, seguía en la ventana. Yo me
senté en el baúl y me quedé mirándole de reojo, hasta
que, de pronto, una idea me asaltó el cerebro. Fue como
si me ardiera el corazón en el pecho. La sangre amenazó
con subírseme a la cabeza.
—Yo no he cogido esos pantalones —dijo Yemelia
apresuradamente, mientras fijaba su mirada en mí—. Es
posible que usted pueda imaginarse las cosas más
peregrinas, pero le juro que yo no he cogido nada.
—¿Dónde están, pues, esos pantalones, Yemelia?
—¿Y cómo iba a saberlo yo, si ni siquiera los he
visto? —replicó el borrachín, con la mayor naturalidad
del mundo.
—En tal caso, Yemelia, ¿quieres que crea que esos
pantalones se han marchado por sí solos del baúl?
—Quizá haya sido así, Astafi Ivanovich... Lo único que
puedo asegurarle es que yo no sé absolutamente nada de
este asunto, ¿comprende?
Me levanté y me acerqué hasta donde se encontraba él.
Encendí la luz y me puse a trabajar al lado de la
ventana, tal como era mi costumbre. Le estaba volviendo
el chaleco a uno de los inquilinos de la casa, que
vivía en el piso de arriba. Sin embargo, seguía
intranquilo. En cierto modo, creo que, si se me hubiera
quemado toda la ropa en la estufa, no lo habría sentido
tanto.
A Yemelia no le pasó desapercibida, por supuesto, la
indignación que a mí me recomía. La verdad es que,
cuando un hombre comete algo malo, es capaz de predecir
cualquier clase de desgracia, del mismo modo que los
pájaros barruntan las tormentas.
—A propósito, Astafi Ivanovich —comenzó a decirme
Yemelia Ilich, con voz temblorosa—, ¿no se ha enterado
de que hoy se casa Antip Prokorich, el mariscal, con la
viuda del cochero que murió hace muy poco?
Le respondí con una mirada cargada de intención que él
entendió de maravilla. ¿Y qué ocurrió entonces? De
pronto, Yemelia se levantó, se dirigió a la cama y
comenzó a revolver las ropas. Yo preferí no moverme y
observar. Entretanto, él siguió buscando y buscando,
sin dejar de murmurar:
—¡Aquí no hay nada! ¡Absolutamente nada! ¡Es inútil
buscar! ¿Dónde estarán esos endemoniados pantalones? Es
incomprensible, porque la tierra no se los ha podido
tragar...
Yo continuaba a la expectativa de lo que pudiera
ocurrir, porque aquello me parecía un tanto extraño...
¿Se trataba de una comedia? ¿O era que Yemelia tenía
realmente la cabeza trastornada?
De repente, sucedió algo que no esperaba... Yemelia,
en su búsqueda, se metió debajo de la cama. ¿Qué iría a
hacer allí? Ante aquella nueva excentricidad, no pude
contenerme:
—¿Qué haces, Yemelia Ilich? ¿Qué haces debajo de la
cama? ¿Te has vuelto tonto?
—Estoy mirando, por si se hubieran caído aquí esos
malditos pantalones...
—Pero... ¿qué dice, señor mío? —le contesté, sin darme
cuenta de que había dejado de tutearle, llevado por mi
indignación—. ¿Acaso cree usted que es digno el
arrastrarse por los suelos para buscar unos pantalones?
—¡Ah, señor! Eso es lo de menos... La cuestión es que
esos calzones tienen que estar en algún lado..., y que
alguien los tiene que encontrar.
—¡Hum...! Escúchame bien, Yemelia Ilich...
—¿Qué?
—¿No será que me has robado, como si fueras un simple
ladronzuelo, en señal de gratitud por haber compartido
mi pan contigo?
Entonces él me dijo algo, pero todos sus esfuerzos
estaban encaminados a enternecerme. De nuevo se
arrastró de rodillas por el suelo.
—No, Astafi Ivanovich —dijo, después de un rato—. Se
equivoca si piensa eso de mí.
Pero él siguió debajo de la cama, hasta que por
último, pasados unos minutos, volvió a incorporarse, Me
fijé en su rostro y vi que estaba más blanco que un
pañuelo.
Yemelia Ilich se levantó, se fue hacia la ventana, se
sentó, mientras yo trabajaba, y allí permaneció en
aquella actitud por lo menos durante diez minutos,
después de los cuales se incorporó y se dirigió hacia
mí.
En su rostro pude sorprender el temor que se tiene
cuando se es culpable de algo.
—Se equivoca, Astafi Ivanovich —dijo—. No crea que me
he tomado la libertad de sustraerle esos pantalones...
Al pronunciar aquellas palabras, noté que le temblaba
el cuerpo, así como la voz. Para conferir más fuerza a
sus palabras, se tocaba el pecho con un dedo, de forma
que yo mismo llegué a sentir una especie de angustia.
—Está bien, Yemelia Ilich —le dije—, como quieras. Si
es como dices, tendrás que perdonarme por ser injusto
contigo al sospechar de ti. Dejemos ya en paz esos
pantalones... ¡Que estén donde sea! Al fin y al cabo,
no nos son necesarios para vivir. Gracias a Dios, tengo
salud y buenas manos para trabajar. No por ello me voy
a desesperar, ni tampoco voy a ponerme a pedir limosna,
¿no te parece?
Yemelia Ilich continuó todavía un rato de pie.
Al parecer oía lo que le estaba diciendo, pero como si
no lo asimilara mentalmente. Al final, sin embargo,
pareció calmarse..., y volvió a sentarse en el suelo,
replegado sobre sí mismo.
En aquella postura permaneció, sin moverse, mientras
yo trabajaba. Cuando me marché a dormir él aún estaba
allí. Y a la mañana siguiente..., todavía seguía en el
mismo lugar, arrebujado en su capa, tal como lo había
dejado la noche anterior. Sin duda se había sentido
humillado y por eso no había querido acostarse en la
cama.
Debo decir que para entonces, en cierto modo, yo había
perdido el respeto a Yemelia Ilich. Tampoco sentía ya
por él la misma inclinación afectuosa que antes,
pudiéndose decir que le odiaba. Era como si un hijo mío
me hubiese robado, dándome un horrible disgusto y
haciéndome perder mi confianza en él.
Por lo demás, Yemelia entró en una etapa crítica de su
vicio. Pasó más de dos semanas seguidas bebiendo.
Estaba tan borracho que parecía haberse vuelto loco. Se
iba de casa por la mañana y no regresaba hasta la
noche. ¡Si al menos en aquellas dos semanas le hubiese
oído yo una sola palabra! Pero nada... Era como si sólo
le interesara suicidarse bebiendo.
Al final, cuando al parecer se quedó sin dinem,
cesaron sus salidas y volvió a sentarse conmigo junto a
la ventana. Un día, de pronto, comenzó a llorar. ¿Qué
podía ocurrirle? Le miré y me di cuenta de que lloraba
a raudales. Sus ojos parecían dos manantiales.
Siempre me ha dado una gran pena ver a un hombre
llorar, y más si se trata de un hombre como Yemelia,
quien estoy seguro de que lloraba compungido ante el
enorme peso de su pobreza y de su dolor.
—¿Qué te sucede, Yemelia? —le pregunté.
Por primera vez desde hacía muchos días había vuelto a
dirigirle la palabra, y entonces él pareció
estremecerse.
—Por favor, Yemelia. ¿Por qué te empeñas en permanecer
sentado ahí, como si fueras un buho?
—Es que..., es que quisiera buscar trabajo, Astafi
Ivanovich.
—¿Y en qué clase de trabajo has pensado?
—En ninguno. Creo que cualquiera podría servirme.
Podría colocarme donde antes... Ya estuve hablando con
Fiodor Ivanovich y le supliqué que me readmitiera.
Pienso que no es correcto que yo sea una carga para
usted. En cuanto encuentre trabajo, prometo devolverle
todo lo que le debo, e incluso pienso recompensarle por
las inolvidables atenciones que ha tenido conmigo.
—¡Basta, Yemelia! Lo pasado ya pasd, ¿comprendes? ¡Que
bucee en él la urraca! ¡No por eso se va a acabar la
vida para nosotros!
—No estoy de acuerdo, Astafi Ivanovich, porque sé lo
que está pensando... Yo no le quité aquellos
pantalones.
—Está bien, te creo, Yemelia. ¿Quién dice lo
contrario?
—No es eso, Astafi Ivanovich, porque la cuestión
estriba en que, a mi juicio, no debo seguir aquí.
—¿Y por qué? ¿Te ha ofendido alguien? Dime, ¿quién te
echa de esta casa? Al menos, yo no tengo tal
intención...
—Ya lo sé... Pero eso no quita para que yo comprenda
que no está bien que siga viviendo en su casa. En
resumidas cuentas, creo que es mucho mejor que me vaya
de aquí...
—¿Y adonde irás? Por favor, hombre, ten un poco de
juicio... Piénsalo bien, ¿dónde vas a ir?
—Por favor, Astafi Ivanovich, no haga nada por
retenerme... —dijo Yemelia, y volvió a llorar—. Me voy
ahora mismo, de manera que no haga nada para
retenerme... ¡Prométamelo! ¡Prometa que no me lo
impedirá!
—¿Por qué, Yemelia? ¿Por qué?
—No lo sé, Astafi Ivanovich... De cualquier forma,
usted tampoco es el mismo de antes.
—¿Cómo que no? Pero... ¿qué estás diciendo? Tú no eres
el mismo... Lo que ocurre simplemente es que se te ha
metido en la cabeza acabar contigo, te has convertido
en tu peor enemigo, ¿no te das cuenta?
—No es eso, Astafi Ivanovich. Ahora, por ejemplo,
usted se preocupa de cerrar el baúl. Yo veo todas esas
cosas y me da mucha pena. Por eso lloro. Lo mejor que
puedo hacer, y crea que lo he pensado bien, es
marcharme y pedirle perdón por haberle sido tan... tan
molesto.
¡Y se marchó! ¡Ya lo creo que se marchó! Yo no quería
creerlo, pero a la mañana siguiente hube de convencerme
de que lo había hecho de verdad. Le esperé durante todo
el día, pensando que regresaría por la noche, pero me
equivocaba. No regresó en todo aquel día, ni al
siguiente, ni tampoco al tercero... Comencé a
inquietarme y perdí las ganas de comer tanto como las
de dormir. No hacía más que darle vueltas a mi cabeza.
Con su decisión, el bueno de Yemelia Ilich había
conseguido intranquilizarme y desordenar todo mi
sistema de vida.
Al cuarto día me llegué hasta la taberna que Yemelia
solía frecuentar. Pregunté a todos por él, pero nadie
sabía dónde podía estar. ¡Había desaparecido! «Habrá
perdido el juicio y lo más probable es que esté tirado
por algún rincón», me dije.
Cuando regresé a casa, estaba más muerto que vivo. Al
día siguiente salí de nuevo a buscarlo, al mismo tiempo
que me reprochaba a mí mismo la irresponsabilidad de
haber dejado hacer su santa voluntad a un hombre en las
condiciones de Yenielia. Por fin, al quinto día, que
era festivo, cuando apenas había amanecido, oí que
llamaban a la puerta. Salí a abrir..., y me encontré
con Yemelia. ¡Allí estaba! ¡Y qué aspecto traía, Dios
mío! Tenía el rostro completamente amoratado, los
cabellos horriblemente sucios, y todo en él evidenciaba
que aquellos días había dormido en el arroyo, además de
que estaba más delgado que una cerilla.
Yemelia Ilich se quitó la capa y se. sentó frente a
mí, en el baúl. Se me quedó mirando fijamente. Aunque
seguía teniendo mis prevenciones contra él, cuando se
ve a un ser humano en semejante estado, es casi
imposible no sentir un poco de compasión. Me acerqué a
él y le pasé la mano por la espalda, con la intención
de consolarlo.
—Yemelia —le dije—, alégrate..., puesto que te
encuentras de nuevo en casa. Ayer estuve buscándote y
hoy me proponía hacer lo mismo por todas las tabernas
los figones de la ciudad. Dime, ¿has comido?
—Sí...
—No te creo... Anda, ven a la mesa. ¿Sabes? Puedo
darte una sopa de coles y algo de carne que quedó de
anoche. También hay cebollas y pan... Anda, ven y come
algo, para que recuperes fuerzas.
Le di todo aquello que le había prometido, y por el
apetito con que lo devoró, pude deducir que llevaba
tres días por lo menos sin probar bocado... ¡Había que
ver el hambre que tenía el pobre Yemelia!
—¡No sabes cómo me alegro de volverte a ver, amigo
mío!... Ahora te traeré una botella de aguardiente, y
así podrás olvidar tus penas. Nos haremos a la idea de
que entre nosotros no ha pasado nada, ¿te parece bien?
Te prometo que no te guardaré ninguna clase de
resentimiento, Yemelia...
Le dejé solo para ir a buscar el aguardiente, que puse
sobre la mesa, frente a él. Después me senté a su lado,
y dije:
—¿Qué te parece si brindamos por la fiesta de hoy? ¡A
tu salud, Yemelia!
Recuerdo que él tendió con avidez su mano, y ya iba a
coger el vaso, cuando le vi vacilar. ¿Qué significaba
aquello? Al final, sin embargo, asió el vaso y se lo
llevó a la boca. Le temblaba tanto la mano, que se le
vertía el licor... Y de pronto, para colmo de mi
sorpresa, vi que dejaba el vaso en su sitio, sin
probarlo siquiera.
—¿Qué te ocurre, Yemelia?
—Nada, Astafi Ivanovich. És que yo...
—¡Cómo! ¿Ya no bebes?
—No, Astafi Ivanovich. Me he hecho el propósito de no
beber nunca más...
—¿Qué quiere decir eso, Yemelia? ¿Has dejado para
siempre la bebida o se trata simplemente de una actitud
circunstancial?
Yemelia no respondió. Se había quedado en silencio, y
al cabo de un rato apoyó la cabeza en sus dos manos.
—¿No será que estás enfermo, Yemelia?
—Así es, Astafi Ivanovich. Me siento mal, realmente
mal... No sé qué me ocurre.
Me apresuré a llevarlo a la cama. Y allí comprobé que
le ardía la frente. La fiebre hacía que le temblara
todo el cuerpo. Durante todo el día estuve a su lado,
en la cabecera del lecho. Por la noche se agravó su
estado y le di una sopa de manteca y cebolla.
—Tómate esta sopa y verás como te alivia —le dije.
—No... Será mejor que hoy no tome nada —me respondió
con la cabeza temblorosa.
La patrona se había preocupado también por él. Le
preparó té, pero todo era inútil. El enfermo no se
aliviaba ni reaccionaba con nada. A la mañana del
segundo día fui en busca de un médico bastante
conocido, cuyo nombre era Kostopravov. Yo le conocía
con anterioridad a aquel día: cuando estaba con los
señores de Bosomiaguin, lo habían llamado en cierta
ocasión para que me viese, puesto que no me encontraba
bien.
El médico, en cuanto vio a Yemelia, dijo;
—Lo cierto es que no hay nada que hacer... No merecía
la pena que me llamaran. De todos modos, siempre se le
pueden dar unos polvos.
Creí que el doctor no hablaba seriamente. En esta
situación, llegamos al quinto día... Aún recuerdo a
Yemelia. Estaba en la cama, frente a mí, mientras yo
permanecía junto a la ventana con mi trabajo. La
patrona se afanaba por encender la estafa. Ninguno de
los tres hablábamos. Yo tenía el corazón destrozado,
como si quien estaba agonizando fuese mi hijo
preferido.
A la mañana siguiente noté que Yemelia hacía esfuerzos
por decirme algo, pero por lo que fuese o no se atrevía
o le resultaba imposible. En sus ojos se podía observar
una profunda tristeza.
Aún recuerdo, como si fuese ahora, que al mirarte yo,
él retiró la vista hacia otra parte, como si sintiera
una especie de vergüenza.
—¡Astafi Ivanovich! —exclamó de pronto.
—¿Qué quieres?
—Estaba pensando una cosa... Si vendiéramos mi capa en
el rastro, ¿cuánto podríamos sacar de ella?
—¿Cuánto nos darían por tu capa? No lo sé. Tal vez
tres rublos...
Aunque le dije aquello, yo sabía que se me habrían
reído si hubiera ido a vender un pingajo así al rastro.
Mi intención era tranquilizarlo, antes que cualquier
otra cosa, pues conocía la extremada sensibilidad de
Yemelia.
—Es lo que yo creo también —me respondió, después de
unos segundos—. Al fin y al cabo, el paño es bueno, y
tres rublos no es mucho dinero...
Tras decir esto, el enfermo permaneció un buen rato en
silencio, hasta que volvió a exclamar:
—¡Astafi Ivanovich!
—¿Qué?
—¿Quiere hacerme un favor?
—Dime lo que sea, Yemelia.
—Tal vez sea demasiada molestia...
—¿Demasiada molestia? ¿Por qué? En todo caso, dime de
qué se trata.
—Desearía que vendiese usted mi capa cuando yo me
muera... Que no me entierren con ella.
—¿Por qué?
—Después de muerto, la capa no me servirá ya de nada,
y en cambio, como usted mismo ha reconocido, es una
prenda de la que se puede sacar algún provecho...,
aunque éste se limite a tres rublos.
Aquellas palabras me impresionaron de tal manera que
no acerté a decir nada. Lo único que me parecía estar
claro era que la muerte había comenzado a llamar en el
corazón de Yemelia Ilich.
Acto seguido, se hizo de nuevo el silencio entre
nosotros. Yo miraba de soslayo a Yemelia, mientras que
él, a su vez, no dejaba de mirarme. Sin embargo, en
cuanto nuestras miradas se cruzaban, él apartaba la
suya.
—¿Quieres un poco de agua? —le pregunté de pronto.
—Sí, démela... Le di de beber y pude comprobar que
sorbía el agua con verdadera ansia.
—Muchas gracias, Astafi Ivanovich... —me dijo—. Se lo
agradezco de verdad.
—Dime, Yemelia, ¿quieres alguna otra cosa?
—No...
—¿De verdad no necesitas nada?
—No, Astafi Ivanovich. Lo único que me gustaría... Lo
que desearía...
—¿Qué, Yemelia?
—Eso...
—¿Qué es?
—Lo que le he dicho antes...
—¿A qué te refieres?
—Es que..., es que... ¡Aquellos pantalones! ¿Se
acuerda, Astafi Ivanovich? Pues bien, fui yo quien se
los robó, a pesar de que le dije que no...
He de confesar que aquello que para él era una
revelación, a mí no me causaba ninguna sorpresa. «Estoy
seguro de que Dios lo perdonará», me dije, mirando a
Yemelia Ilich.
No obstante, las palabras del moribundo hicieron que
se me cortara el aliento. Un gran peso se instaló
encima de mi corazón y las lágrimas comenzaron a correr
a raudales por mis mejillas. No podía evitarlo. No
quería llorar, por no impresionar a Yemelia, pero me
resultaba imposible dominar la emoción. Al final,
decidí que lo mejor sería apartarme del lecho. Y así lo
hice. Pero de pronto requirió mi atención el enfermo,
pues me llamó:
—¡Astafi Ivanovich!
—¿Qué? —le contesté, al mismo tiempo que me volvía
hacia la cama.
Yemelia quería decirme algo. Esto resultaba más que
evidente por el empeño que ponía en incorporarse. Se
hubiera dicho que estaba empleando las fuerzas que en
realidad nunca tuvo.
Por último consiguió incorporarse ligeramente, tras lo
cual comenzó a mover los labios. Estaba claro: quería
decirme algo. Pero ¿qué podía ser?
—¿Quieres decirme algo, Yemelia?
El moribundo hizo un gesto de asentimiento y siguió
moviendo los labios. De repente su rostro enrojeció en
grado sumo, y me miró fijamente... Luego comenzó a
palidecer, echó hacia atrás la cabeza, lanzó un
profundo suspiro, y a continuación entregó su alma a
Dios...
Un ladrón honrado
I
Una mañana, justo en el momento en que me disponía a
salir de casa para dirigirme a mi trabajo, Agrafena,
que es a un mismo tiempo mi cocinera, mi lavandera y mi
ama de llaves, entró en mi habitación y, con gran
sorpresa por mi parte, comenzó a hablas animadamente
conmigo.
Agrafena era una buena mujer que se distinguía por su
sencillez y escasa locuacidad, pues aparte de las
preguntas cotidianas de rigor sobre lo que desearía
para comer o alguna que otra cosa por el estilo, apenas
me había hablado una palabra de más en seis años. En lo
que se refiere a mí, por lo menos yo nunca te había
oído emitir nada que se pareciera a una opinión
personal.
—Señor, desearía hablarle de una cosa —me dijo en un
principio, pronunciando muy aprisa sus palabras.
—¿Y qué es, Agrafena?
—Que debería alquilar el cuarto pequeño.
—¿Qué cuarto?
—¿Cuál va a ser? El que está junto a la cocina, ¿Acaso
hay otro?
—¿Y por qué habría de alquilarlo?
—¿Por qué? Pues porque la gente acostumbra alquilar
los cuartos sobrantes de las viviendas. ¿No le parece
causa suficiente?
—¿Y quién crees que querrá alquilar ese cuartucho?
—Un inquilino. ¿Quién va a ser?
—Pero si en ese rincón apenas se puede ana cama,
Agrafena... Es demasiado pequeño. ¿Quién querrá vivir
en un sitio así?
—¿Y qué falta hace que viva ahí nadie? Bastará con que
pueda dormir, ¿no? Y para eso está la ventana...
—¿Qué ventana?
—¿Qué ventana ha de ser? Usted lo sabe tan bien como
yo. Me refiero a la ventana del vestíbulo. Allí puede
sentarse a coser o hacer lo que quiera, también puede
colocar una silla, porque él tiene una silla y una
mesa, todo lo que necesita, de forma que usted no
tendrá que poner absolutamente nada.
—¿Y quién es él? Porque, o mucho me equivoco, o me
estás hablando de una persona concreta, ¿no es así,
Agrafena?
—Sí, señor... Se trata de una buena persona: un hombre
de toda confianza. Yo me encargará de hacerle la
comida, y por el cuarto y la manutención le cobraré
tres rublos de plata al mes, ¿qué le parece?
Después de algunas preguntas más, acabé por deducir
que cierto individuo de alguna edad había pedido a
Agrafena que le admitiera como huésped. Y en este
sentido, lo que a la buena mujer se le metía en la
cabeza, no había más remedio que aceptarlo, porque
tarde o temprano acababa saliéndose con la suya. Yo lo
sabía por experiencia propia. Cuando le llevaba la
contraria, su táctica era no dejar a uno e paz hasta
que conseguía sus propósitos. Por lo demás, cuando algo
no salía a su gusto, se quedaba profundamente pensativa
y acababa por caer en una terrible melancolía. Tales
estados de ánimo solían durarle dos o tres semanas por
lo menos, y en todo ese espacio de tiempo no sólo le
salían las comidas insípidas, sino que además dejaba de
limpiar la casa y de lavar la ropa. En resumen, yo
sabía perfectamente que, cuando Agrafena deseaba algo,
había que concedérselo, porque en caso contrario su
disgusto acarreaba una bien conocida secuela de
sinsabores y molestias para mí.
Hacía tiempo que había llegado yo a tales
conclusiones, descubriendo al mismo tiempo que Agrafena
era incapaz de tomar resolución alguna, o de concebir
el menor pensamiento original o nuevo sobre una
situación ya dada. De igual manera, cuando su débil
inteligencia adoptaba alguna idea, o cualquier cosa que
se le pareciese, entonces bastaba contradecirla para
que se aniquilara moralmente por cierto tiempo. En la
ocasión a que me refiero, como se daba el caso de que
era un momento en el que por nada del mundo habría
querido yo ver alterada mi tranquilidad, me apresuré a
acceder a sus deseos de alquilar el cuarto contiguo a
la cocina a aquel «buen hombre» que ella conocía.
—Bueno, supongo que ese amigo suyo dispondrá de la
debida documentación —dije en señal preventiva.
—¡Desde luego! —respondió Agrafena, casi indignada—.
Además, se sabe quién es. Su identidad puede ser
avalada en todo momento. Ya he dicho al señor que se
trata de un hombre serio y de mucha experiencia...,
aparte de que me ha prometido formalmente pagarme esos
tres rublos.
—Está bien —le indiqué—, puedes decir a ese hombre que
venga... Pero antes debes prometerme una cosa.
—El señor dirá.
—Debes prometerme que, al introducir a ese hombre en
mi casa, no se originará ningún problema de tipo
doméstico.
—Descuide el señor... y muchas gracias por su
consentimiento.
Al día siguiente se presentó el inquilino en mi
habitación, lo cual debería haberme molestado, pero no
ocurrió así, sino todo lo contrario, ya que hasta me
alegré en mi fuero interno. A tal respecto, diré que
vivo solo, casi como un recluso, pues apenas tengo
amigos y no salgo de casa. Es cierto que ya me había
acostumbrado a mi soledad, pero ni yo mismo hubiera
podido predecir en qué se habría convertido aquella
situación, junto a una persona como Agrafena, a lo
largo de diez, quince o veinte años. En verdad que
aquella perspectiva no resultaba muy atrayente, y por
ello pensé que, dadas las circunstancias, un pacífico
compañero de vivienda podía representar algo asi como
un don del cielo.
Agrafena no había mentido. Mi inquilino era una
persona de aspecto formal. Por sus documentos podía
saberse que había cumplido debidamente el servicio
militar, pero también se notaba tal circunstancia en
algunos de los gestos y maneras que le habían quedado.
Era, evidentemente, un honrado ciudadano y la sociedad
no tenía nada que reprocharle en materia de
antecedentes penales. Se llamaba Astafi Ivanovich y en
seguida congeniamos. Como virtud esencial tenía la de
saber contar anécdotas de una forma magistral,
habilidad que podía lucir profusamente, puesto que
tenía en la memoria un buen archivo de lances
referentes a su vida en los cuarteles. En resumen,
pronto descubrí que, en el aburrimiento cada vez mayor
de mi existencia, un hombre como aquél podía ser un
verdadero tesoro.
Una de sus historias estaba destinada a dejar en mí
una impresión duradera, y por ello quiero reproducirla
aquí, explicando al mismo tiempo las circunstancias es
que Astafi Ivanovich hubo de referírmela.
Cierto día estaba solo en casa, pues tanto Astafi como
Agrafena habían salido, cuando de repente oí desde mi
habitación que alguien entraba en el vestíbulo. Por
diversos detalles, pude deducir que era una persona
extraña, y no me equivocaba, ya que, euando salí para
ver de quién se trataba, me encontré coa un
desconocido. Se trataba de un hombre de corta estatura
que, a pesar de encontrarnos ya en pleno otoño, no
llevaba abrigo.
—¿Qué desea? —le pregunté.
—Desearía ver al empleado Aleksandrov. Creo que vive
aquí, ¿no es cierto?
—No, señor. Se equivoca, porque aquí no vive nadie de
ese nombre... Adiós.
—¡Cómo! ¡Pero si el portero me ha dicho que vivía
aquí! No lo entiendo... —murmuró el desconocido,
retrocediendo hacia la puerta.
—Pues ya lo ve usted, amigo.
Al otro día, poco después de la hora, de comer, y en
el preciso instante en que Astafi Ivanovich me probaba
una chaqueta que me estaba haciendo, oímos que entraba
de nuevo alguien en el vestíbulo. Fui yo mismo quien
entreabrí la puerta... y entonces comprobé que se
trataba del visitante de la víspera, que ante mis
propias narices cogía mi abrigo de piel de la percha y
se escapaba con él.
Agrafena y Astafi, que me habían seguido, se quedaron
estupefectos por la sorpresa. No obstante, Astafi
Ivanovich reaccionó en seguida y salió corriendo, en un
intento de atrapar al ladrón. Pero a los pocos minutos
volvió a aparecer con gesto desolado y las manos
vacías. El astuto ratero había desaparecido como si se
lo hubiera tragado la tierra.
—Menos mal que no se ha llevado la capa —me creí en la
obligación de argumentar, dada la expresión
apesadumbrada de mi abnegado inquilino—. Si se hubiera
llevado también la capa ese granuja, me habría dejado
sin poder salir a la calle.
Sin embargo, Astafi Ivanovich estaba tan conmovido,
que pareció no oír mis palabras. Admirado por aquella
emoción, no tardé en olvidarme de la pérdida que
suponía la sustracción del abrigo. Mi huésped no
acertaba a explicarse cómo podía haber ocurrido una
cosa así. Aun después de que se hubiera puesto de nuevo
a su trabajo, dejaba de vez en cuando su labor para
hacer renovadas consideraciones sobre el episodio. Se
admiraba una y otra vez de la audacia del ladrón y de
que le hubiese resultado imposible darle alcance.
Al cabo de un rato, y cuando me hubo hecho la prueba,
se puso a trabajar en otras cosas, pero no tardó en
volver a levantarse. Entonces vi que se dirigía a la
escalera y se acercaba a la garita del portero, para
referir a éste lo ocurrido y hacerle los cargos
oportunos por no haber impedido —dejando pasar
impunemente al ladrón— que sucediera una cosa semejante
en el inmueble. Después subió y reproché a Agrafena
algo que no pude entender, tras lo cual reanudó su
trabajo, si bien siguió reflexionando sobre la audacia
del desaprensivo ladrón y sobre la propia impotencia
para darle alcance.
Por la tarde, y para distraer mi aburrimiento, se me
ocurrió ofrecer una taza de té a Astafi Ivanovich, pues
sabía que volvería a hablarme nuevamente del dichoso
episodio, cosa que no dejaba de divertirme, bien por su
ingenua insistencia, o por la honda emoción que ponía
en sus lamentos.
—¡Buena nos la ha jugado ese individuo, Astafi
Ivanovich! —exclamé.
—¡Ya puede usted decirlo, señor! ¡Es como para
volverse loco! Incluso yo, que no puedo afirmar que
naya sido perjudicado, me siento invadido por el coraje
de la impotencia. ¡Cielo santo! ¡A fe mía que po hay en
este mundo ser más ruin que un ladrón! ¡Cuántas veces
no ocurrirá que esos pícaros despojan de su miseria a
quien se ha pasado toda la vida trabajando para reunir
unos pequeños ahorros...! Bueno, creo que lo mejor será
no pensar más en ello, al menos por lo que a mí se
refiere. Y usted, señor, ¿acaso no lamenta la pérdida
de su abrigo?
—Sí, por supuesto. Otra cosa sería que lo hubiese
perdido en cualquier accidente, pero que se lo haya
llevado tan descaradamente un vulgar ratero es algo que
me irrita y me saca de quicio.
—Creo que tiene usted razón; al fin y al cabo a nadie
le gusta tener que resignarse y admitir un robo de esa
clase. Por otra parte, a mi juicio, un ladrón no es un
hombre como los demás... Sin embargo, en cierta
ocasión, yo conocí a un ladrón que era honrado...
—¡Cómo! ¿Un ladrón honrado? No comprendo... ¿Y usted
cree, Astafi Ivanovich, que puede haber un ladrón que
sea honrado?
—Es cierto, señor. En realidad, resulta inconcebible
que un ladrón pueda ser honrado. Lo que yo quería decir
es que aquel individuo al que me refiero era un hombre
honrado..., aunque hubiese robado. Puede creerme,
señor, aquel hombre inspiraba una profunda compasión,
sin que uno supiera muy bien a qué era debida.
—Explíqueme eso, Astafi Ivanovich.
—Se trata de una historia que sucedió hace dos años
aproximadamente.
II
En aquella época —comenzó a contar Astafi Ivanovich—
yo llevaba, si mal no recuerdo, casi un año sin
trabajo. En un figón conocí a un individuo que iba a la
deriva. Se trataba de un borrachín, un holgazán, que ya
no sentía el menor estímulo por la vida, como no fuera
el de emborracharse todas las noches. En otro tiempo
había tenido un buen empleo, pero acabaron
despidiéndole por su mala cabeza. Le daba todo igual, y
no puede nadie figurarse cómo iba vestido. Era digno de
ver... A veces, ni siquiera llevaba una mala camisa
debajo de su mugrienta capa. Todo el dinero que caía en
sus manos acababa sobre los mostradores de las
tabernas. Sin embargo, no era pendenciero, y tampoco
tenía los defectos que son habituales en tal clase de
gentes. Por el contrario, era un hombre esencialmente
pacífico, amable e incluso bonachón. No pedía nunca
nada a nadie y se avergonzaba de cualquier cosa, pero
resultaban más que evidentes sus continuas ansias de
beber, y los que le conocíamos le dábamos dinero para
ello, aunque él no formulase ninguna petición.
El caso es que aquel individuo, desde el momento en
que le conocí, ya no quería separarse de mí. Me seguía
a todas partes y me buscaba por cualquier lado. A mí no
me molestaba, pero a veces me coartaba la idea de
llevar a un perrillo detrás de mis talones, porque esto
era lo que realmente parecía aquel hombre. ¡Qué
individuo tan apocado, Dios mío! No tenía espíritu ni
para matar a una mosca. Todo empezó, en realidad, el
día en que me pidió que «le permitiera pasar la noche
en mi casa». Como en el fondo estaba claro que era una
persona incapaz de ninguna maldad, y además tenía sus
documentos en regla, no tuve ningún inconveniente en
acceder a su petición. Al día siguiente me volvió a
pedir el mismo favor. Pero al tercero... se me presentó
en pleno día, se sentó a mi lado, cerca de le ventana,
y esperó en silencio que llegara la noche.
Como es lógico, empecé a temer que no me lo pudiera
quitar ya nunca de encima, pues para una persona de
modestos recursos económicos siempre es una pesada
carga tener que dar de comer, beber y dormir a un
segundo individuo. Por lo que supe después, aquel
hombre había estado colgado del cuello de un empleado
antes de conocerme a mí. Se emborrachaban los dos
juntos, hasta que el empleado murió en la miseria.
El individuo en cuestión se llamaba Yemelia Ilich y yo
no hacía otra cosa que cavilar para encontrar la manera
de quitármelo de encima. Por una parte, conseguir
apartarlo de mí era un deseo obsesivo, pero por otra
parte me resultaba casi imposible echarlo de mí lado en
cuanto le miraba a la cara y le veía tan desvalido. Era
la viva imagen de la ruina y del abatimiento, por lo
que no podía inspirar sino compasión. Se sentaba junto
a mí, en silencio, y lo más que hacía era mirarme a tos
ojos de la misma forma que los animales domésticos. ¡A
veces me asombraba yo mismo al comprobar hasta qué
punto puede aniquilar a un hombre la bebida!
—En un principio, me dije: «¡Bah, se trata simplemente
de mandarle que se marche el día que verdaderamente me
canse! Le diré que aquí no hace nada y que debe irse,
porque ya no puedo darle ni siquiera un hueso para
roer.» No obstante, aun cuando estaba decidido a actuar
así, siempre me quedaba una duda; la de cómo
reaccionaría él. Me imaginaba que se quedaría mirándome
durante largo rato, mientras so. guía sentado, sin
comprender aparentemente ni una sola palabra, basta
que, llegado un momento, se levantaría para coger su
hatillo y marcharse... Aún me parece estar viendo aquel
pedazo de tela a cuadros rojos, con fondo blanco, que
Dios sabe lo que podía contener, lleno de agujeros, y
que él no abandonaba jamás. Me figuraba, en definitiva,
que se levantarla con dignidad, se pondría su capa
cuidadosamente, para tapar los agujeros de debajo, pues
tal era su sensibilidad, y se dirigiría hacia la
puerta, con lágrimas en los ojos... Al llegar a este
punto, la escena me resultaba intolerable, a pesar de
que se desarrollaba simplemente en mi imaginación. Me
decía que jamás dejaría —o podría permitir— que el
pobre Yemelia se hundiera del todo... Había muchas
partes de mi fuero interno, y en especial mi corazón,
que se rebelaban ante tal posibilidad. Sin embargo, y
al mismo tiempo, también pensaba: «Pero, si continúo
siendo tolerante, ¿qué será de mí? Si me empeño en
ayudarle, pronto tendré que pedir yo mismo limosna...
Debo encontrar una solución.»
Estaban así las cosas, cuando mi patrón, Aleksandr
Filimonovich (hoy ya difunto... y al que deseo que Dios
tenga en su gloria), me dijo un buen día: «Astafi, has
de saber que estoy muy contento contigo. Cuando
volvamos de la finca que tengo en el campo, y a la que
voy con mi familia, te prometo acordarme de ti.» Yo
había trabajado en su casa como mayordomo y ayuda de
cámara... Era un buen amo, pero, desgraciadamente,
murió aquel mismo año. No obstante, en aquella ocasión,
como él se marchó de la ciudad, yo también tuve que
coger mis cosas e irme a vivir a casa de una buena
mujer, a la que le alquilé un rinconcito, que era el
único espacio de que disponía. Dicha patrona había
servido no sé dónde como nodriza, y le pasaban una
pensión, lo cual le permitía vivir sola.
Mi nueva situación me hizo creer que perdería de vista
a Yemelia Ilich, pero me equivocaba, porque un día, al
volver a casa por la tarde, después de visitar a un
amigo, me encontré con el pobre borrachín sentado
encima de mi baúl, y con su hatillo, que había dejado a
un lado de sus pies. Estaba tan tranquilo leyendo la
Biblia, que había conseguido de mi patrona. Por lo
demás, cuando entré, le pude sorprender con el libro al
revés, lo cual ponía en evidencia que no estaba
leyendo.
Recuerdo que, ante aquella sorpresa, no se me ocurrió
otra cosa que preguntarle:
—¿Llevas encima tus documentos, Yemelia?
Y a continuación me puse a calcular las mil
contrariedades que el dichoso vagabundo iba a
proporcionarme. Pensaba en el problema, y cada vez me
parecía más improbable la solución. «Para empezar —me
dije—, tendrá que cenar aquí... Y luego le tendré que
dar todos los días de comer y de cenar, pero no deberá
hacerse ilusiones: por las mañanas, comerá un trozo de
pan con dos cebollas, y después otro pedazo de pan con
más cebollas. Algún día podré darle un poco de sopa,
pero sin ninguna seguridad. Lo peor será la bebida...
¡Tendrá que dejarla!»
No obstante, a continuación pasó algo por mi cabeza.
Pensé en la posibilidad de que Yemelia se fuese de mi
lado, y hube de reconocer que, con él, desaparecería la
alegría de mi vida. Podrá parecer absurdo, pero la
cuestión era ésta y no otra. ¿Qué podía hacer yo? Sin
pretender que aquello fuese ninguna solución, de pronto
me propuse ser el padre y el protector de aquel
individuo. ¿Por qué? ¿A causa de qué me correspondía a
mí adoptar aquella responsabilidad? Aunque me hubieran
matado, no habría sabido responder de una forma
coherente. «Le libraré del vicio —me dije— y haré que
vaya perdiendo la afición que siente por la bebida. Si
quiere seguir a mi lado, tendrá que acostumbrarse a
trabajar, entre otras cosas porque, de lo contrario, no
tendremos ni para beber agua.»
En aquella época yo tenía la firme convicción de que
todo hombre debe servir para algo, de que debe tener un
oficio u otro. A partir de entonces, comencé a observar
a Yemelia en silencio.
Y un día le dije abiertamente:
—Yemelia, amigo mío, ¿no crees que deberías cuidar un
poquito más de ti? ¿No ves que vas hecho un harapo?
Cuando te miras a un espejo, ¿no te avergüenzas de ti
mismo?
El me escuchó en silencio, con la cabeza baja, sin
moverse del sitio donde se encontraba. Sólo al cabo de
unos minutos fue capaz de decirme:
—¿Qué dice usted, señor?
Había llegado hasta tal extremo su alcoholismo, que
era incapaz de pronunciar ni una sola palabra
correctamente. Se le decía una cosa y contestaba a
otra. A veces, me escuchaba durante largo rato, pero de
pronto lanzaba un profundo suspiro, pareciendo que, en
realidad, no me había oído.
—¿Por qué suspiras, Yemelia? —le pregunté en una de
aquellas ocasiones.
—Por nada, Astafi Ivanovich —me respondió—. No tiene
por qué preocuparse, se lo aseguro. ¿Sabe una cosa,
Astafi Ivanovich? Hoy se han pegado dos viejas en plena
calle. La una le había tirado a la otra,
inadvertidamente, una cesta de setas.
—¿Y qué tiene eso de particular?
—Estonces la otra vieja derribó a la primera, a la vez
que tiraba su cesta, llena de cerezas, que pisoteó a lo
largo de toda la calle.
—¿Y qué más ocurrió, Yemelia Ilich?
—Nada más, señor. Yo sólo vi eso.
—¿Sabes lo que te digo, Yemelia?
—No, señor.
—Pues creo que tienes trastornado el juicio.
—¿Por qué, señor?
—Porque sí...
—Le contaré otra cosa... A un caballero se le habían
perdido unos cuantos billetes de Banco en la calle. Un
individuo los vio y dijo: «Yo los he encontrado.» Pero
otro, que también había visto la escena, replicó: «¡Yo
los he visto antes que tú!» Y comenzaron a discutir,
hasta que llegó un guardia, que se incautó del dinero y
se lo devolvió al señor que lo había perdido,
amenazando a los otros con llevarles a la comisaría.
—Bueno, ¿y qué más? ¿Qué es lo que encuentras de
interesante en todo eso, Yemelia?
—¡Ah nada! A mí no me parece interesante. Si me
sorprendió la escena, es porque la gente se reía.
—¡Ay, Yemelia! ¡Ahora resulta que has vendido tu alma
por una simple moneda de cobre! ¿Sabes lo que te digo?
—No lo sé, Astafi Ivanovich...
—Que tienes que buscarte algún trabajo. Te lo he dicho
ya cien veces, pero tú no pareces entenderlo. ¡Búscate
una ocupación, aunque sólo sea en consideración a mí!
—¿Y cómo voy a buscar esa ocupación, Astafi Ivanovich,
si no sé cuál es la que debo aceptar? Lo cierto es que
nadie quiere admitirme, nadie quiere darme trabajo..»
—¿Y puede saberse por qué dejaste el trabajo de la
oficina? ¡Anda, dímelo, borrachín!
—A Vlasia el camarero le han llamado hoy a la
comisaría —me respondió.
—¿Y por qué?
—Eso es lo que no sé, Astafi Ivanovich, pero, según
parece, se trata de algo pasado...
Todo aquello me hizo pensar: «No cabe duda de que no
hay remedio. Estamos perdidos los dos. Y Dios acabará
castigándonos por nuestros pecados.» Sin embargo, ¿qué
podía hacer con un hombre así? ¡En el fondo era un
individuo muy inteligente! Sabía muy bien lo que decía.
Por lo demás, cuando una conversación le resultaba
aburrida, o se barruntaba que yo le iba a decir algo
que no le convenía, entonces cogía la capa, y sin decir
absolutamente nada, se marchaba... Pasaba el día dando
vueltas por las calles, para volver por ia noche
completamente beodo... ¿Quién le daba el dinero para
beber? Esto era algo que yo, en mi inocencia, ignoraba
por completo.
—El día menos pensado dejará de regir tu cabeza
correctamente; ya lo verás... —le decía yo—. ¿No crees
que ya has bebido bastante en esta vida? Te advierto
que de ahora en adelante, si vuelves borracho por las
noches, dormirás en la escalera, porque... ¡no te
abriré la puerta!
Después de que hube proferido aquella amenaza, Yemelia
estuvo aún dos días en casa, pero al tercero
desapareció. Le esperé y le esperé, pero no aparecía.
Entonces comencé a sentir una profunda lástima por él.
«¿Adonde habrá ido a parar?», me decía. Anocheció,
pasaron horas y más horas, y no llegaba... Me fui a
dormir, y a la mañana siguiente, ¿qué es lo que veo al
salir a la escalera? ¡Pues al bueno de Yemelia! Al
parecer, había pasado allí la noche. Tenía la cabeza en
un peldaño y estaba tendido cuan largo era,
completamente entumecido de frío.
—¿Qué haces aquí, Yemelia? —le pregunté—. ¿No te das
cuenta de que esto es lo último?
—Es lo que me dijo usted, Astafi Ivanovich, ¿no lo
recuerda? Me dijo que, si venía bebido, debería dormir
en la escalera. Por eso no me atreví a llamar a la
puerta... y me eché a dormir aquí.
—¡Ah, Yemelia! ¡Si quisieras hacer otra cosa que
limpiar la casa con tus andrajos! —le dije, sintiendo
al mismo tiempo rabia y compasión.
—¿Y qué podría hacer, Astafi Ivanovich?
—¡Si fueras capaz de aprender el oficio de sastre! —le
dije al final—. Al menos así, podrías remendarte tú
mismo los andrajos que llevas... ¡Anda, entra en easa,
calamidad de los demonios!
¡Bien! ¿Y qué se dirá que hizo el borrachín a
continuación? Pues cogió una aguja y se puso a
enhebrarla... Yo le había hablado con cierta
vehemencia, pero él estaba dispuesto a corregirse,
según parecía. Le contemplé detenidamente y pude
apreciar que tenía los ojos inflamados y que le
temblaban las manos. No atinaba a meter el hilo por la
aguja, pero él insistía. Lo humedecía con la lengua una
y otra vez... hasta que por último desistió de su
empeño y se me quedó mirando.
—Está bien, Yemelia. ¿Quieres hacerme un favor? Dios
sea contigo y te perdone todos tus pecados! Puedes
quedarte en casa, si quieres, pero no vuelvas a hacerme
una cosa así... Me refiero a tu decisión de pasar la
noche en la escalera, ¿comprendes?
—¿Y qué voy a hacer, Astafi Ivanovich? Demasiado sé
que siempre estoy borracho y que no sirvo para nada.
Tan sólo usted, que es mi bienhechor, se interesa por
mí, así es que...
Y de pronto comenzaron a temblarle los labios, medio
helados. Por sus pálidas mejillas rodaron unas
lágrimas. En cuanto la primera de aquellas cuatro
lágrimas hubo llegado a su mal cuidada barba, brotó
súbitamente de sus ojos todo un raudal de llanto...
¡Creí que se me iba a partir el corazón! «¡Vaya, qué
sensible te has vuelto de pronto! —hube de decirme—.
¡Nunca lo hubiera sospechado!»
Decidí, por lo tanto, dejar que Yemelia Ilich hiciera
lo que le viniese en gana, aun a sabiendas de que
llegaría a convertirse en una auténtica piltrafa.
Sin embargo —prosiguió Astafi Ivanovich—, la historia
estaba destinada a continuar, aunque lo que sigue sea
tan huero e insignificante, que quizá no merezca el
tiempo que haya de emplearse en hacer su
correspondiente referencia. Es muy posible que no se
pudiera encontrar quien diera dos copecs por todo ello;
sin embargo, yo habría dado mucho dinero, de haberlo
tenido, para que no sucediera nada de lo ocurrido.
La cuestión es que yo tenía unos magníficos pantalones
de montar, a rayas azules, que me había encargado hacer
un propietario, el cual opinaba que se los había
confeccionado demasiado estrechos, siendo ésta la causa
de que me los hubiese dejado allí. «Está bien —me dije—
, no hay por qué preocuparse; se trata de una prenda de
calidad, y en el rastro siempre podré sacar de ella por
lo menos cinco rublos. En caso contrario, confeccionaré
con su tela unos pantalones normales, y siempre es
posible que me quede aún para hacerme un elegante
chaleco. A fin de cuentas, a un hombre modesto como yo,
todo le cae bien.»
A todo esto, Yemelia atravesaba un negro período, pues
llevaba ya varios días sin beber, posiblemente porque
no encontraba quien le invitara. No podía llevarse a
los labios ni una mala gota de vodka. Su actitud era la
misma que podría adoptar un apaleado que se llevara las
manos a su dolorida cabeza, inspirando la natural
lástima. Por mi parte pensaba que, a juzgar por
aquello, era muy posible que Yemelia se reformase de su
vicio a fuerza de no tener dinero.
Estaban las cosas así, cuando llegaron las fiestas
mayores. Un día fui a la misa de noche, pero cuando
volví a casa, ¿con qué me encontré? Pues con que el
bueno de Yemelia estaba borracho, sentado en el
alféizar de la ventana y columpiándose sobre el vacío.
«¡Ya estamos otra vez!», fue lo primero que pensé. Sin
saber por qué, fui hacia el baúl, y... ¿qué vi? ¡Que
los pantalones de montar a rayas habían desaparecido!
Lo revolví todo, buscando la prenda, pero fue inútil.
Las primeras sospechas fueron para la patrona, a la que
acusé despiadada e injustamente, pues ni siquiera se me
ocurrió pensar en Yemelia como en el presunto ladrón,
ya que había pasado las últimas horas completamente
borracho fuera de casa.
—¡Por Dios, señor Ivanovich! —me dijo la pobre mujer—.
¿Qué cree que iba a hacer yo con ésos calzones? ¿Acaso
ponérmelos? Además, debo comunicarle que a mí también
me ha desaparecido una chaqueta, así es que...
—Entonces, ¿quién estuvo aquí? —le pregunté.
—¿Aquí? ¡Nadie! ¡Absolutamente nadie! Yo no me he
movido de casa en todo el día. Quien ha estado aquí ha
sido Yemelia Ilich, que luego salió y volvió a
entrar... ¿No le ha visto en la ventana? ¿Por qué no le
pregunta a él?
—Yemelia —le pregunté—, ¿has visto por casualidad los
pantalones a rayas que yo había hecho para aquel
caballero? Ya sabes a cuáles me refiero, a los calzones
de montar, que se habían quedado algo estrechos..»
—¿Y cómo iba a verlos yo, Astafi Ivanovich? —me
contestó—. Le aseguro que..., que yo no he cogido esa
prenda para nada en absoluto.
Me puse de nuevo a buscar, pero... todo fue inútil.
Yemelia, mientras tanto, seguía en la ventana. Yo me
senté en el baúl y me quedé mirándole de reojo, hasta
que, de pronto, una idea me asaltó el cerebro. Fue como
si me ardiera el corazón en el pecho. La sangre amenazó
con subírseme a la cabeza.
—Yo no he cogido esos pantalones —dijo Yemelia
apresuradamente, mientras fijaba su mirada en mí—. Es
posible que usted pueda imaginarse las cosas más
peregrinas, pero le juro que yo no he cogido nada.
—¿Dónde están, pues, esos pantalones, Yemelia?
—¿Y cómo iba a saberlo yo, si ni siquiera los he
visto? —replicó el borrachín, con la mayor naturalidad
del mundo.
—En tal caso, Yemelia, ¿quieres que crea que esos
pantalones se han marchado por sí solos del baúl?
—Quizá haya sido así, Astafi Ivanovich... Lo único que
puedo asegurarle es que yo no sé absolutamente nada de
este asunto, ¿comprende?
Me levanté y me acerqué hasta donde se encontraba él.
Encendí la luz y me puse a trabajar al lado de la
ventana, tal como era mi costumbre. Le estaba volviendo
el chaleco a uno de los inquilinos de la casa, que
vivía en el piso de arriba. Sin embargo, seguía
intranquilo. En cierto modo, creo que, si se me hubiera
quemado toda la ropa en la estufa, no lo habría sentido
tanto.
A Yemelia no le pasó desapercibida, por supuesto, la
indignación que a mí me recomía. La verdad es que,
cuando un hombre comete algo malo, es capaz de predecir
cualquier clase de desgracia, del mismo modo que los
pájaros barruntan las tormentas.
—A propósito, Astafi Ivanovich —comenzó a decirme
Yemelia Ilich, con voz temblorosa—, ¿no se ha enterado
de que hoy se casa Antip Prokorich, el mariscal, con la
viuda del cochero que murió hace muy poco?
Le respondí con una mirada cargada de intención que él
entendió de maravilla. ¿Y qué ocurrió entonces? De
pronto, Yemelia se levantó, se dirigió a la cama y
comenzó a revolver las ropas. Yo preferí no moverme y
observar. Entretanto, él siguió buscando y buscando,
sin dejar de murmurar:
—¡Aquí no hay nada! ¡Absolutamente nada! ¡Es inútil
buscar! ¿Dónde estarán esos endemoniados pantalones? Es
incomprensible, porque la tierra no se los ha podido
tragar...
Yo continuaba a la expectativa de lo que pudiera
ocurrir, porque aquello me parecía un tanto extraño...
¿Se trataba de una comedia? ¿O era que Yemelia tenía
realmente la cabeza trastornada?
De repente, sucedió algo que no esperaba... Yemelia,
en su búsqueda, se metió debajo de la cama. ¿Qué iría a
hacer allí? Ante aquella nueva excentricidad, no pude
contenerme:
—¿Qué haces, Yemelia Ilich? ¿Qué haces debajo de la
cama? ¿Te has vuelto tonto?
—Estoy mirando, por si se hubieran caído aquí esos
malditos pantalones...
—Pero... ¿qué dice, señor mío? —le contesté, sin darme
cuenta de que había dejado de tutearle, llevado por mi
indignación—. ¿Acaso cree usted que es digno el
arrastrarse por los suelos para buscar unos pantalones?
—¡Ah, señor! Eso es lo de menos... La cuestión es que
esos calzones tienen que estar en algún lado..., y que
alguien los tiene que encontrar.
—¡Hum...! Escúchame bien, Yemelia Ilich...
—¿Qué?
—¿No será que me has robado, como si fueras un simple
ladronzuelo, en señal de gratitud por haber compartido
mi pan contigo?
Entonces él me dijo algo, pero todos sus esfuerzos
estaban encaminados a enternecerme. De nuevo se
arrastró de rodillas por el suelo.
—No, Astafi Ivanovich —dijo, después de un rato—. Se
equivoca si piensa eso de mí.
Pero él siguió debajo de la cama, hasta que por
último, pasados unos minutos, volvió a incorporarse, Me
fijé en su rostro y vi que estaba más blanco que un
pañuelo.
Yemelia Ilich se levantó, se fue hacia la ventana, se
sentó, mientras yo trabajaba, y allí permaneció en
aquella actitud por lo menos durante diez minutos,
después de los cuales se incorporó y se dirigió hacia
mí.
En su rostro pude sorprender el temor que se tiene
cuando se es culpable de algo.
—Se equivoca, Astafi Ivanovich —dijo—. No crea que me
he tomado la libertad de sustraerle esos pantalones...
Al pronunciar aquellas palabras, noté que le temblaba
el cuerpo, así como la voz. Para conferir más fuerza a
sus palabras, se tocaba el pecho con un dedo, de forma
que yo mismo llegué a sentir una especie de angustia.
—Está bien, Yemelia Ilich —le dije—, como quieras. Si
es como dices, tendrás que perdonarme por ser injusto
contigo al sospechar de ti. Dejemos ya en paz esos
pantalones... ¡Que estén donde sea! Al fin y al cabo,
no nos son necesarios para vivir. Gracias a Dios, tengo
salud y buenas manos para trabajar. No por ello me voy
a desesperar, ni tampoco voy a ponerme a pedir limosna,
¿no te parece?
Yemelia Ilich continuó todavía un rato de pie.
Al parecer oía lo que le estaba diciendo, pero como si
no lo asimilara mentalmente. Al final, sin embargo,
pareció calmarse..., y volvió a sentarse en el suelo,
replegado sobre sí mismo.
En aquella postura permaneció, sin moverse, mientras
yo trabajaba. Cuando me marché a dormir él aún estaba
allí. Y a la mañana siguiente..., todavía seguía en el
mismo lugar, arrebujado en su capa, tal como lo había
dejado la noche anterior. Sin duda se había sentido
humillado y por eso no había querido acostarse en la
cama.
Debo decir que para entonces, en cierto modo, yo había
perdido el respeto a Yemelia Ilich. Tampoco sentía ya
por él la misma inclinación afectuosa que antes,
pudiéndose decir que le odiaba. Era como si un hijo mío
me hubiese robado, dándome un horrible disgusto y
haciéndome perder mi confianza en él.
Por lo demás, Yemelia entró en una etapa crítica de su
vicio. Pasó más de dos semanas seguidas bebiendo.
Estaba tan borracho que parecía haberse vuelto loco. Se
iba de casa por la mañana y no regresaba hasta la
noche. ¡Si al menos en aquellas dos semanas le hubiese
oído yo una sola palabra! Pero nada... Era como si sólo
le interesara suicidarse bebiendo.
Al final, cuando al parecer se quedó sin dinem,
cesaron sus salidas y volvió a sentarse conmigo junto a
la ventana. Un día, de pronto, comenzó a llorar. ¿Qué
podía ocurrirle? Le miré y me di cuenta de que lloraba
a raudales. Sus ojos parecían dos manantiales.
Siempre me ha dado una gran pena ver a un hombre
llorar, y más si se trata de un hombre como Yemelia,
quien estoy seguro de que lloraba compungido ante el
enorme peso de su pobreza y de su dolor.
—¿Qué te sucede, Yemelia? —le pregunté.
Por primera vez desde hacía muchos días había vuelto a
dirigirle la palabra, y entonces él pareció
estremecerse.
—Por favor, Yemelia. ¿Por qué te empeñas en permanecer
sentado ahí, como si fueras un buho?
—Es que..., es que quisiera buscar trabajo, Astafi
Ivanovich.
—¿Y en qué clase de trabajo has pensado?
—En ninguno. Creo que cualquiera podría servirme.
Podría colocarme donde antes... Ya estuve hablando con
Fiodor Ivanovich y le supliqué que me readmitiera.
Pienso que no es correcto que yo sea una carga para
usted. En cuanto encuentre trabajo, prometo devolverle
todo lo que le debo, e incluso pienso recompensarle por
las inolvidables atenciones que ha tenido conmigo.
—¡Basta, Yemelia! Lo pasado ya pasd, ¿comprendes? ¡Que
bucee en él la urraca! ¡No por eso se va a acabar la
vida para nosotros!
—No estoy de acuerdo, Astafi Ivanovich, porque sé lo
que está pensando... Yo no le quité aquellos
pantalones.
—Está bien, te creo, Yemelia. ¿Quién dice lo
contrario?
—No es eso, Astafi Ivanovich, porque la cuestión
estriba en que, a mi juicio, no debo seguir aquí.
—¿Y por qué? ¿Te ha ofendido alguien? Dime, ¿quién te
echa de esta casa? Al menos, yo no tengo tal
intención...
—Ya lo sé... Pero eso no quita para que yo comprenda
que no está bien que siga viviendo en su casa. En
resumidas cuentas, creo que es mucho mejor que me vaya
de aquí...
—¿Y adonde irás? Por favor, hombre, ten un poco de
juicio... Piénsalo bien, ¿dónde vas a ir?
—Por favor, Astafi Ivanovich, no haga nada por
retenerme... —dijo Yemelia, y volvió a llorar—. Me voy
ahora mismo, de manera que no haga nada para
retenerme... ¡Prométamelo! ¡Prometa que no me lo
impedirá!
—¿Por qué, Yemelia? ¿Por qué?
—No lo sé, Astafi Ivanovich... De cualquier forma,
usted tampoco es el mismo de antes.
—¿Cómo que no? Pero... ¿qué estás diciendo? Tú no eres
el mismo... Lo que ocurre simplemente es que se te ha
metido en la cabeza acabar contigo, te has convertido
en tu peor enemigo, ¿no te das cuenta?
—No es eso, Astafi Ivanovich. Ahora, por ejemplo,
usted se preocupa de cerrar el baúl. Yo veo todas esas
cosas y me da mucha pena. Por eso lloro. Lo mejor que
puedo hacer, y crea que lo he pensado bien, es
marcharme y pedirle perdón por haberle sido tan... tan
molesto.
¡Y se marchó! ¡Ya lo creo que se marchó! Yo no quería
creerlo, pero a la mañana siguiente hube de convencerme
de que lo había hecho de verdad. Le esperé durante todo
el día, pensando que regresaría por la noche, pero me
equivocaba. No regresó en todo aquel día, ni al
siguiente, ni tampoco al tercero... Comencé a
inquietarme y perdí las ganas de comer tanto como las
de dormir. No hacía más que darle vueltas a mi cabeza.
Con su decisión, el bueno de Yemelia Ilich había
conseguido intranquilizarme y desordenar todo mi
sistema de vida.
Al cuarto día me llegué hasta la taberna que Yemelia
solía frecuentar. Pregunté a todos por él, pero nadie
sabía dónde podía estar. ¡Había desaparecido! «Habrá
perdido el juicio y lo más probable es que esté tirado
por algún rincón», me dije.
Cuando regresé a casa, estaba más muerto que vivo. Al
día siguiente salí de nuevo a buscarlo, al mismo tiempo
que me reprochaba a mí mismo la irresponsabilidad de
haber dejado hacer su santa voluntad a un hombre en las
condiciones de Yenielia. Por fin, al quinto día, que
era festivo, cuando apenas había amanecido, oí que
llamaban a la puerta. Salí a abrir..., y me encontré
con Yemelia. ¡Allí estaba! ¡Y qué aspecto traía, Dios
mío! Tenía el rostro completamente amoratado, los
cabellos horriblemente sucios, y todo en él evidenciaba
que aquellos días había dormido en el arroyo, además de
que estaba más delgado que una cerilla.
Yemelia Ilich se quitó la capa y se. sentó frente a
mí, en el baúl. Se me quedó mirando fijamente. Aunque
seguía teniendo mis prevenciones contra él, cuando se
ve a un ser humano en semejante estado, es casi
imposible no sentir un poco de compasión. Me acerqué a
él y le pasé la mano por la espalda, con la intención
de consolarlo.
—Yemelia —le dije—, alégrate..., puesto que te
encuentras de nuevo en casa. Ayer estuve buscándote y
hoy me proponía hacer lo mismo por todas las tabernas
los figones de la ciudad. Dime, ¿has comido?
—Sí...
—No te creo... Anda, ven a la mesa. ¿Sabes? Puedo
darte una sopa de coles y algo de carne que quedó de
anoche. También hay cebollas y pan... Anda, ven y come
algo, para que recuperes fuerzas.
Le di todo aquello que le había prometido, y por el
apetito con que lo devoró, pude deducir que llevaba
tres días por lo menos sin probar bocado... ¡Había que
ver el hambre que tenía el pobre Yemelia!
—¡No sabes cómo me alegro de volverte a ver, amigo
mío!... Ahora te traeré una botella de aguardiente, y
así podrás olvidar tus penas. Nos haremos a la idea de
que entre nosotros no ha pasado nada, ¿te parece bien?
Te prometo que no te guardaré ninguna clase de
resentimiento, Yemelia...
Le dejé solo para ir a buscar el aguardiente, que puse
sobre la mesa, frente a él. Después me senté a su lado,
y dije:
—¿Qué te parece si brindamos por la fiesta de hoy? ¡A
tu salud, Yemelia!
Recuerdo que él tendió con avidez su mano, y ya iba a
coger el vaso, cuando le vi vacilar. ¿Qué significaba
aquello? Al final, sin embargo, asió el vaso y se lo
llevó a la boca. Le temblaba tanto la mano, que se le
vertía el licor... Y de pronto, para colmo de mi
sorpresa, vi que dejaba el vaso en su sitio, sin
probarlo siquiera.
—¿Qué te ocurre, Yemelia?
—Nada, Astafi Ivanovich. És que yo...
—¡Cómo! ¿Ya no bebes?
—No, Astafi Ivanovich. Me he hecho el propósito de no
beber nunca más...
—¿Qué quiere decir eso, Yemelia? ¿Has dejado para
siempre la bebida o se trata simplemente de una actitud
circunstancial?
Yemelia no respondió. Se había quedado en silencio, y
al cabo de un rato apoyó la cabeza en sus dos manos.
—¿No será que estás enfermo, Yemelia?
—Así es, Astafi Ivanovich. Me siento mal, realmente
mal... No sé qué me ocurre.
Me apresuré a llevarlo a la cama. Y allí comprobé que
le ardía la frente. La fiebre hacía que le temblara
todo el cuerpo. Durante todo el día estuve a su lado,
en la cabecera del lecho. Por la noche se agravó su
estado y le di una sopa de manteca y cebolla.
—Tómate esta sopa y verás como te alivia —le dije.
—No... Será mejor que hoy no tome nada —me respondió
con la cabeza temblorosa.
La patrona se había preocupado también por él. Le
preparó té, pero todo era inútil. El enfermo no se
aliviaba ni reaccionaba con nada. A la mañana del
segundo día fui en busca de un médico bastante
conocido, cuyo nombre era Kostopravov. Yo le conocía
con anterioridad a aquel día: cuando estaba con los
señores de Bosomiaguin, lo habían llamado en cierta
ocasión para que me viese, puesto que no me encontraba
bien.
El médico, en cuanto vio a Yemelia, dijo;
—Lo cierto es que no hay nada que hacer... No merecía
la pena que me llamaran. De todos modos, siempre se le
pueden dar unos polvos.
Creí que el doctor no hablaba seriamente. En esta
situación, llegamos al quinto día... Aún recuerdo a
Yemelia. Estaba en la cama, frente a mí, mientras yo
permanecía junto a la ventana con mi trabajo. La
patrona se afanaba por encender la estafa. Ninguno de
los tres hablábamos. Yo tenía el corazón destrozado,
como si quien estaba agonizando fuese mi hijo
preferido.
A la mañana siguiente noté que Yemelia hacía esfuerzos
por decirme algo, pero por lo que fuese o no se atrevía
o le resultaba imposible. En sus ojos se podía observar
una profunda tristeza.
Aún recuerdo, como si fuese ahora, que al mirarte yo,
él retiró la vista hacia otra parte, como si sintiera
una especie de vergüenza.
—¡Astafi Ivanovich! —exclamó de pronto.
—¿Qué quieres?
—Estaba pensando una cosa... Si vendiéramos mi capa en
el rastro, ¿cuánto podríamos sacar de ella?
—¿Cuánto nos darían por tu capa? No lo sé. Tal vez
tres rublos...
Aunque le dije aquello, yo sabía que se me habrían
reído si hubiera ido a vender un pingajo así al rastro.
Mi intención era tranquilizarlo, antes que cualquier
otra cosa, pues conocía la extremada sensibilidad de
Yemelia.
—Es lo que yo creo también —me respondió, después de
unos segundos—. Al fin y al cabo, el paño es bueno, y
tres rublos no es mucho dinero...
Tras decir esto, el enfermo permaneció un buen rato en
silencio, hasta que volvió a exclamar:
—¡Astafi Ivanovich!
—¿Qué?
—¿Quiere hacerme un favor?
—Dime lo que sea, Yemelia.
—Tal vez sea demasiada molestia...
—¿Demasiada molestia? ¿Por qué? En todo caso, dime de
qué se trata.
—Desearía que vendiese usted mi capa cuando yo me
muera... Que no me entierren con ella.
—¿Por qué?
—Después de muerto, la capa no me servirá ya de nada,
y en cambio, como usted mismo ha reconocido, es una
prenda de la que se puede sacar algún provecho...,
aunque éste se limite a tres rublos.
Aquellas palabras me impresionaron de tal manera que
no acerté a decir nada. Lo único que me parecía estar
claro era que la muerte había comenzado a llamar en el
corazón de Yemelia Ilich.
Acto seguido, se hizo de nuevo el silencio entre
nosotros. Yo miraba de soslayo a Yemelia, mientras que
él, a su vez, no dejaba de mirarme. Sin embargo, en
cuanto nuestras miradas se cruzaban, él apartaba la
suya.
—¿Quieres un poco de agua? —le pregunté de pronto.
—Sí, démela... Le di de beber y pude comprobar que
sorbía el agua con verdadera ansia.
—Muchas gracias, Astafi Ivanovich... —me dijo—. Se lo
agradezco de verdad.
—Dime, Yemelia, ¿quieres alguna otra cosa?
—No...
—¿De verdad no necesitas nada?
—No, Astafi Ivanovich. Lo único que me gustaría... Lo
que desearía...
—¿Qué, Yemelia?
—Eso...
—¿Qué es?
—Lo que le he dicho antes...
—¿A qué te refieres?
—Es que..., es que... ¡Aquellos pantalones! ¿Se
acuerda, Astafi Ivanovich? Pues bien, fui yo quien se
los robó, a pesar de que le dije que no...
He de confesar que aquello que para él era una
revelación, a mí no me causaba ninguna sorpresa. «Estoy
seguro de que Dios lo perdonará», me dije, mirando a
Yemelia Ilich.
No obstante, las palabras del moribundo hicieron que
se me cortara el aliento. Un gran peso se instaló
encima de mi corazón y las lágrimas comenzaron a correr
a raudales por mis mejillas. No podía evitarlo. No
quería llorar, por no impresionar a Yemelia, pero me
resultaba imposible dominar la emoción. Al final,
decidí que lo mejor sería apartarme del lecho. Y así lo
hice. Pero de pronto requirió mi atención el enfermo,
pues me llamó:
—¡Astafi Ivanovich!
—¿Qué? —le contesté, al mismo tiempo que me volvía
hacia la cama.
Yemelia quería decirme algo. Esto resultaba más que
evidente por el empeño que ponía en incorporarse. Se
hubiera dicho que estaba empleando las fuerzas que en
realidad nunca tuvo.
Por último consiguió incorporarse ligeramente, tras lo
cual comenzó a mover los labios. Estaba claro: quería
decirme algo. Pero ¿qué podía ser?
—¿Quieres decirme algo, Yemelia?
El moribundo hizo un gesto de asentimiento y siguió
moviendo los labios. De repente su rostro enrojeció en
grado sumo, y me miró fijamente... Luego comenzó a
palidecer, echó hacia atrás la cabeza, lanzó un
profundo suspiro, y a continuación entregó su alma a
Dios...
lunes 21 de septiembre de 2009
La Habana.
Este mes de agosto he pasado 7 días en la Habana, un viaje que me ha gustado mucho. Aquí dejo unos fotos y algún comentario.
PLAZA DE LA REVOLUCIÓN: Uno de los símbolos de la revolución cu
bana, si bien la idea de convertir el lugar en una gran plaza viene de mucho antes. Los proyectos para su urbanización se emprendieron en varias ocasiones, quedando siempre sin finalizar. Finalmente, en 1953, se dio comienzo a la construcción de la plaza (en aquel momento denominada Plaza Cívica) y del monumento José Martí. Las obras se darían por terminadas después de que triunfara la revolución, recibiendo el nombre con que se conoce en este momento. Desde ese momento, la plaza ha sido el escenario elegido para conmemorar las fiestas revolucionarias y el lugar preferido por Fidel Castro para dirigirse a las multitudes (la plaza es capaz de acoger un millón de personas) en sus ya legendarios discursos.


Textos de Ángel Ingelmo.
He visitado más lugares pero éstos son unos de los más importantes. Decir que el pueblo habanero (diferente al resto del pueblo cubano) es una gente hospitalaria, muy amable y con una base cultural muy digna. Como en toda gran ciudad siempre hay el timador pero más o menos éstos se ven a distancia.
LA PLAZA VIEJA: cuando la Plaza de Armas pasó a desempeñar funciones estrictamente militares, se hizo necesaria la planificación de un nuevo espacio urbano destinado al uso público y comercial. Nació así, a mediados del siglo XVI, la Plaza Vieja, que tiene el valor de ser la primera 

propuesta de planificación urbanística en América y que se constituyó en el centro de la ciudad durante los siglos XVII y XVIII, aunque curiosamente no tenía ningún edificio oficial ni religioso. La plaza está rodeada de un heterogéneo conjunto arquitectónico en el que se mezclan el barroco de las construcciones primitivas con el neoclásico y art nouveau aportado por los edificios reformados o construidos a finales del XIX y principios del
XX. Prácticamente ya restaurada en su totalidad, se ha colocado en la parte central una fuente de estilo neoclásico. Como dato anecdótico hay que decir que las terrazas de los bares y restaurantes se instalan fuera de los soportales, para que los paseantes no tengan que dejar en ningún momento su protección.
CASTILLO DE LA REAL FUERZA: Está considerada la fortaleza más antigua de La Habana y cuenta con todos sus elementos defensivos: cañones, foso y puente
levadizo. En realidad podría decirse que este fuerte fue construido dos veces, ya que el original, levantado en 1538 muy cerca del actual, fue destruido por un ataque pirata. Después, entre 1558 y 1577, se levantó la fortaleza actual, siguiendo las reglas de ingeniería militar de la época, que incluía un foso alrededor para dificultar el acceso al enemigo, y se protegía por baluartes desde donde apuntan los cañones. Dadas sus condiciones de invulnerabilidad fue elegida por los gobernadores militares españoles para fijar su res
idencia oficial. Destino que mantuvo hasta 1762, año en que la ciudad fue tomada por los ingleses. Luego se utilizó como cuartel militar y a partir de 1938 recibió los fondos de los archivos de la Biblioteca Nacional. La visita es tan interesante por las instalaciones del castillo como por las vistas que tienen desde la parte alta.
El campanario y la torre más alta del castillo sirve de pedestal al símbolo más representativo de la ciudad: La Giraldilla, una figura femenina que representa a doña Inés de Bobadilla, la primera y única mujer gobernadora de Cuba, quien asumió dichas funciones sus
tituyendo a su marido Hernando de Soto. La figura que hoy vemos no es la original, ya que ésta, fundida en bronce en 1631, fue derribada durante una tormenta. Actualmente se encuentra depositada en el Museo de la Ciudad. La figura de la Giraldilla aparece reproducida en la etiqueta (logotipo) de las botellas ron Havana Club.
CAPITOLIO: No se tendrá ninguna dificultad para reconocerle desde la Plaza de la Fraternidad por su llamativa silueta. Una de las construcciones (1929) más grandiosas y
espectaculares de la capital, por su gran parecido con el capitolio de Washington. Pero para verlo, lo mejor será bajar por el Paseo del Prado y situarse enfrente desde donde se aprecian en toda su magnitud los 94 metros de altura de cúpula y los 200 metros de extensión de este edificio de cuatro plantas. En la parte alta de la escalinata, a ambos lados del pórtico, hay dos estatuas de bronce, obra del italiano Zanelli, que representa "La Virtud tutelar del Pueblo" y "El Trabajo".
PLAZA DE LA REVOLUCIÓN: Uno de los símbolos de la revolución cu
Textos de Ángel Ingelmo.
He visitado más lugares pero éstos son unos de los más importantes. Decir que el pueblo habanero (diferente al resto del pueblo cubano) es una gente hospitalaria, muy amable y con una base cultural muy digna. Como en toda gran ciudad siempre hay el timador pero más o menos éstos se ven a distancia.
Los primeros días no me gustó La Habana, es una ciudad muy diferente a Barcelona, en la Habana las calles y avenidas son muy amplias y los edificios muy altos, sobretodo en Vedado (el barrio donde estaba mi hotel) que es un barrio muy americano. Da pena ver muchos edificios sin las fachadas restauradas y en cualquier momento parece que puede pasar una desgracia. Sin embargo, poco a poco y según iba conociendo a los cubanos y la ciudad me fui enamorando. La Habana Vieja me recordó al centro histórico de Barcelona, el Capitolio es impresionante de ver, los coches viejos están muy bien cuidados y la gente es alegre y sale a la calle o al Malecón a pasear.
Una noche fui al cabaret Tropicana a ver el espectáculo, nunca había ido a un cabaret y me gustó mucho. Costó unos setenta pesos convertibles (1 CUC es 1.26 euros) y estuve en la segunda zona con una copa de cava (Freixenet), un cuarto de botella de ron (Havana Club 3 años) y un habano (Monte Cristo). Las bailarinas al terminar el espectáculo salieron a bailar con el público y yo fui unos de los afortunados de bailar con una mulata.
Una cosa que me chocó fue la división de los blancos con los negros, los blancos no soportan a los negros, dicen que son ladrones, timadores y no sé qué más... que aunque Castro los defiende en televisión la realidad es que existe un racismo importante.
Tuve una plática interesante con un brujo que tenía la educación de la religión africana aunque es muy largo de exponer en el blog. También otro cubano habló con mucha pasión de la revolución y del Che y tantas otras interesantes pláticas fumando un habano y bebiendo ron de alta calidad.
No me enamoré de ninguna cubana como les ha pasado a tantos españoles pero sí que conocí a mujeres interesantes, eso sí, ellas se enamoraron de mí jaja.
Pues nada más, quizás otro día escriba un poco más del viaje cubano, depende de mi fuerza de voluntad, en un futuro cercano me gustaría visitar otras partes de Cuba como Cienfuegos, Santa Clara o Santiago de Cuba, dicen que los cubanos no habaneros son más hospitalarios que los de la capital. Dejo un artículo del país sobre el concierto de ayer de Juanes http://www.elpais.com/articulo/cultura/Primero/ritmo/luego/politica/elpepucul/20090920elpepucul_4/Te
domingo 30 de agosto de 2009
La Luz contra la Oscuridad.
Cuarto capítulo de la tercera parte y final del libro.
La Luz contra la Oscuridad.
Federico Verano Caliente y Juan Yerba Verde quedaron la semana siguiente con sus amigos en la Biblioteca para hablar, lo contaron absolutamente todo, Rocío y compañía vieron un intento de superar sus problemas y se alegraron.
- ¡Está muy bien! – Dijo Rocío riendo.
- Me alegra saber que ya no estáis ciegos – dijo Elyzabeth.
- Sentimos haberos estropeado muchas noches – habló Federico.
- Ahora que estáis un poco mejor, ha valido la pena – opinó Carlos.
- Hay una cuestión importante, Federico – Dijo Rocío.
- Dime.
- ¿Has pensado en hacerte las pruebas del sida?
- Sí, claro, una analítica, tengo que esperar tres meses.
- Exacto – dijo Rocío, se calló un segundo, mirando muy seriamente a su amigo y volvió hablar -. Espero que entiendes que no estés con ninguna mujer, no por ti, si no por ella, imagínate que se rompe el condón, podrías contagiarla.
- No llames a los malos tiempos – interrumpió Carlos.
- Tiene razón – habló Federico -. Es algo que me va a costar por una parte, me va a traer quizás hasta bajones morales, por otro lado, en cambio, es lo mejor, tengo que ser persona ante todo, aceptar las consecuencias.
- No te lo tomes tan a pecho – opinó Elyzabeth.
- Sólo quiero que pasen rápido estos tres meses.
Estuvo tres meses con el sexo a mano, tampoco bebía mucho a causa del miedo y no voló nada con la Paloma Blanca. No tuvo grandes problemas para dejar el alcohol y la Paloma Blanca aunque los primeros fines de semana notó cierto nerviosismo, no obstante, supo controlar las pequeñas angustias. El bureo de esos meses para Federico fue la literatura, leyó todas las novelas y cuentos de Charles Bukowski, sin embargo, los poemas del escritor maldito no le llegaron al corazón como la prosa. Después de Bukowski, leyó la obra de Henry Miller, ambos autores han sido siempre comparados, para Federico únicamente se debía a puro comercialización de las editoriales, mientras que Bukowski escribía su prosa desde una perspectiva lineal y estructurada, Miller era un escritor que hablaba, contaba historias sin respectar el sentido cronológico aunque conseguía cierto orden en ese caos, a parte que Miller era mucho más filosófico que Bukowski, y Henry tenía un optimismo que gustó a Verano Caliente y le faltaba a Charles, a Federico la obra que más le gustó de Miller fue “Trópico de Capricornio”, la segunda parte de “Trópico de Cáncer” , Henry, al igual que Charles, escribía sus obras basadas casi al cien por en cien en las vivencias de su vida (el protagonista principal de sus Trópicos se llama igual que el autor), con grandes cargas sexuales, por no decir pornográficas. Federico se sorprendió sobretodo al leer la obra “Opus Pistorum”, obra publicada después de la muerte del escritor, la cual sólo se encuentra pura pornografía, hasta a Federico le hartó tanta locura sexual, no había esa mezcla entre filosofía y sexo que también hacía Miller. No hay ningún cuento encontrado por esa época de Federico, seguramente por la presión de tener alguna enfermedad de contagio sexual. Verano Caliente con sus amigos más o menos estaba bien, otras estaba callado y los miraba como hablaban, entonces pensaba que “quizás esta sea de las últimas veces que este con ellos, hablando tan tranquilo, sin ninguna preocupación”. Federico no sentía lastima de sí mismo, sentía arrepentimiento por el dolor que podría provocar a su familia, era algo que le preocupaba mucho. En más de una ocasión, estuvo a punto de acabar mal de los nervios, prohibió a sus amigos que le preguntasen por el tema, tan sólo hablaba consigo mismo, a veces llegaba a la desesperación, veía su futuro infectado, tal vez no sería el sida, quizás era la sífilis o la hepatitis, para él todas eran enfermedades terribles, esa presión tuvo sus consecuencias, defecaba excrementos líquidos, él creía que era síntomas de la enfermedad, sin embargo, la psicología humana es muy poderosa y a veces nos puede hacer mucho daño. Todos estos sentimientos jamás fueron desvelados a nadie, no le apetecía hablar del tema, no tenía valor, quería olvidar pero no podía. Había días en que estaba optimista, estaba convencido de que no tenía nada, “sólo ha sido una vez”, pensaba, quizás tendría suerte, se sentía fuerte, podría superar cualquier contragolpe, así de loco estaba nuestro querido personaje. Pasaron los tres meses y fue hacerse la analítica, le atendió una médica, amiga de Javier García que estaba informado de todo, y le empezó a hacer una pequeña entrevista.
- ¿Cuántos años tienes?
- Veinte.
- ¿Cuándo perdiste la virginidad?
- A los dieciséis.
- ¿Has tomado hachís o algún producto relacionado este último año?
- Sí.
- ¿Has tomado Paloma Blanca?
- Sí.
- ¿Pastillas?
- No.
- ¿Has utilizado el servicio de la prostitución?
- Sí.
- ¿Has practicado sexo oral?
- Sí.
Terminó la entrevista, la mujer sentó al chico a una camilla, le subió la manga del brazo, “mira el cuadro que tienes enfrente, hay gente que se marea al ver la aguja”. Federico obedeció, el cuadro era una foto de un yate en el mar Mediterráneo. No se dio casi cuenta de nada, una pequeña presión, cuando miró el brazo ya había acabado todo. Le curaron de la herida, le dijeron que tardaría diez días en saber los resultados. Federico se fue más o menos tranquilo. Durante esos diez días no pensó mucho en el tema, no fue a pedir día, Javier García se encargaría de saber el resultado, así, Verano Caliente ganaría tiempo. Javier llamó a Federico cuando pasaron los diez días y supo el resultado, Verano Caliente estaba leyendo en su habitación cuando vio la llamada en su teléfono móvil, casi le saltó el corazón cuando vio la llamada, se puso muy nervioso, estaba convencido de que saldría positivo, estaba angustiado, muerto de miedo, no podría pensar en nada, el tiempo pasaba lento hasta que contestó la llamada.
- Javi… - dijo Federico, con una voz baja a causa del miedo.
- ¡Negativo! Has tenido suerte ¡negativo!
- Gracias… gracias.
No pudo contestar más, no podía. Es extraño pero no se puso contento al escuchar la noticia. Demasiada presión, tardó un día en alegrarse y darse cuenta de que su destino no estaba infectado por ningún virus. Fueron tres meses duros para Federico, no obstante, ya había pasado lo peor.
Algo que no podía decir Juan. En aquella época él tampoco salió mucho, quería arreglar su interior y los problemas de su familia. Pasadas unas tranquilas semanas, sin alcohol y sin Paloma Blanca (Yerba Verde también sintió en más de una ocasión tentación de volver a drogarse, aunque fue fuerte y no cayó de nuevo en los excesos), pudo tranquilizarse y controlar mejor sus sentimientos, si realmente se puede mandar en el corazón. La tristeza le fue desapareciendo poco a poco, no obstante, no olvidaba a Amador, celebraba su existencia, sentía pena por tal desgraciado destino, pero tuvo fuerzas para seguir delante con su vida y afrontar los problemas de sus padres. Entendió que tenía que ser un poco egoísta, seguir con su vida, era la mejor forma de ayudar en casa. Los padres se alegraron un poco al ver a su hijo pequeño más controlado respecto a su anterior etapa. Sin embargo, el padre seguía sin querer hablar de Amador, la madre, en cambio, se controlaba más pero seguía con sus comentarios sobre su hijo, aunque algo había cambiado, ya no hablaba sólo del destino final de Amador, le recordaba de niño o de joven, sentía dolor, un inmenso dolor, Juan lo sabía, por eso la escuchaba y le animaba, pero también le hacía ver sus errores, ella le hizo un poco de caso. Tanto el padre y la madre cedieron un poco, lo cual las peleas disminuyeron, aceptaron el tipo de sufrimiento de su pareja, empezaron a darse cariño, a darse fuerza entre ellos, aceptaron el sufrimiento y siguieron viviendo con él, habían superado más o menos el problema de la convivencia después de la muerte de Amador. Juan lo notó y se alegró, tal hecho no significaba que hubiese alegría en la casa de los Yerba Verde, pero sí un poco de calma que iba bien para los tres. Juan era consciente que habían elegido el mejor camino posible, quizás hubiese otro pero la familia no lo conocía. Quien no dio ni un síntoma de mejora era Ana, la viuda de Amador. De vez en cuando Ana iba a ver a sus suegros y cuñado. Seguía con la misma depresión, no tenía fuerzas, no quería vivir, sólo su fe en Dios hacía que no se quitase la vida, es decir, no tenía nada para vivir, estaba sola, sus padres hacían lo que podían, nada conseguían. Es una pena, ahora que quedan pocas páginas del libro, no poder decir que todos se recuperaron, sería una invención, y como este libro es una biografía, no podemos contar mentiras. Juan estuvo atento a los resultados de su amigo Federico, quedaron la misma tarde para celébralo en la Biblioteca.
- Me alegro mucho – dijo Juan.
- Y yo, siento haber estado un poco arisco, estaba preocupado.
- Es normal, Federico, no te excuses, supongo que habrás vivido una gran tensión. Se te veía apagado a veces, no queríamos decirte nada, para no preocuparte más ¡ahora ya podrás ligar!
- ¡Sí! – Río Federico – No entiendo por qué tú no has querido triunfar, Juan.
- He preferido arreglar un poco mi interior, quiero decir superar un poco la muerte de Amador, afrontar los problemas de casa.
- Ahora todo va un poco mejor ¿no?
- Sí, ahora puedo respirar un poco, aunque la situación en casa es delicada, supongo que es lógico…Te mentiría si dijese que estoy bien del todo, creo que no voy por mal camino, llevo tres meses sin Paloma Blanca, controlo la bebida, ahora sólo me falta lo que a ti.
- Entonces, para delante.
Federico Verano Caliente y Juan Yerba Verde salieron el sábado siguiente para resucitar completamente. La noche de la fiesta quedaron en la Biblioteca, ya no eran aquellos ufanos de los últimos tiempos, sino esa efigie loca y festiva de la juventud. No bebieron mucho y no volaron para nada con la Paloma Blanca, eso sí, Juan tenía un poco de hierba verde pero en cantidades pequeñas. En la Biblioteca, Federico y Juan tuvieron que luchar contra la voluntad de su cuerpo para embriagarse, volvieron a notar síntomas extraños, como nerviosismo al ver la gente bebiendo o tensión en los brazos, se les pasó cuando salieron del bar. Quien si acabó ebrio fue Carlos al salir del local, a todas las chicas que iban por la calle las habló, aunque no pasó nada importante. En la discoteca que ellos fueron esa noche, Carlos si consiguió unos besos lujuriosos de una doncella, sin embargo, la historia no llegó a la unión de sus cuerpos en cualquier alcoba de un hotel de mala muerte. Federico y Juan no consiguieron nada de nada ya que no fueron lo suficiente naturales, podría ser que ya habían superado un poco sus dramas, no obstante, les quedaba heridas por cerrar. Pensaron demasiado en qué decir y eso demostró algo de inseguridad, lógicamente las chicas se aburrieron un poco, lo cual no provocó nada de frutos. No obstante, ninguno de los dos no se preocuparon mucho, entendieron que no iba a solucionar todo en tres días, admitieron sus fallos e intentarían superarse el siguiente fin de semana, mientras tendrían que seguir dándole a la mano virgen y santa.
Pasaron los días, Verano Caliente volvió a ir al gimnasio, aunque sólo corrió, también aprovechó su tiempo libre en leer y tocar su guitarra. Yerba Verde se dedicó exclusivamente a tocar su guitarra. Quedaron el viernes ya que sus padres les habían dado bastante dinero para salir las dos noches del fin de semana tras ver su mejoría. Fueron el viernes a una discoteca Federico, Juan, Carlos y Rocío. Carlos fue tan extrovertido como siempre con las chicas, inventándose bromas, pero no consiguió nada esa noche. A Rocío le atacaron muchos hombres aunque a ella no le gustó ninguno, hasta que entró un chico de unos veinte y pocos años, bastante irónico en su forma de hablar y tratando a Rocío con un poco de indeferencia, lo cual puso muy animada a nuestra amiga que acabó con él en su coche.
Mientras Rocío se iba con su amigo, Carlos empezó otra sarcástica plática con un grupo de chicas, él las habló a todas, ninguna parecía hacerle mucho caso. Sin embargo, una rubia impresionante miró a Federico, ésta se puso hablar con él, explicándole la celebración del cumpleaños de su amiga ebria, que no paraba de molestar a Juan y Carlos, aunque éstos la ignoraron por su pesadez en doble sentido. Federico estuvo un poco tímido, aún no podría creer que aquella obra perfecta de la naturaleza le hablase.
Le costó mucho arrancar, minutos después consiguió ser un poco él. La amiga ebria vino a molestar a Federico, para que éste olvidase a la joya rubia, le dijo que tenía novio, no obstante, no hizo caso. Volvió a hablar con esa beldad, le preguntó si tenía novio, ella contestó que sí, tampoco importaba en aquellos momentos, ella se sentía muy cómoda con la compañía de él. Federico con recelo se puso a bailar con ella y le hizo bastante caso, aunque era la rubia quien mandaba en el ritmo, ella tuvo el poder poniendo su glúteo pétreo en el paquete de Verano Caliente. Hay mujeres que nacen con un carácter ganador y extrovertido, una personalidad fuerte, con una gran inteligencia, convencidas que son las reinas ya que gracias a su gran belleza, pueden hacer de los hombres sus súbditos, y no les falta razón. En ese momento intrínseco, él intentó llevarse sus labios, ella se negó, sería ella quien diría cuando habría algo más, a él no le importó, en absoluto, es más, disfrutó siendo el esclavo de una dama o musa tan elegante, no era amor, era puro vicio. Bailaron dos o tres canciones más, ella se giró para besarle lentamente, haciendo a Federico casi llegar al orgasmo con tan sólo ese beso, desde Dalia no había vuelto a besar, al menos en el mundo real, y Verano Caliente sintió realmente estar casi curado. Continuaron con su espectáculo un poco más, después ella le dijo que tenía que irse con sus amigas, él lo aceptó, se dieron los números de teléfono móvil. Se fue la dama rubia, Verano Caliente se dio cuenta de que Juan y Carlos estuvieron sorprendidos mirando a su amigo. Federico no lo podía creer, Dalia le había hecho creer que jamás volvería a ser el más grande, aunque si una diva se había fijado en él y en nadie más de la discoteca, era por algo, aquella chica podría haber estado con cualquiera, sin embargo, eligió a Federico, quizás únicamente para reírse pero eso no importaba, hasta para ser víctima de una mujer así habría que ser guapo, elegante, inteligente como Verano Caliente. Cerró la discoteca y los tres amigos se fueron elogiando a Federico por su gran triunfo. “Yo no he triunfado, la que ha triunfado a sido ella” dijo nuestro protagonista con su autoestima resucitada. Juan felicitó a su amigo por esa actitud y se fueron a almorzar a un bar de la Florida, casualidades de la vida ahí se encontraba el médico Javier García con un amigo suyo. Hablaron y se contaron todo lo ocurrido.
- ¡Muy buen chicos! – Dijo Javier – Ya veo que sois los de siempre, me alegro mucho.
- Nos falta un pequeño punto – dijo Federico.
- ¿Te refieres follarte a la rubia? – Preguntó Carlos.
- No, no la voy a llamar, quiero ligarme a otra – contestó Federico.
- Yo sé solucionar vuestras inquietudes – dijo Javier.
- Estoy temiendo lo que creo… - dijo Juan guiñando un ojo a Javier sarcásticamente.
- Este es un buen plan, a mí siempre me funciona – comenzó hablar Javier –. Podemos quedar mañana por la noche, yo no trabajo, antes de ir de fiesta irnos de putas, follar bien y luego cuando estás en la discoteca, estás más relajado y ligas mejor.
- Es una buena idea, pero no tenemos tanto dinero – dijo Federico.
- Estoy tan contento de veros bien que os la pago yo – dijo Javier.
- Es mucho dinero – dijo Juan.
- No importa, sé que nos lo vamos a pasar bien – contestó Javier.
- Es una gran idea, hay que hacerlo – dijo Federico.
- Está bien – habló Juan.
- Yo lo siento chicos pero no me siento cómodo haciendo eso – dijo Carlos.
- Está bien, es normal, quedaremos nosotros tres – habló Javier.
Quedaron antes para cenar en un restaurante italiano. El lambrusco, carajillo y la copa de pacharán alegraron un poco el ambiente. Sobre las doce de la noche entraron en un burdel y tomaron una copa, no era el local donde solía ir Javier, éste quería probar un sitio nuevo. Antes de entrar en la mancebía, Javier dio el dinero a sus amigos para evitar confusiones dentro, por si alguien se fijase en el médico en una víctima de hurto, cuando viese que tenía tanto dinero. En aquel local había unas quince chicas, las dos primeras que se acercaron a Federico y Juan no eran muy guapas, ellos intentaron deshacerse de ellas. Luego vinieron dos sudamericanas, una cubana y una dominicana a hablar con nuestros chicos, eran dos morenas realmente muy bellas. Tuvieron la típica charla superficial, mientras Javier subía ya con una rubia rusa muy guapa, por fin hablaron de los precios: sesenta euros media hora cada uno, pero si pagaban cien podrían subir los cuatro al mismo cuarto para hacer un cuarteto. Ambos se miraron con gran sorpresa, no se lo pensaron, aceptaron esa oferta que nunca habían hecho en su vida. Podrían haber regateado un poco, aún no habían aprendido esa técnica picaresca tan importante. Entraron los cuarto en el cuarto, se quitaron la ropa con mucho cariño entre todos, fueron a una bañera bastante grande y ahí se limpiaron, luego ellas se abrazaron y se besaron, cada uno de ellos se pusieron detrás de ellas para tocarles todo el cuerpo y besar la piel. Ellas pararon de besarse para morrear a sus clientes, la cubana con Federico y la dominicana con Juan, tocándoles ese gran falo de la naturaleza. Bajaron para hacer una felación sin goma con buen arte, luego, la cubana fue con Juan y la dominicana con Federico para seguir con la absorción. Terminó el juego, fueron a la cama, volvieron las parejas iniciales, les pusieron el condón para ejercer el negocio. Primero ellas se pusieron arriba e hicieron un baile exótico llamado el “rompe cinturas”, que hizo volar a nuestros protagonistas hacia el lugar más indemne que jamás haya existido en todo el planeta. Cambiaron de postura, para penetrar de lado, un rato después ellas cambiaron de amante con la misma postura. A continuación, la cubana se puso de pie, justo en frente de su amiga, compañera y socia, Juan le lanzó su pértiga desde detrás, la dominicana se situó a cuatro patas besando a su amiga, Federico detrás de ésta dando con su mamporro y azotándola simpáticamente en las nalgas, que excitaba mucho a la chica. Los dos más grandes para celebrar tal acontecimiento, se chocaron ambos las manos, ya que no se creían lo que estaban viviendo. Se cambió de postura otra vez, Federico se puso debajo de la dominicana y Juan detrás de ésta, la cubana aprovechó para comer los testículos de Juan y su glúteo limpio ya de paso. Luego Federico y Juan cambiaron de posición para repetir la misma postura. Para terminar con este increíble acto de paz, la cubana cogió a Federico, le quitó el preservativo para que éste eyaculase en la cara y boca de la chica, ella luego continuó limpiando todo el pené de Verano Caliente sin dejar rastro de semen. La dominicana actuó de la misma manera con Yerba Verde. Ambas quedaron muy almibaradas pero los chicos iban tan excitados que no fue motivo para no besarlas más, hasta que se acabó el tiempo. Abajo estaba Javier esperando con una gran sonrisa, se despidieron de sus respectivas chicas, riendo, exagerando sus actos sexual y con ganas de seguir de fiesta en cualquier discoteca. Ahora bien, Javier tuvo que dejarles dinero porque sus amigos se los gastaron todo en la mancebía.
Y en la discoteca no fue menos la chanza y las risas mezcladas con alcohol. Fueron a la discoteca Razzmatazz. Los tres bailaron animados, riéndose sin parar, ignorando a todo el mundo, cuando se dieron cuenta, unos cuantos grupos de chicas los rodearon ya que les gustó ese carácter superior. Ellos se dieron cuenta, sin embargo, siguieron un poco con sus historias, algunas jóvenes se fueron al ver que eran inaccesibles, aunque otras insistieron y por fin atacaron ellos. Sonó la canción “I Dont Feel Like Dancing” de los Scissor Sisters, Federico se puso a bailar alocadamente hasta que vio una chica atractiva, se acercó bailando con ella, ésta le gustó el chico y se puso a su lado zapateando, estuvieron dos minutos sin decirse nada hasta que él piropeó a ella por su danza, hablaron un poco de la noche, se presentaron y continuaron celebrando la noche. Mientras Juan y Javier vieron a dos hermanas. Lo irónico fue que la mayor le gustó al benjamín de los chicos y Javier fue por la hermana pequeña, dos chicas muy liberales que no duraron en dar su lengua a esos dos caballeros, no hablaron mucho, lo suficiente para decir que estaban solas en su piso, ellas no querían perder el tiempo. Yerba Verde y el médico fueron a hablar con su amigo, le explicaron la historia, Federico les dijo que se fuesen tranquilos y disfrutasen, ellos lo agradecieron y se fueron con la conciencia limpia. Verano Caliente se quedó a solas con su compañera, pero aprovechó lo ocurrido para bromear con ella sobre sus amigos y sus ligues, “ahora estoy solo, qué voy hacer” dijo él, la chica contestó un “no sé” muy picaron y Verano Caliente con su luz recuperada, introdujo su hálito a la boca de ella. Siguió la noche y la pareja estaba muy animada, aunque no tenían sitio para hacer actos poco virginales, Federico no dijo nada y pensó en un plan.
Yerba Verde y Javier habían echó cantar a las chicas y a sus respectivas águilas dos veces, pero Juan se quedó sorprendido cuando su amigo Federico le llamó, para que le dejasen ir a ese piso con su posible compañera de alcoba, él a principio se negó, aunque después habló con la hermana mayor que gracias al dios Baco se rió, aceptó invitar a Federico y su amiga. A ésta su chico le hizo creer que iban a su casa, tuvo suerte de encontrar bien la dirección y llegar la mentira hasta el final, estaba todo ya previsto. Juan, Javier y las hermanas estaban en sus respectivas habitaciones ya durmiendo, quedaba la habitación de los padres con la puerta abierta, así habían quedado con Federico para que no hubiese confusiones. Verano Caliente entró con la chica para darse placer mutuamente, fue un buen acto sexual aunque no llegó al nivel lujurioso del burdel. Dos horas después, Federico dijo a la chica que estaban a punto de llegar sus padres, no obstante, él le acompañaría hasta su casa, ella dijo que no hacia falta, él era tan caballeroso e insistió tanto que la niña no pudo decir nada, era tan bueno ese joven. Se fueron los dos, era de día y la luz iluminó a Federico, aunque le dejo ver el camino.
Querido lector o lectora, en la primera parte prometí contar la vida de Federico Verano Caliente hasta los veinte o veintiuno años, he hecho la promesa a medias, no pasa nada, con un poco de suerte habrá otro volumen del más grande. Tampoco quiero abusar de tu paciencia, al menos así el libro es más barato, lo cual siempre se agradece, sea cual sea nuestra situación económica. Para ti joven, también irá bien, si acabas el libro en un sábado por la tarde, recuerda que ahora te espera la noche, pero con inteligencia, no sufras como nuestros personajes. A punto está de terminar la segunda parte, gracias a ti, por tu lectura inteligente (lo cual no es bueno para mí). En este segunda parte ha habido mucha tristeza, sin embargo, que nunca falte el arte viviendo algo tan cruel como la vida, aprended de ellos, volvieron a ser los más grandes, Juan Yerba Verde y Federico Verano Caliente.
FIN.
La Luz contra la Oscuridad.
Federico Verano Caliente y Juan Yerba Verde quedaron la semana siguiente con sus amigos en la Biblioteca para hablar, lo contaron absolutamente todo, Rocío y compañía vieron un intento de superar sus problemas y se alegraron.
- ¡Está muy bien! – Dijo Rocío riendo.
- Me alegra saber que ya no estáis ciegos – dijo Elyzabeth.
- Sentimos haberos estropeado muchas noches – habló Federico.
- Ahora que estáis un poco mejor, ha valido la pena – opinó Carlos.
- Hay una cuestión importante, Federico – Dijo Rocío.
- Dime.
- ¿Has pensado en hacerte las pruebas del sida?
- Sí, claro, una analítica, tengo que esperar tres meses.
- Exacto – dijo Rocío, se calló un segundo, mirando muy seriamente a su amigo y volvió hablar -. Espero que entiendes que no estés con ninguna mujer, no por ti, si no por ella, imagínate que se rompe el condón, podrías contagiarla.
- No llames a los malos tiempos – interrumpió Carlos.
- Tiene razón – habló Federico -. Es algo que me va a costar por una parte, me va a traer quizás hasta bajones morales, por otro lado, en cambio, es lo mejor, tengo que ser persona ante todo, aceptar las consecuencias.
- No te lo tomes tan a pecho – opinó Elyzabeth.
- Sólo quiero que pasen rápido estos tres meses.
Estuvo tres meses con el sexo a mano, tampoco bebía mucho a causa del miedo y no voló nada con la Paloma Blanca. No tuvo grandes problemas para dejar el alcohol y la Paloma Blanca aunque los primeros fines de semana notó cierto nerviosismo, no obstante, supo controlar las pequeñas angustias. El bureo de esos meses para Federico fue la literatura, leyó todas las novelas y cuentos de Charles Bukowski, sin embargo, los poemas del escritor maldito no le llegaron al corazón como la prosa. Después de Bukowski, leyó la obra de Henry Miller, ambos autores han sido siempre comparados, para Federico únicamente se debía a puro comercialización de las editoriales, mientras que Bukowski escribía su prosa desde una perspectiva lineal y estructurada, Miller era un escritor que hablaba, contaba historias sin respectar el sentido cronológico aunque conseguía cierto orden en ese caos, a parte que Miller era mucho más filosófico que Bukowski, y Henry tenía un optimismo que gustó a Verano Caliente y le faltaba a Charles, a Federico la obra que más le gustó de Miller fue “Trópico de Capricornio”, la segunda parte de “Trópico de Cáncer” , Henry, al igual que Charles, escribía sus obras basadas casi al cien por en cien en las vivencias de su vida (el protagonista principal de sus Trópicos se llama igual que el autor), con grandes cargas sexuales, por no decir pornográficas. Federico se sorprendió sobretodo al leer la obra “Opus Pistorum”, obra publicada después de la muerte del escritor, la cual sólo se encuentra pura pornografía, hasta a Federico le hartó tanta locura sexual, no había esa mezcla entre filosofía y sexo que también hacía Miller. No hay ningún cuento encontrado por esa época de Federico, seguramente por la presión de tener alguna enfermedad de contagio sexual. Verano Caliente con sus amigos más o menos estaba bien, otras estaba callado y los miraba como hablaban, entonces pensaba que “quizás esta sea de las últimas veces que este con ellos, hablando tan tranquilo, sin ninguna preocupación”. Federico no sentía lastima de sí mismo, sentía arrepentimiento por el dolor que podría provocar a su familia, era algo que le preocupaba mucho. En más de una ocasión, estuvo a punto de acabar mal de los nervios, prohibió a sus amigos que le preguntasen por el tema, tan sólo hablaba consigo mismo, a veces llegaba a la desesperación, veía su futuro infectado, tal vez no sería el sida, quizás era la sífilis o la hepatitis, para él todas eran enfermedades terribles, esa presión tuvo sus consecuencias, defecaba excrementos líquidos, él creía que era síntomas de la enfermedad, sin embargo, la psicología humana es muy poderosa y a veces nos puede hacer mucho daño. Todos estos sentimientos jamás fueron desvelados a nadie, no le apetecía hablar del tema, no tenía valor, quería olvidar pero no podía. Había días en que estaba optimista, estaba convencido de que no tenía nada, “sólo ha sido una vez”, pensaba, quizás tendría suerte, se sentía fuerte, podría superar cualquier contragolpe, así de loco estaba nuestro querido personaje. Pasaron los tres meses y fue hacerse la analítica, le atendió una médica, amiga de Javier García que estaba informado de todo, y le empezó a hacer una pequeña entrevista.
- ¿Cuántos años tienes?
- Veinte.
- ¿Cuándo perdiste la virginidad?
- A los dieciséis.
- ¿Has tomado hachís o algún producto relacionado este último año?
- Sí.
- ¿Has tomado Paloma Blanca?
- Sí.
- ¿Pastillas?
- No.
- ¿Has utilizado el servicio de la prostitución?
- Sí.
- ¿Has practicado sexo oral?
- Sí.
Terminó la entrevista, la mujer sentó al chico a una camilla, le subió la manga del brazo, “mira el cuadro que tienes enfrente, hay gente que se marea al ver la aguja”. Federico obedeció, el cuadro era una foto de un yate en el mar Mediterráneo. No se dio casi cuenta de nada, una pequeña presión, cuando miró el brazo ya había acabado todo. Le curaron de la herida, le dijeron que tardaría diez días en saber los resultados. Federico se fue más o menos tranquilo. Durante esos diez días no pensó mucho en el tema, no fue a pedir día, Javier García se encargaría de saber el resultado, así, Verano Caliente ganaría tiempo. Javier llamó a Federico cuando pasaron los diez días y supo el resultado, Verano Caliente estaba leyendo en su habitación cuando vio la llamada en su teléfono móvil, casi le saltó el corazón cuando vio la llamada, se puso muy nervioso, estaba convencido de que saldría positivo, estaba angustiado, muerto de miedo, no podría pensar en nada, el tiempo pasaba lento hasta que contestó la llamada.
- Javi… - dijo Federico, con una voz baja a causa del miedo.
- ¡Negativo! Has tenido suerte ¡negativo!
- Gracias… gracias.
No pudo contestar más, no podía. Es extraño pero no se puso contento al escuchar la noticia. Demasiada presión, tardó un día en alegrarse y darse cuenta de que su destino no estaba infectado por ningún virus. Fueron tres meses duros para Federico, no obstante, ya había pasado lo peor.
Algo que no podía decir Juan. En aquella época él tampoco salió mucho, quería arreglar su interior y los problemas de su familia. Pasadas unas tranquilas semanas, sin alcohol y sin Paloma Blanca (Yerba Verde también sintió en más de una ocasión tentación de volver a drogarse, aunque fue fuerte y no cayó de nuevo en los excesos), pudo tranquilizarse y controlar mejor sus sentimientos, si realmente se puede mandar en el corazón. La tristeza le fue desapareciendo poco a poco, no obstante, no olvidaba a Amador, celebraba su existencia, sentía pena por tal desgraciado destino, pero tuvo fuerzas para seguir delante con su vida y afrontar los problemas de sus padres. Entendió que tenía que ser un poco egoísta, seguir con su vida, era la mejor forma de ayudar en casa. Los padres se alegraron un poco al ver a su hijo pequeño más controlado respecto a su anterior etapa. Sin embargo, el padre seguía sin querer hablar de Amador, la madre, en cambio, se controlaba más pero seguía con sus comentarios sobre su hijo, aunque algo había cambiado, ya no hablaba sólo del destino final de Amador, le recordaba de niño o de joven, sentía dolor, un inmenso dolor, Juan lo sabía, por eso la escuchaba y le animaba, pero también le hacía ver sus errores, ella le hizo un poco de caso. Tanto el padre y la madre cedieron un poco, lo cual las peleas disminuyeron, aceptaron el tipo de sufrimiento de su pareja, empezaron a darse cariño, a darse fuerza entre ellos, aceptaron el sufrimiento y siguieron viviendo con él, habían superado más o menos el problema de la convivencia después de la muerte de Amador. Juan lo notó y se alegró, tal hecho no significaba que hubiese alegría en la casa de los Yerba Verde, pero sí un poco de calma que iba bien para los tres. Juan era consciente que habían elegido el mejor camino posible, quizás hubiese otro pero la familia no lo conocía. Quien no dio ni un síntoma de mejora era Ana, la viuda de Amador. De vez en cuando Ana iba a ver a sus suegros y cuñado. Seguía con la misma depresión, no tenía fuerzas, no quería vivir, sólo su fe en Dios hacía que no se quitase la vida, es decir, no tenía nada para vivir, estaba sola, sus padres hacían lo que podían, nada conseguían. Es una pena, ahora que quedan pocas páginas del libro, no poder decir que todos se recuperaron, sería una invención, y como este libro es una biografía, no podemos contar mentiras. Juan estuvo atento a los resultados de su amigo Federico, quedaron la misma tarde para celébralo en la Biblioteca.
- Me alegro mucho – dijo Juan.
- Y yo, siento haber estado un poco arisco, estaba preocupado.
- Es normal, Federico, no te excuses, supongo que habrás vivido una gran tensión. Se te veía apagado a veces, no queríamos decirte nada, para no preocuparte más ¡ahora ya podrás ligar!
- ¡Sí! – Río Federico – No entiendo por qué tú no has querido triunfar, Juan.
- He preferido arreglar un poco mi interior, quiero decir superar un poco la muerte de Amador, afrontar los problemas de casa.
- Ahora todo va un poco mejor ¿no?
- Sí, ahora puedo respirar un poco, aunque la situación en casa es delicada, supongo que es lógico…Te mentiría si dijese que estoy bien del todo, creo que no voy por mal camino, llevo tres meses sin Paloma Blanca, controlo la bebida, ahora sólo me falta lo que a ti.
- Entonces, para delante.
Federico Verano Caliente y Juan Yerba Verde salieron el sábado siguiente para resucitar completamente. La noche de la fiesta quedaron en la Biblioteca, ya no eran aquellos ufanos de los últimos tiempos, sino esa efigie loca y festiva de la juventud. No bebieron mucho y no volaron para nada con la Paloma Blanca, eso sí, Juan tenía un poco de hierba verde pero en cantidades pequeñas. En la Biblioteca, Federico y Juan tuvieron que luchar contra la voluntad de su cuerpo para embriagarse, volvieron a notar síntomas extraños, como nerviosismo al ver la gente bebiendo o tensión en los brazos, se les pasó cuando salieron del bar. Quien si acabó ebrio fue Carlos al salir del local, a todas las chicas que iban por la calle las habló, aunque no pasó nada importante. En la discoteca que ellos fueron esa noche, Carlos si consiguió unos besos lujuriosos de una doncella, sin embargo, la historia no llegó a la unión de sus cuerpos en cualquier alcoba de un hotel de mala muerte. Federico y Juan no consiguieron nada de nada ya que no fueron lo suficiente naturales, podría ser que ya habían superado un poco sus dramas, no obstante, les quedaba heridas por cerrar. Pensaron demasiado en qué decir y eso demostró algo de inseguridad, lógicamente las chicas se aburrieron un poco, lo cual no provocó nada de frutos. No obstante, ninguno de los dos no se preocuparon mucho, entendieron que no iba a solucionar todo en tres días, admitieron sus fallos e intentarían superarse el siguiente fin de semana, mientras tendrían que seguir dándole a la mano virgen y santa.
Pasaron los días, Verano Caliente volvió a ir al gimnasio, aunque sólo corrió, también aprovechó su tiempo libre en leer y tocar su guitarra. Yerba Verde se dedicó exclusivamente a tocar su guitarra. Quedaron el viernes ya que sus padres les habían dado bastante dinero para salir las dos noches del fin de semana tras ver su mejoría. Fueron el viernes a una discoteca Federico, Juan, Carlos y Rocío. Carlos fue tan extrovertido como siempre con las chicas, inventándose bromas, pero no consiguió nada esa noche. A Rocío le atacaron muchos hombres aunque a ella no le gustó ninguno, hasta que entró un chico de unos veinte y pocos años, bastante irónico en su forma de hablar y tratando a Rocío con un poco de indeferencia, lo cual puso muy animada a nuestra amiga que acabó con él en su coche.
Mientras Rocío se iba con su amigo, Carlos empezó otra sarcástica plática con un grupo de chicas, él las habló a todas, ninguna parecía hacerle mucho caso. Sin embargo, una rubia impresionante miró a Federico, ésta se puso hablar con él, explicándole la celebración del cumpleaños de su amiga ebria, que no paraba de molestar a Juan y Carlos, aunque éstos la ignoraron por su pesadez en doble sentido. Federico estuvo un poco tímido, aún no podría creer que aquella obra perfecta de la naturaleza le hablase.
Le costó mucho arrancar, minutos después consiguió ser un poco él. La amiga ebria vino a molestar a Federico, para que éste olvidase a la joya rubia, le dijo que tenía novio, no obstante, no hizo caso. Volvió a hablar con esa beldad, le preguntó si tenía novio, ella contestó que sí, tampoco importaba en aquellos momentos, ella se sentía muy cómoda con la compañía de él. Federico con recelo se puso a bailar con ella y le hizo bastante caso, aunque era la rubia quien mandaba en el ritmo, ella tuvo el poder poniendo su glúteo pétreo en el paquete de Verano Caliente. Hay mujeres que nacen con un carácter ganador y extrovertido, una personalidad fuerte, con una gran inteligencia, convencidas que son las reinas ya que gracias a su gran belleza, pueden hacer de los hombres sus súbditos, y no les falta razón. En ese momento intrínseco, él intentó llevarse sus labios, ella se negó, sería ella quien diría cuando habría algo más, a él no le importó, en absoluto, es más, disfrutó siendo el esclavo de una dama o musa tan elegante, no era amor, era puro vicio. Bailaron dos o tres canciones más, ella se giró para besarle lentamente, haciendo a Federico casi llegar al orgasmo con tan sólo ese beso, desde Dalia no había vuelto a besar, al menos en el mundo real, y Verano Caliente sintió realmente estar casi curado. Continuaron con su espectáculo un poco más, después ella le dijo que tenía que irse con sus amigas, él lo aceptó, se dieron los números de teléfono móvil. Se fue la dama rubia, Verano Caliente se dio cuenta de que Juan y Carlos estuvieron sorprendidos mirando a su amigo. Federico no lo podía creer, Dalia le había hecho creer que jamás volvería a ser el más grande, aunque si una diva se había fijado en él y en nadie más de la discoteca, era por algo, aquella chica podría haber estado con cualquiera, sin embargo, eligió a Federico, quizás únicamente para reírse pero eso no importaba, hasta para ser víctima de una mujer así habría que ser guapo, elegante, inteligente como Verano Caliente. Cerró la discoteca y los tres amigos se fueron elogiando a Federico por su gran triunfo. “Yo no he triunfado, la que ha triunfado a sido ella” dijo nuestro protagonista con su autoestima resucitada. Juan felicitó a su amigo por esa actitud y se fueron a almorzar a un bar de la Florida, casualidades de la vida ahí se encontraba el médico Javier García con un amigo suyo. Hablaron y se contaron todo lo ocurrido.
- ¡Muy buen chicos! – Dijo Javier – Ya veo que sois los de siempre, me alegro mucho.
- Nos falta un pequeño punto – dijo Federico.
- ¿Te refieres follarte a la rubia? – Preguntó Carlos.
- No, no la voy a llamar, quiero ligarme a otra – contestó Federico.
- Yo sé solucionar vuestras inquietudes – dijo Javier.
- Estoy temiendo lo que creo… - dijo Juan guiñando un ojo a Javier sarcásticamente.
- Este es un buen plan, a mí siempre me funciona – comenzó hablar Javier –. Podemos quedar mañana por la noche, yo no trabajo, antes de ir de fiesta irnos de putas, follar bien y luego cuando estás en la discoteca, estás más relajado y ligas mejor.
- Es una buena idea, pero no tenemos tanto dinero – dijo Federico.
- Estoy tan contento de veros bien que os la pago yo – dijo Javier.
- Es mucho dinero – dijo Juan.
- No importa, sé que nos lo vamos a pasar bien – contestó Javier.
- Es una gran idea, hay que hacerlo – dijo Federico.
- Está bien – habló Juan.
- Yo lo siento chicos pero no me siento cómodo haciendo eso – dijo Carlos.
- Está bien, es normal, quedaremos nosotros tres – habló Javier.
Quedaron antes para cenar en un restaurante italiano. El lambrusco, carajillo y la copa de pacharán alegraron un poco el ambiente. Sobre las doce de la noche entraron en un burdel y tomaron una copa, no era el local donde solía ir Javier, éste quería probar un sitio nuevo. Antes de entrar en la mancebía, Javier dio el dinero a sus amigos para evitar confusiones dentro, por si alguien se fijase en el médico en una víctima de hurto, cuando viese que tenía tanto dinero. En aquel local había unas quince chicas, las dos primeras que se acercaron a Federico y Juan no eran muy guapas, ellos intentaron deshacerse de ellas. Luego vinieron dos sudamericanas, una cubana y una dominicana a hablar con nuestros chicos, eran dos morenas realmente muy bellas. Tuvieron la típica charla superficial, mientras Javier subía ya con una rubia rusa muy guapa, por fin hablaron de los precios: sesenta euros media hora cada uno, pero si pagaban cien podrían subir los cuatro al mismo cuarto para hacer un cuarteto. Ambos se miraron con gran sorpresa, no se lo pensaron, aceptaron esa oferta que nunca habían hecho en su vida. Podrían haber regateado un poco, aún no habían aprendido esa técnica picaresca tan importante. Entraron los cuarto en el cuarto, se quitaron la ropa con mucho cariño entre todos, fueron a una bañera bastante grande y ahí se limpiaron, luego ellas se abrazaron y se besaron, cada uno de ellos se pusieron detrás de ellas para tocarles todo el cuerpo y besar la piel. Ellas pararon de besarse para morrear a sus clientes, la cubana con Federico y la dominicana con Juan, tocándoles ese gran falo de la naturaleza. Bajaron para hacer una felación sin goma con buen arte, luego, la cubana fue con Juan y la dominicana con Federico para seguir con la absorción. Terminó el juego, fueron a la cama, volvieron las parejas iniciales, les pusieron el condón para ejercer el negocio. Primero ellas se pusieron arriba e hicieron un baile exótico llamado el “rompe cinturas”, que hizo volar a nuestros protagonistas hacia el lugar más indemne que jamás haya existido en todo el planeta. Cambiaron de postura, para penetrar de lado, un rato después ellas cambiaron de amante con la misma postura. A continuación, la cubana se puso de pie, justo en frente de su amiga, compañera y socia, Juan le lanzó su pértiga desde detrás, la dominicana se situó a cuatro patas besando a su amiga, Federico detrás de ésta dando con su mamporro y azotándola simpáticamente en las nalgas, que excitaba mucho a la chica. Los dos más grandes para celebrar tal acontecimiento, se chocaron ambos las manos, ya que no se creían lo que estaban viviendo. Se cambió de postura otra vez, Federico se puso debajo de la dominicana y Juan detrás de ésta, la cubana aprovechó para comer los testículos de Juan y su glúteo limpio ya de paso. Luego Federico y Juan cambiaron de posición para repetir la misma postura. Para terminar con este increíble acto de paz, la cubana cogió a Federico, le quitó el preservativo para que éste eyaculase en la cara y boca de la chica, ella luego continuó limpiando todo el pené de Verano Caliente sin dejar rastro de semen. La dominicana actuó de la misma manera con Yerba Verde. Ambas quedaron muy almibaradas pero los chicos iban tan excitados que no fue motivo para no besarlas más, hasta que se acabó el tiempo. Abajo estaba Javier esperando con una gran sonrisa, se despidieron de sus respectivas chicas, riendo, exagerando sus actos sexual y con ganas de seguir de fiesta en cualquier discoteca. Ahora bien, Javier tuvo que dejarles dinero porque sus amigos se los gastaron todo en la mancebía.
Y en la discoteca no fue menos la chanza y las risas mezcladas con alcohol. Fueron a la discoteca Razzmatazz. Los tres bailaron animados, riéndose sin parar, ignorando a todo el mundo, cuando se dieron cuenta, unos cuantos grupos de chicas los rodearon ya que les gustó ese carácter superior. Ellos se dieron cuenta, sin embargo, siguieron un poco con sus historias, algunas jóvenes se fueron al ver que eran inaccesibles, aunque otras insistieron y por fin atacaron ellos. Sonó la canción “I Dont Feel Like Dancing” de los Scissor Sisters, Federico se puso a bailar alocadamente hasta que vio una chica atractiva, se acercó bailando con ella, ésta le gustó el chico y se puso a su lado zapateando, estuvieron dos minutos sin decirse nada hasta que él piropeó a ella por su danza, hablaron un poco de la noche, se presentaron y continuaron celebrando la noche. Mientras Juan y Javier vieron a dos hermanas. Lo irónico fue que la mayor le gustó al benjamín de los chicos y Javier fue por la hermana pequeña, dos chicas muy liberales que no duraron en dar su lengua a esos dos caballeros, no hablaron mucho, lo suficiente para decir que estaban solas en su piso, ellas no querían perder el tiempo. Yerba Verde y el médico fueron a hablar con su amigo, le explicaron la historia, Federico les dijo que se fuesen tranquilos y disfrutasen, ellos lo agradecieron y se fueron con la conciencia limpia. Verano Caliente se quedó a solas con su compañera, pero aprovechó lo ocurrido para bromear con ella sobre sus amigos y sus ligues, “ahora estoy solo, qué voy hacer” dijo él, la chica contestó un “no sé” muy picaron y Verano Caliente con su luz recuperada, introdujo su hálito a la boca de ella. Siguió la noche y la pareja estaba muy animada, aunque no tenían sitio para hacer actos poco virginales, Federico no dijo nada y pensó en un plan.
Yerba Verde y Javier habían echó cantar a las chicas y a sus respectivas águilas dos veces, pero Juan se quedó sorprendido cuando su amigo Federico le llamó, para que le dejasen ir a ese piso con su posible compañera de alcoba, él a principio se negó, aunque después habló con la hermana mayor que gracias al dios Baco se rió, aceptó invitar a Federico y su amiga. A ésta su chico le hizo creer que iban a su casa, tuvo suerte de encontrar bien la dirección y llegar la mentira hasta el final, estaba todo ya previsto. Juan, Javier y las hermanas estaban en sus respectivas habitaciones ya durmiendo, quedaba la habitación de los padres con la puerta abierta, así habían quedado con Federico para que no hubiese confusiones. Verano Caliente entró con la chica para darse placer mutuamente, fue un buen acto sexual aunque no llegó al nivel lujurioso del burdel. Dos horas después, Federico dijo a la chica que estaban a punto de llegar sus padres, no obstante, él le acompañaría hasta su casa, ella dijo que no hacia falta, él era tan caballeroso e insistió tanto que la niña no pudo decir nada, era tan bueno ese joven. Se fueron los dos, era de día y la luz iluminó a Federico, aunque le dejo ver el camino.
Querido lector o lectora, en la primera parte prometí contar la vida de Federico Verano Caliente hasta los veinte o veintiuno años, he hecho la promesa a medias, no pasa nada, con un poco de suerte habrá otro volumen del más grande. Tampoco quiero abusar de tu paciencia, al menos así el libro es más barato, lo cual siempre se agradece, sea cual sea nuestra situación económica. Para ti joven, también irá bien, si acabas el libro en un sábado por la tarde, recuerda que ahora te espera la noche, pero con inteligencia, no sufras como nuestros personajes. A punto está de terminar la segunda parte, gracias a ti, por tu lectura inteligente (lo cual no es bueno para mí). En este segunda parte ha habido mucha tristeza, sin embargo, que nunca falte el arte viviendo algo tan cruel como la vida, aprended de ellos, volvieron a ser los más grandes, Juan Yerba Verde y Federico Verano Caliente.
FIN.
domingo 9 de agosto de 2009
Juan Yerba Verde y la Luz de la Oscuridad.
"Juan Yerba Verde y la Luz de la Oscuridad" es el tercer capítulo de la tercera parte del libro. Aquí Juan lucha contra sus demonios, sus temores, sus infiernos...
Juan Yerba Verde y la Luz de la Oscuridad.
Juan Yerba Verde se arrepintió de su discusión con Federico nada más salir del after hour pero el orgullo no le dejo volver para sacar a su amigo de toda esa oscuridad. Su dolor aumentaría en cuando llegó al barrio Houllecbecq del mismo modo que Federico. La diferencia era que Juan residía en la parte alta de ese barrio lúgubre, en la calle Donald Cobain. Aquella zona eran vías muy inclinadas, cuando llegó se asustó mucho al ver gente que se caía por la cuesta para bajo dándose golpes en las paredes, las calles eran tan estrechas que se daban con gran facilidad de pared a la pared de enfrente, para así poder evitar su dolor psíquico o moral y únicamente padecer mal estar físico aunque poco lograban ya que la Tristeza era demasiada poderosa para ellos. Juan se mudó con su nuevo traje y era totalmente oscuro, el chico en un principio no le preocupó, poco tardó en cambiar de opinión gracias a sus conversaciones con la Tristeza. Ésta le advirtió de su gran depresión y su proximidad a la locura de seguir a este paso, Juan se hizo el indiferente, sin embargo, llegó un momento en que no pudo ocultar más su ansiedad y hasta llegó a llorar delante de la Tristeza pidiendo la muerte. Mientras que la muerte sólo es el fin, la Tristeza es un sentimiento vivo que late en cada segundo de una persona depresiva. Hubo algo que alegró un poco al pobre muchacho, fue la guitarra provecta que la Tristeza le obsequió tras aprobar el pedido de Juan. Fue en ese lugar, en esa época sin tiempo cuando empezó a desarrollar una gran técnica digna de un profesional. Sus notas marcarían a partir de aquel momento una personalidad única, al igual que sus sentimientos. Y es que Juan se atrevía a hacer solos rápidos, lentos y compuso grandes canciones instrumentales o vacías de letra. Las letras no eran suyas, eran poemas que conocía gracias a Federico, uno de éstos era “A mis obligaciones” de Pablo Neruda.
Cumpliendo con mi oficio
piedra con piedra, pluma a pluma,
pasa el invierno y deja
sitios abandonados,
habitaciones muertas:
yo trabajo y trabajo,
debo substituir tantos olvidos,
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.
No es para mí sino el polvo,
la lluvia cruel de la estación,
no me reservo nada
sino todo el espacio
y allí trabajar, trabajar,
manifestar la primavera.
A todos tengo que dar algo
cada semana y cada día,
un regalo de color azul,
un pétalo frío del bosque,
y ya de mañana estoy vivo
mientras los otros se sumergen
en la pereza, en el amor,
yo estoy limpiando mi campana,
mi corazón, mis herramientas.
Tengo rocío para todos.
Concretamente con este poema se sentía muy identificado. Había otro poema que le gustaba mucho, era de temática social, sin embargo, para Juan representaba la desgracia de Amador. El poema se llama “El paraíso” de Mario Benedetti.
Los verdugos suelen ser católicos
creen en la santísima trinidad
y martirizan al prójimo como un medio
de combatir al anticristo
pero cuando mueren no van al cielo
Porque allí no aceptan asesinos.
sus víctimas en cambio son mártires
y hasta podrían ser ángeles o santos
prefieren ser deshechos antes que traicionar
pero tampoco van al cielo
porque no creen que el cielo exista.
Cuando parecía que se animaba gracias a la música, la Tristeza llegaba para recordarle la muerte de Amador, de la autodestrucción de su familia que él no sabía evitar y de la perdida de su amigo Federico. Ante tales acusaciones Juan no tenía respuesta y como consecuencia se deprimía mucho más. Tuvo sueños terribles, en los cuales su madre se suicidaba o su amigo Federico le dejaba de hablar, otro era la aparición de su hermano decepcionado con Juan, por no saber salvar la familia ni su vida propia, y más sueños sin exégesis posible para Juan que hacía llevarlo a la locura. La Tristeza se dio cuenta ante tales hechos.
- No estás mejorando nada – dijo la Tristeza a Juan.
- No se puede en un lugar como éste – habló Juan – ni tú me dejas tampoco.
- Tienes que ser sólo tú mismo quien te saque aquí.
- No sé… no puedo.
- Eso creo yo, estás tan triste que te falta poco para llegar a la locura – advirtió la Tristeza.
- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó Juan.
- Yo lo sé todo en mi mundo.
- Eso no es una respuesta.
- Tienes razón – admitió la Tristeza –, normalmente antes de entrar en la locura tendrás unas fuertes alucinaciones, al menos eso pensarás, yo estaré en ellas.
- ¿Sólo son alucinaciones o juegos para terminar conmigo? – Preguntó de nuevo Juan.
- Eso lo sabrás tú en el momento adecuado. Pero estás por el buen camino para saberlo. Mucha gente ha acabado loca y muy pocos han podido salir después, casi ninguno, y no creo que tú seas una excepción.
- Saldré para delante… cómo sea.
- Primero tienes que encontrar una solución, luego salir ¿y luego qué? Volver a destruir a tu familia con tus excesos, tu tristeza. Eres la oveja negra, Amador cambió, quizás la Muerte no eligió bien a su víctima.
- Quizás, no lo sé. Tal vez no merezca vivir, pero soy yo el que está vivo. No puedo evitar en más de una ocasión enfadarme con Amador ¿por qué cogió ese coche? ¿No pensó en su mujer, en nosotros? No entiendo en qué pensaba.
- Pensaba lo mismo que tú cuando cometes tus excesos, sólo en él, fue egoísta, y tú eres egoísta también. No sabéis distinguir entre la libertad y el respecto hacía vuestros seres queridos, no sabéis nada y os pensáis que sois los amos del mundo ¡bendita juventud! – Rió la Tristeza.
- He aprendido que no sé nada a base de desgracias. He disfrutado tanto volando, sin embargo, la caída duele mucho, demasiado… es cuando me planteó si realmente valía la pena vivir como yo he vivido – reflexionó Juan.
- No, por supuesto que no. Estás condenado por tu pasado, mírate, das pena, no tienes ninguna expresión de alegría en la cara.
- ¿Y tú? – Dijo Juan violentamente - ¿Cómo puedes vivir así? Dominar este mundo, existir…
- Yo soy de otra raza que vosotros, otra especie. Nada tengo que ver. Me odiáis, y ese sentimiento hacía mí os hace más desgraciados, en algunos sentidos soy peor que la Muerte.
- En cierta manera tú también te alimentas de sentimientos muertos, de la antigua alegría que quiere volver y no puede. Eres como un cáncer, poco a poco se expande y come a la persona. No obstante, creo que hay gente que ha salido de aquí, te ha ganado, dime qué sientes cuando sale alguien de aquí.
- ¿Sentir? – Rió otra vez ante la pregunta de Juan -. Yo no siento, sentir es para vosotros, para los débiles mortales, querido Juan, ten en cuenta que hay gente que ha vuelto en mi mundo, habrán salido, sí, ahora bien, con el paso del tiempo les ha pasado algo en la vida y no han podido soportarlo, lo cual los ha hecho volver en mi mundo. Es la única diferencia entre tú y ellos, nunca saldrás, te quedarías aquí hundido.
La Tristeza se fue con grandes risas y Juan quedó asustado. Para salir de sus preocupaciones dio una vuelta por ese mundo, no le fue muy bien. A diferencia de Federico, no pudo conocer o amistarse a alguien como Liv. Juan había acabado en la parte más loca del barrio Houllecbecq y todo indicaba que él era la nueva víctima. Se sentía una pobre víctima inocente sin ninguna posibilidad de salir adelante en la vida, había perdido todas sus fuerzas y su fe en sí mismo tras la muerte de Amador. Tampoco tenía ningún sitio alegre donde ir, en casa únicamente había lágrimas o peleas, Federico lloraba por Dalia; Carlos, Rocío y compañía intentaban ayudarles pero ante tales problemas no sabían el remedio. Tantas gotas habían hecho romper el vaso. Juan volvió a su pequeño cuarto, al menos ya no tenía el mal estar resacoso del principio en su estancia en ese barrio tras el cristal y el exceso del alcohol, pensó en leer algunos libros de su biblioteca aunque finalmente tocó su guitarra. Mientras tocaba pensaba en lo maravilloso de salir de su vida, ser una piedra o cualquier animal salvaje, las preocupaciones de éstos son las más básicas de la vida ¿sabrían ellos de la muerte o la tristeza? Morir no era una opción viable, no podría dejar a sus padres con los dos hijos enterrados. Él sabía muy bien los deseos de suicido, sobretodo de su madre, había intentando quitar tales pensamientos pero qué decir, cómo explicar algo bonito de la vida cuando una persona pierde a su hijo, tan sólo queda resignación y seguir adelante con una herida que jamás se curará, después de toda una vida de sacrificios no hay premio ni cielo ni castigo, no hay nada, y quizás eso sea peor que el mismo castigo o infierno, el nada nos hace volver tristes, locos e ignorantes delante de cualquier muerte. Tantas reflexiones evocaron a Juan en un camino directo a la locura, durante mucho tiempo tales inquietudes devoraron a Juan y así fue como llegó su primera alucinación.
- ¿Quién es? – Dijo Juan asustado tras oír el golpe de la puerta al cerrase – Sé que eres la Tristeza.
- ¿Por qué preguntas entonces? – Dijo una voz extraña.
- Para asegurarme.
- Sé que mientes.
- Déjame – dijo Juan.
- No – respondió la voz juguetona.
- ¿Por qué?
- Porque vendrás conmigo.
- ¿Qué? – Juan no podía ni hablar.
- Estás acabado, estás loco, eres débil e insignificante y tú lo sabes – respondió la voz más seria.
- No, voy a volver a mi mundo.
- No lo creo. Amador era mejor persona que tú. La muerte se equivoco de hermano.
- Puede ser, pero también es cierto que una vez gané a la Muerte, y ahora te pienso ganar a ti – dijo Juan falsamente animado.
- Con la muerte todo acaba, pero conmigo sólo hay sufrimiento. Volveré – dijo la voz – Y la próxima vez nos iremos los dos juntos. Nunca más volverás a sufrir, serás como una pierda, era lo que querías, lo he notado en tu mirada, en tus tristes reflexiones.
- Prefiero sufrir que ser una piedra – dijo Juan.
- Piénsalo, yo te convertiré en una piedra, sólo me lo tienes que pedir.
- ¡Mentira! Es todo mentira, pensaré que soy una pierda, pero dime, si no dejo de pensar, de sentir, de entristecerme, cómo voy a ser una pierda.
- No sentirás nada, te lo juro.
- ¡Mentira!
- ¡No! Te lo juro.
- Tú no juras, no eres una persona. No eres nada.
- Soy tu dueña ¿te parece poco? Controlo tus sentimientos, lo controlo todo – dijo la Tristeza.
- Sólo yo soy el dueño de mí mismo.
- No te lo crees.
- Sí.
- Claro que no, volveré… volveré y por fin serás piedra.
Juan pensó en salir de ese lugar, aunque escapar era algo imposible y renunció enseguida a esa idea. Intentó sacar fuerzas pensando en los buenos momentos de su vida pero no creía que éstos volviesen, todo lo que le quedaba de vida era sufrimiento y oscuridad, había entrado en la fase adulta, en la cual no hay juegos, sólo normas y sacrificios. Quizás la locura no era algo tan malo, tal vez así pudiese sobrevivir mejor en la cruda realidad, sin embargo, todas las mentiras que se decía a sí mismo no funcionaron, sabía perfectamente que la locura era el peor estado del barrio Houllecbecq. Quién sabe cuánto tiempo pasaría hasta que una gota de luz llegó a Juan, la guitarra le iluminaba algo pero no era lo suficiente. Juan escuchó abrir la puerta, si era la Tristeza todo se habría acabado, la inútil lid tendría su fin, sin embargo, no fue la Tristeza quien apareció, fue otra persona.
- Mamá…
- Hijo mío…
- ¿Qué haces aquí?
- Me ha traído tu amigo Federico, él también ha estado en este mundo pero ha conseguido salir. La Tristeza le ha dado la oportunidad de sacarte y tu amigo ha creído oportuno llamarme a mí, dice que tan sólo yo te puedo ayudar.
- ¿Y por qué tú no has entrado en este mundo?
- No lo sé, he tenido que luchar supongo para evitarlo, pero la cuestión es qué haces tú aquí.
- ¡OH Mamá! Estoy tan harto de vivir. Quiero morir, pero a la vez me da miedo la muerte. No quiero vivir pero no me atrevo hacer nada. Maldita sea la vida.
- Hijo, Juan, no digas tú eso. Tu dolor se puede curar. Que papá y yo estemos mal es algo inevitable. Amador junto a ti era nuestra alegría, nuestro orgullo. No te quiero ver tan mal, ni que bebas tanto, ni esas malditas drogas que mataron a tu hermano.
- ¿Lo sabes?
- Claro, siempre he sabido la vida de mis hijos, otra cosa es que me haga la tonta. Sabes que papá y yo nunca os hemos dicho nada por un porro o un fin de semana de borrachera. Pero estar cada fin de semana agarrado a una botella eso no es vida, eso es caminar sobre cristales rotos y tu cuerpo por mitad del camino no aguantará más de tanto perder sangre. Amador fue un poco egoísta por subir en ese coche, lo cual no significa que se merecía ese trágico final… hijo mío, no hagas tu lo mismo, no vas por el buen camino.
- Lo sé mamá, lo sé. Pero si no tengo ilusión de seguir adelante. Os veo a vosotros y estáis tan mal que no quiero llegar a vivir mucho más. Dime qué sentido tiene nuestras vidas. Amador era buena persona, no te puedes imaginar todo el dolor de mi cuerpo, toda mi impotencia ante su muerte. Os veo a ti y papá y no puedo sentir más que lastima por vosotros, no es justo lo que os pasa, seguro que vuestro dolor es más grande que el mío, es increíble que aguantéis tanto sufrimiento.
- Ya te dije una vez que era por ti, Juan, mi niño. Te tengo que pedir perdón por que he sido un poco despistada contigo. Te he descuidado pensando en Amador, he sufrido y muchas veces he ignorado tus excesos pensando que era algo momentáneo. Que ciega he sido. Creíamos papá y yo que éramos los únicos que padecíamos. En más de una ocasión llegamos a comentar que tú en varios meses lo superarías, fuimos tan necios y egoístas. Lo siento hijo, lo siento mucho. Se nos olvidó tu gran unión con Amador, os querías tanto. Ahora lo comprendo.
- Mamá, la vida tiene que continuar su curso sin Amador, pero yo no me veo capaz. Con la muerte de Amador se fue toda mi ilusión y mi fe en todo ¿cómo vivir sin esperanza? No tengo ni sueños ni ganas de hacer nada.
- Bien tocas la guitarra.
- Toco la guitarra por que así logro expresar toda mi tristeza.
- Pero ya tienes voluntad de hacer algo, de recrearte, tienes que aprovecharlo, tienes que salir adelante a partir de este punto de luz. Y Aunque papá y yo estemos mal, aunque veas que nos hundimos, tú tienes que seguir adelante, sé que no es fácil, pero si veo que mi Juan lucha y gana, vuelve a sonreír, vuelve a vivir y a disfrutar y se hace todo un hombre sin alcoholizarse o drogarse, te aseguro Juan, que estaremos orgullosos de ti y así nos podrás sacar de nuestra tristeza, aunque de vez en cuando vuelva.
- ¡OH Mamá! Eres tan valiente, ojala yo tuviese la mitad de tu carácter.
- Tienes el doble porque eres mi hijo, porque tú eres todo lo bueno de mí, naciste desde mi amor y el de papá, de nuestra felicidad. Creciste con una familia que te adoraba, quédate con eso para salir de aquí. Cuando salgas de aquí, vamos a ir mejor, vamos a intentarlo, nunca nos olvidáramos de Amador pero tú tienes que vivir su vida y la tuya, es tu responsabilidad, disfruta y todos disfrutaremos. Tu venganza, nuestra venganza ante nuestra desgracia será tu éxito en la vida, vive lo que no pudo Amador.
- Pienso hacerlo, Mamá. Me has dado las fuerzas que me hacían falta, sólo tengo una pequeña espina en mi corazón y es por mi amigo y otro hermano Federico, dices que te ha traído él ¿dónde está?
- Está fuera, espera lo voy a llamar y os dejo hablar a solas.
La Madre de Juan salió, entró Federico con una gran sonrisa tras ver a su amigo, vestido de calle y reluciendo toda su gran personalidad. Verano Caliente y su elegido hermano se abrazaron. A veces se sabe el amor de una persona por qué al verte instantáneamente te da un abrazo sin pensarlo. Nuestros amigos rieron al verse y se perdonaron por su pelea del after hour. Federico le contó a Juan toda su historia desde que éste último se fue del local y viceversa. Federico le enseñó sus cuentos y a Juan le gustó mucho “La Luz de la Oscuridad” ya que sentía una gran identificación con las palabras de su amigo. De vez en cuando dos amigos pueden llegar a conectar tanto como cualquier pareja, mientras que en los enamorados hay algo de sexo y cariño mutuo, en el amigo hay un entendimiento de palabras, compresión, ayuda, alegría y tristeza que la hace perfecta al no haber interés sexual. Juan elogió a su amigo por esos textos, animándole a seguir escribiendo. Verano Caliente al ver la guitarra pidió a Juan que tocase un poco para él. El músico demostró sus grandes dotes aprendidas en ese mundo, Federico quedó impresionado tras esas grandes lecciones.
- ¡Increíble Juan, muy bien!
- Gracias, Federico.
- Cuando salgamos de aquí, volvemos a montar el grupo y la vamos a liar cacho.
- Crees qué voy a salir de aquí.
- Claro que sí, Juan. Sé que puedes, cuando te he visto me ha impresionado verte, pero ahora creo que has mejorado un poco, tienes la expresión de la cara cansada aunque antes parecías un muerto.
- Sí, Federico. La verdad, como te he contado antes, lo he pasado muy mal. Pero ver a mi madre y a ti me alegrado la vida… fue tan tonto nuestro enfado.
- Sí, lo fue aunque entre buenos amigos eso pasa, lo importante es saber perdonarse entre nosotros.
- He vuelto a encontrarme y sé que tú también lo vas hacer ¿y sabes por qué? Porque hasta que tú no salgas, yo tampoco vuelvo a nuestro mundo, no pienso irme sin ti.
- Gracias por estas palabras, Federico. Me has animado mucho. Ahora comprendo que el mejor recuerdo para Amador es seguir con mi vida, continuaré por él y por mis padres y por mí.
- Claro que sí Juan.
- Dile a mi Madre que vuelva pero tú te puedes quedar si quieres.
Federico fue a llamar a la Madre de Juan y ésta entró. Una vez dentro Juan miró a los dos, Verano Caliente sin duda volvía a ser el de siempre, en cambio, la madre de Juan tenía las claras marcas del sufrimiento y del dolor, sin embargo, una mirada más fuerte que en los últimos tiempos expresaban sus ojos. Juan les habló.
- Salid y decid a la Tristeza que venga hacerme otra alucinación. Si gana ella, me quedo. Pero si gano yo, nos vamos de una vez por todas. No quiero que os quedéis si pierdo, no quiero decir que voy a ganar de todas a todas ya que eso me haría perder concentración. Ahora estoy animado, estoy un poco mejor, saldremos adelante.
Los dos salieron después de abrazar a Juan. Éste se quedó sentado en la cama pensando en todo lo sucedido. No lo podría creer aún pero a veces en esta vida hay algo bueno, quizás no duré para toda la vida aunque hay que aprovecharlo en su apogeo, después ya llegará el desgaste. Se sentía con más fuerzas y ánimo, hasta tenía deseos de volver a su mundo, pensó en chicas y un poco más en chicas. Tocó tumbado con su guitarra y la trató como a una amante, el sonido del aparato era de baja calidad, no importaba, a las manos de Juan no se notaba tanto. Poco a poco el cuarto se oscureció y de ahí salió parte del rostro derecho iluminado de la cara de la Tristeza, la parte izquierda era oscuridad.
- Loco… loco, Juan.
- No, no estoy loco… o al menos no estoy loco de tristeza.
- Vente conmigo, deja tu asquerosa vida.
- Vuelve a gustarme mi vida.
- Mientes, loco.
- No, ya no.
- Loco, no eres nadie ni nada. Has quemado toda tu alegría, no puedes volver, estás acabado, ven aquí, loco, soy la única que te comprendo.
- No necesito tu comprensión. No la quiero. Ya me tengo a mi mismo, yo sólo me valgo para salir adelante.
- Vuelves a mentir, loco. ¿Qué harás si existe el caso remoto de tu regreso? Volver a sufrir, no podrás sobrevivir a fuera sin mí. La gente como tú tiene que estar segura en un sitio como el mío.
- Mi mundo puede ser una mierda en casi todos los sentidos, pero el tuyo es mucho peor, no quiero acabar mis días sufriendo y sufriendo sin parar, odiándolo todo sin amarme a mí mismo, después de la muerte de Amador me convertí en eso… aunque ya se acabó.
- Amar, nadie puede amar, loco. Tú lo sabes muy bien. Amar es sufrir, no vale la pena eso.
- En tu mundo siempre se está sufriendo.
- Pero es un dolor racional, no pasional como el vuestro. Te aseguro que es mucho mejor a mi manera. Al menos eras más consciente de todo.
- No lo creo, esas mentiras no se las cree ni un niño, voy a volver y nadie me lo va impedir, ni tú ni nadie.
- ¿Vas a seguir destruyendo a tu familia?
- No, voy a cambiar.
- No lo creo. Vas a seguir alcoholizándote y drogándote como el inútil que eres. Vas a llevar a la ruina a toda tu familia por tu autodestrucción. Quédate aquí por ellos, para no hacerlos sufrir más.
- Tristeza, tú me has gobernado durante mucho tiempo con gran autoridad, pero ahora me revelo. No dudo de que un día vuelvas en mi vida, eso es inevitable. Aunque ahora va haber un cambio de régimen…
- ¡Nunca!
Delante de toda aquella oscuridad Juan no se asustó en ningún momento. Pero la Tristeza era y sigue siendo muy terca, no iba a dejar salir a Juan a las primeras de cambio, y más cuando hacía poco que había dado la libertad a Verano Caliente, dos fracasos seguidos eran demasiado para la Tristeza. Ésta o su cara comenzó a dar vueltas alrededor de Juan, dando gritos provocando unos ecos muy agudos en el cuarto causando dolor de oído al muchacho. Él aguantó como pudo, estaba asustado aunque había vuelto a tener confianza con él y sabía que podía ganar esta lid. De la cabeza de la Tristeza salió una más que continuó con las vueltas, de ésta salió otra, así sucesivamente hasta que hubo en total seis cabezas de la Tristeza girando, chillando y mirando con odio a su víctima. Entonces todas hablaron en voz muy alta.
- ¡Estás loco! ¡Estás loco!
- No, no lo estoy y pienso volver a mi mundo.
- ¡Jamás! ¡Eso nunca!
- Mi mundo no es éste. He vuelto a ser yo.
- Estás tan muerto como tu hermano Amador.
- Él está muerto pero yo sigo con vida para hacerle honra.
- Vas a venir con nosotras, vas a caer en la desgracia, vas a enloquecer.
- No.
- ¡Sí!
- ¡Jamás malditas!
- ¡Loco! ¡Loco eres! Eres un drogadicto que no podrá desintoxicarse.
- No estoy tan enganchado a esa mierda.
- ¡Lo estás loco!
- Pienso irme de aquí.
- ¡No!
- ¿Por qué no?
- Porqué eres nuestro, formas parte de nosotras, nos hemos apoderado de ti.
- Sólo yo soy dueño de mi mismo. Os pensáis que podéis destrozarme la vida y quedaros tan anchas, no, conmigo no podréis. No pienso rendirme. Me he levantado y os he vencido, quiero volver a sonreír y pasarlo bien por que no hay más grandeza que reír después de varios problemas graves. Quizás el secreto es no creer en nada, comprender que nada importa excepto yo y los que me rodean porque todo es una estupidez como vosotras, ahora pienso volver y nadie me lo va impedir.
Las Tristezas dejaron de hablar y chillaron tanto que salió de su boca un vórtice con mal aliento. Juan cerró los ojos y se tapó los oídos pero todo fue inútil. Intentó no respirar mucho, pero en cuanto volvió a expirar con su nariz todo ese hedor le provocó grandes nauseas. Finalmente el también acabó gritando maldiciendo a las Tristezas, éstas no hicieron caso. A causa de la repugnancia del olor se desmayó.
A veces en la vida la gente recibe castigos inmerecidos, lo cual hace que no se pueda entender la suerte del destino o su maldición. Cuando todo parece seguir una línea recta, segura y estable, ésta se parte por la mitad. Juan tuvo con la muerte de Amador una depresión importante que muy difícil le fue de superar, aunque la muerte de un ser tan cercano nunca se puede olvidar, no significa que la congoja sea una buena compañía. Con ese desmayó Juan soñó con su hermano, no fue una pesadilla, eran pequeños y jugaban a la consola, Amador ganó a su hermano pequeño y éste se enfado con él, aunque a los cinco minutos volvieron a jugar con el mismo buen humor. Juan Yerba Verde abrió los ojos con una leve sonrisa, no exagerada alegría juvenil, sino una serena tranquilidad y confianza en sí mismo. Se encontraba de nuevo en el tranvía, la próxima parada era la suya. Cuando llegó a su destino bajó, esperó en el andén a su amigo Federico Verano Caliente. Sabía que no hacía falta llamar, él llegaría en cualquier momento. Pasó una hora y media y Federico por fin bajo del tranvía. Ambos se miraron y sonrieron, se abrazaron y se perdonaron.
- Me alegra de verte, hermano – dijo Juan a Federico.
- Igualmente – habló Federico.
- ¿Cómo te ha ido el viaje de vuelta?
- He dormido, ni me enterado ¿y tú?
- Más o menos lo mismo – dijo Juan sonriendo.
- Sabes, ahora que somos los más grandes otra vez, no vamos a parar de follar – ironizó Federico.
- Sales de un mundo depresivo y ya piensas en follar, si señor, veo que te has curado.
- Sí… ahora en serio, creo que para curarme totalmente necesito un polvote, un rollete, sería la prueba que estoy al cien por cien.
- Creo que a mí también me iría muy bien un polvote – dijo Juan riendo.
- Claro que sí – concluyó Federico.
Los amigos se despidieron y cada uno fue a su casa. Federico Verano Caliente para demostrar su buen humor regaló unas flores a su madre, ella se quedó muy contenta de ver el regreso de su retoño. Verano Caliente comió ese día con sus padres bromeando y viendo la televisión, la familia volvió a unirse. En el caso de Juan Yerba Verde fue un poco más complicado, con su madre inició una relación cariñosa y de mutua ayuda. Pero en el caso del padre fue un poco más difícil, ya que el hombre no quería expresar toda su pena. Aunque Juan no se molestó para nada como en ocasiones anteriores, entendió a su padre, para olvidar un poco sus asuntos personales, hablaron de cualquier tema que se le ocurrió al pequeño Yerba Verde e intentó hacer bromas de ellos. La madre le hizo caso, el padre en un principio le ignoró, sin embargo, Juan platicó tan bien que por primera vez desde la muerte de Amador se escucharon unas carcajadas en la familia Yerba Verde. Tampoco significó que ya todo estuviese curado, era el comienzo del buen camino. Nuestros protagonistas eran conscientes que necesitaban un pequeño golpe de gracia para volver a ser los más grandes, Juan Yerba Verde y Federico Verano Caliente.
Juan Yerba Verde y la Luz de la Oscuridad.
Juan Yerba Verde se arrepintió de su discusión con Federico nada más salir del after hour pero el orgullo no le dejo volver para sacar a su amigo de toda esa oscuridad. Su dolor aumentaría en cuando llegó al barrio Houllecbecq del mismo modo que Federico. La diferencia era que Juan residía en la parte alta de ese barrio lúgubre, en la calle Donald Cobain. Aquella zona eran vías muy inclinadas, cuando llegó se asustó mucho al ver gente que se caía por la cuesta para bajo dándose golpes en las paredes, las calles eran tan estrechas que se daban con gran facilidad de pared a la pared de enfrente, para así poder evitar su dolor psíquico o moral y únicamente padecer mal estar físico aunque poco lograban ya que la Tristeza era demasiada poderosa para ellos. Juan se mudó con su nuevo traje y era totalmente oscuro, el chico en un principio no le preocupó, poco tardó en cambiar de opinión gracias a sus conversaciones con la Tristeza. Ésta le advirtió de su gran depresión y su proximidad a la locura de seguir a este paso, Juan se hizo el indiferente, sin embargo, llegó un momento en que no pudo ocultar más su ansiedad y hasta llegó a llorar delante de la Tristeza pidiendo la muerte. Mientras que la muerte sólo es el fin, la Tristeza es un sentimiento vivo que late en cada segundo de una persona depresiva. Hubo algo que alegró un poco al pobre muchacho, fue la guitarra provecta que la Tristeza le obsequió tras aprobar el pedido de Juan. Fue en ese lugar, en esa época sin tiempo cuando empezó a desarrollar una gran técnica digna de un profesional. Sus notas marcarían a partir de aquel momento una personalidad única, al igual que sus sentimientos. Y es que Juan se atrevía a hacer solos rápidos, lentos y compuso grandes canciones instrumentales o vacías de letra. Las letras no eran suyas, eran poemas que conocía gracias a Federico, uno de éstos era “A mis obligaciones” de Pablo Neruda.
Cumpliendo con mi oficio
piedra con piedra, pluma a pluma,
pasa el invierno y deja
sitios abandonados,
habitaciones muertas:
yo trabajo y trabajo,
debo substituir tantos olvidos,
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.
No es para mí sino el polvo,
la lluvia cruel de la estación,
no me reservo nada
sino todo el espacio
y allí trabajar, trabajar,
manifestar la primavera.
A todos tengo que dar algo
cada semana y cada día,
un regalo de color azul,
un pétalo frío del bosque,
y ya de mañana estoy vivo
mientras los otros se sumergen
en la pereza, en el amor,
yo estoy limpiando mi campana,
mi corazón, mis herramientas.
Tengo rocío para todos.
Concretamente con este poema se sentía muy identificado. Había otro poema que le gustaba mucho, era de temática social, sin embargo, para Juan representaba la desgracia de Amador. El poema se llama “El paraíso” de Mario Benedetti.
Los verdugos suelen ser católicos
creen en la santísima trinidad
y martirizan al prójimo como un medio
de combatir al anticristo
pero cuando mueren no van al cielo
Porque allí no aceptan asesinos.
sus víctimas en cambio son mártires
y hasta podrían ser ángeles o santos
prefieren ser deshechos antes que traicionar
pero tampoco van al cielo
porque no creen que el cielo exista.
Cuando parecía que se animaba gracias a la música, la Tristeza llegaba para recordarle la muerte de Amador, de la autodestrucción de su familia que él no sabía evitar y de la perdida de su amigo Federico. Ante tales acusaciones Juan no tenía respuesta y como consecuencia se deprimía mucho más. Tuvo sueños terribles, en los cuales su madre se suicidaba o su amigo Federico le dejaba de hablar, otro era la aparición de su hermano decepcionado con Juan, por no saber salvar la familia ni su vida propia, y más sueños sin exégesis posible para Juan que hacía llevarlo a la locura. La Tristeza se dio cuenta ante tales hechos.
- No estás mejorando nada – dijo la Tristeza a Juan.
- No se puede en un lugar como éste – habló Juan – ni tú me dejas tampoco.
- Tienes que ser sólo tú mismo quien te saque aquí.
- No sé… no puedo.
- Eso creo yo, estás tan triste que te falta poco para llegar a la locura – advirtió la Tristeza.
- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó Juan.
- Yo lo sé todo en mi mundo.
- Eso no es una respuesta.
- Tienes razón – admitió la Tristeza –, normalmente antes de entrar en la locura tendrás unas fuertes alucinaciones, al menos eso pensarás, yo estaré en ellas.
- ¿Sólo son alucinaciones o juegos para terminar conmigo? – Preguntó de nuevo Juan.
- Eso lo sabrás tú en el momento adecuado. Pero estás por el buen camino para saberlo. Mucha gente ha acabado loca y muy pocos han podido salir después, casi ninguno, y no creo que tú seas una excepción.
- Saldré para delante… cómo sea.
- Primero tienes que encontrar una solución, luego salir ¿y luego qué? Volver a destruir a tu familia con tus excesos, tu tristeza. Eres la oveja negra, Amador cambió, quizás la Muerte no eligió bien a su víctima.
- Quizás, no lo sé. Tal vez no merezca vivir, pero soy yo el que está vivo. No puedo evitar en más de una ocasión enfadarme con Amador ¿por qué cogió ese coche? ¿No pensó en su mujer, en nosotros? No entiendo en qué pensaba.
- Pensaba lo mismo que tú cuando cometes tus excesos, sólo en él, fue egoísta, y tú eres egoísta también. No sabéis distinguir entre la libertad y el respecto hacía vuestros seres queridos, no sabéis nada y os pensáis que sois los amos del mundo ¡bendita juventud! – Rió la Tristeza.
- He aprendido que no sé nada a base de desgracias. He disfrutado tanto volando, sin embargo, la caída duele mucho, demasiado… es cuando me planteó si realmente valía la pena vivir como yo he vivido – reflexionó Juan.
- No, por supuesto que no. Estás condenado por tu pasado, mírate, das pena, no tienes ninguna expresión de alegría en la cara.
- ¿Y tú? – Dijo Juan violentamente - ¿Cómo puedes vivir así? Dominar este mundo, existir…
- Yo soy de otra raza que vosotros, otra especie. Nada tengo que ver. Me odiáis, y ese sentimiento hacía mí os hace más desgraciados, en algunos sentidos soy peor que la Muerte.
- En cierta manera tú también te alimentas de sentimientos muertos, de la antigua alegría que quiere volver y no puede. Eres como un cáncer, poco a poco se expande y come a la persona. No obstante, creo que hay gente que ha salido de aquí, te ha ganado, dime qué sientes cuando sale alguien de aquí.
- ¿Sentir? – Rió otra vez ante la pregunta de Juan -. Yo no siento, sentir es para vosotros, para los débiles mortales, querido Juan, ten en cuenta que hay gente que ha vuelto en mi mundo, habrán salido, sí, ahora bien, con el paso del tiempo les ha pasado algo en la vida y no han podido soportarlo, lo cual los ha hecho volver en mi mundo. Es la única diferencia entre tú y ellos, nunca saldrás, te quedarías aquí hundido.
La Tristeza se fue con grandes risas y Juan quedó asustado. Para salir de sus preocupaciones dio una vuelta por ese mundo, no le fue muy bien. A diferencia de Federico, no pudo conocer o amistarse a alguien como Liv. Juan había acabado en la parte más loca del barrio Houllecbecq y todo indicaba que él era la nueva víctima. Se sentía una pobre víctima inocente sin ninguna posibilidad de salir adelante en la vida, había perdido todas sus fuerzas y su fe en sí mismo tras la muerte de Amador. Tampoco tenía ningún sitio alegre donde ir, en casa únicamente había lágrimas o peleas, Federico lloraba por Dalia; Carlos, Rocío y compañía intentaban ayudarles pero ante tales problemas no sabían el remedio. Tantas gotas habían hecho romper el vaso. Juan volvió a su pequeño cuarto, al menos ya no tenía el mal estar resacoso del principio en su estancia en ese barrio tras el cristal y el exceso del alcohol, pensó en leer algunos libros de su biblioteca aunque finalmente tocó su guitarra. Mientras tocaba pensaba en lo maravilloso de salir de su vida, ser una piedra o cualquier animal salvaje, las preocupaciones de éstos son las más básicas de la vida ¿sabrían ellos de la muerte o la tristeza? Morir no era una opción viable, no podría dejar a sus padres con los dos hijos enterrados. Él sabía muy bien los deseos de suicido, sobretodo de su madre, había intentando quitar tales pensamientos pero qué decir, cómo explicar algo bonito de la vida cuando una persona pierde a su hijo, tan sólo queda resignación y seguir adelante con una herida que jamás se curará, después de toda una vida de sacrificios no hay premio ni cielo ni castigo, no hay nada, y quizás eso sea peor que el mismo castigo o infierno, el nada nos hace volver tristes, locos e ignorantes delante de cualquier muerte. Tantas reflexiones evocaron a Juan en un camino directo a la locura, durante mucho tiempo tales inquietudes devoraron a Juan y así fue como llegó su primera alucinación.
- ¿Quién es? – Dijo Juan asustado tras oír el golpe de la puerta al cerrase – Sé que eres la Tristeza.
- ¿Por qué preguntas entonces? – Dijo una voz extraña.
- Para asegurarme.
- Sé que mientes.
- Déjame – dijo Juan.
- No – respondió la voz juguetona.
- ¿Por qué?
- Porque vendrás conmigo.
- ¿Qué? – Juan no podía ni hablar.
- Estás acabado, estás loco, eres débil e insignificante y tú lo sabes – respondió la voz más seria.
- No, voy a volver a mi mundo.
- No lo creo. Amador era mejor persona que tú. La muerte se equivoco de hermano.
- Puede ser, pero también es cierto que una vez gané a la Muerte, y ahora te pienso ganar a ti – dijo Juan falsamente animado.
- Con la muerte todo acaba, pero conmigo sólo hay sufrimiento. Volveré – dijo la voz – Y la próxima vez nos iremos los dos juntos. Nunca más volverás a sufrir, serás como una pierda, era lo que querías, lo he notado en tu mirada, en tus tristes reflexiones.
- Prefiero sufrir que ser una piedra – dijo Juan.
- Piénsalo, yo te convertiré en una piedra, sólo me lo tienes que pedir.
- ¡Mentira! Es todo mentira, pensaré que soy una pierda, pero dime, si no dejo de pensar, de sentir, de entristecerme, cómo voy a ser una pierda.
- No sentirás nada, te lo juro.
- ¡Mentira!
- ¡No! Te lo juro.
- Tú no juras, no eres una persona. No eres nada.
- Soy tu dueña ¿te parece poco? Controlo tus sentimientos, lo controlo todo – dijo la Tristeza.
- Sólo yo soy el dueño de mí mismo.
- No te lo crees.
- Sí.
- Claro que no, volveré… volveré y por fin serás piedra.
Juan pensó en salir de ese lugar, aunque escapar era algo imposible y renunció enseguida a esa idea. Intentó sacar fuerzas pensando en los buenos momentos de su vida pero no creía que éstos volviesen, todo lo que le quedaba de vida era sufrimiento y oscuridad, había entrado en la fase adulta, en la cual no hay juegos, sólo normas y sacrificios. Quizás la locura no era algo tan malo, tal vez así pudiese sobrevivir mejor en la cruda realidad, sin embargo, todas las mentiras que se decía a sí mismo no funcionaron, sabía perfectamente que la locura era el peor estado del barrio Houllecbecq. Quién sabe cuánto tiempo pasaría hasta que una gota de luz llegó a Juan, la guitarra le iluminaba algo pero no era lo suficiente. Juan escuchó abrir la puerta, si era la Tristeza todo se habría acabado, la inútil lid tendría su fin, sin embargo, no fue la Tristeza quien apareció, fue otra persona.
- Mamá…
- Hijo mío…
- ¿Qué haces aquí?
- Me ha traído tu amigo Federico, él también ha estado en este mundo pero ha conseguido salir. La Tristeza le ha dado la oportunidad de sacarte y tu amigo ha creído oportuno llamarme a mí, dice que tan sólo yo te puedo ayudar.
- ¿Y por qué tú no has entrado en este mundo?
- No lo sé, he tenido que luchar supongo para evitarlo, pero la cuestión es qué haces tú aquí.
- ¡OH Mamá! Estoy tan harto de vivir. Quiero morir, pero a la vez me da miedo la muerte. No quiero vivir pero no me atrevo hacer nada. Maldita sea la vida.
- Hijo, Juan, no digas tú eso. Tu dolor se puede curar. Que papá y yo estemos mal es algo inevitable. Amador junto a ti era nuestra alegría, nuestro orgullo. No te quiero ver tan mal, ni que bebas tanto, ni esas malditas drogas que mataron a tu hermano.
- ¿Lo sabes?
- Claro, siempre he sabido la vida de mis hijos, otra cosa es que me haga la tonta. Sabes que papá y yo nunca os hemos dicho nada por un porro o un fin de semana de borrachera. Pero estar cada fin de semana agarrado a una botella eso no es vida, eso es caminar sobre cristales rotos y tu cuerpo por mitad del camino no aguantará más de tanto perder sangre. Amador fue un poco egoísta por subir en ese coche, lo cual no significa que se merecía ese trágico final… hijo mío, no hagas tu lo mismo, no vas por el buen camino.
- Lo sé mamá, lo sé. Pero si no tengo ilusión de seguir adelante. Os veo a vosotros y estáis tan mal que no quiero llegar a vivir mucho más. Dime qué sentido tiene nuestras vidas. Amador era buena persona, no te puedes imaginar todo el dolor de mi cuerpo, toda mi impotencia ante su muerte. Os veo a ti y papá y no puedo sentir más que lastima por vosotros, no es justo lo que os pasa, seguro que vuestro dolor es más grande que el mío, es increíble que aguantéis tanto sufrimiento.
- Ya te dije una vez que era por ti, Juan, mi niño. Te tengo que pedir perdón por que he sido un poco despistada contigo. Te he descuidado pensando en Amador, he sufrido y muchas veces he ignorado tus excesos pensando que era algo momentáneo. Que ciega he sido. Creíamos papá y yo que éramos los únicos que padecíamos. En más de una ocasión llegamos a comentar que tú en varios meses lo superarías, fuimos tan necios y egoístas. Lo siento hijo, lo siento mucho. Se nos olvidó tu gran unión con Amador, os querías tanto. Ahora lo comprendo.
- Mamá, la vida tiene que continuar su curso sin Amador, pero yo no me veo capaz. Con la muerte de Amador se fue toda mi ilusión y mi fe en todo ¿cómo vivir sin esperanza? No tengo ni sueños ni ganas de hacer nada.
- Bien tocas la guitarra.
- Toco la guitarra por que así logro expresar toda mi tristeza.
- Pero ya tienes voluntad de hacer algo, de recrearte, tienes que aprovecharlo, tienes que salir adelante a partir de este punto de luz. Y Aunque papá y yo estemos mal, aunque veas que nos hundimos, tú tienes que seguir adelante, sé que no es fácil, pero si veo que mi Juan lucha y gana, vuelve a sonreír, vuelve a vivir y a disfrutar y se hace todo un hombre sin alcoholizarse o drogarse, te aseguro Juan, que estaremos orgullosos de ti y así nos podrás sacar de nuestra tristeza, aunque de vez en cuando vuelva.
- ¡OH Mamá! Eres tan valiente, ojala yo tuviese la mitad de tu carácter.
- Tienes el doble porque eres mi hijo, porque tú eres todo lo bueno de mí, naciste desde mi amor y el de papá, de nuestra felicidad. Creciste con una familia que te adoraba, quédate con eso para salir de aquí. Cuando salgas de aquí, vamos a ir mejor, vamos a intentarlo, nunca nos olvidáramos de Amador pero tú tienes que vivir su vida y la tuya, es tu responsabilidad, disfruta y todos disfrutaremos. Tu venganza, nuestra venganza ante nuestra desgracia será tu éxito en la vida, vive lo que no pudo Amador.
- Pienso hacerlo, Mamá. Me has dado las fuerzas que me hacían falta, sólo tengo una pequeña espina en mi corazón y es por mi amigo y otro hermano Federico, dices que te ha traído él ¿dónde está?
- Está fuera, espera lo voy a llamar y os dejo hablar a solas.
La Madre de Juan salió, entró Federico con una gran sonrisa tras ver a su amigo, vestido de calle y reluciendo toda su gran personalidad. Verano Caliente y su elegido hermano se abrazaron. A veces se sabe el amor de una persona por qué al verte instantáneamente te da un abrazo sin pensarlo. Nuestros amigos rieron al verse y se perdonaron por su pelea del after hour. Federico le contó a Juan toda su historia desde que éste último se fue del local y viceversa. Federico le enseñó sus cuentos y a Juan le gustó mucho “La Luz de la Oscuridad” ya que sentía una gran identificación con las palabras de su amigo. De vez en cuando dos amigos pueden llegar a conectar tanto como cualquier pareja, mientras que en los enamorados hay algo de sexo y cariño mutuo, en el amigo hay un entendimiento de palabras, compresión, ayuda, alegría y tristeza que la hace perfecta al no haber interés sexual. Juan elogió a su amigo por esos textos, animándole a seguir escribiendo. Verano Caliente al ver la guitarra pidió a Juan que tocase un poco para él. El músico demostró sus grandes dotes aprendidas en ese mundo, Federico quedó impresionado tras esas grandes lecciones.
- ¡Increíble Juan, muy bien!
- Gracias, Federico.
- Cuando salgamos de aquí, volvemos a montar el grupo y la vamos a liar cacho.
- Crees qué voy a salir de aquí.
- Claro que sí, Juan. Sé que puedes, cuando te he visto me ha impresionado verte, pero ahora creo que has mejorado un poco, tienes la expresión de la cara cansada aunque antes parecías un muerto.
- Sí, Federico. La verdad, como te he contado antes, lo he pasado muy mal. Pero ver a mi madre y a ti me alegrado la vida… fue tan tonto nuestro enfado.
- Sí, lo fue aunque entre buenos amigos eso pasa, lo importante es saber perdonarse entre nosotros.
- He vuelto a encontrarme y sé que tú también lo vas hacer ¿y sabes por qué? Porque hasta que tú no salgas, yo tampoco vuelvo a nuestro mundo, no pienso irme sin ti.
- Gracias por estas palabras, Federico. Me has animado mucho. Ahora comprendo que el mejor recuerdo para Amador es seguir con mi vida, continuaré por él y por mis padres y por mí.
- Claro que sí Juan.
- Dile a mi Madre que vuelva pero tú te puedes quedar si quieres.
Federico fue a llamar a la Madre de Juan y ésta entró. Una vez dentro Juan miró a los dos, Verano Caliente sin duda volvía a ser el de siempre, en cambio, la madre de Juan tenía las claras marcas del sufrimiento y del dolor, sin embargo, una mirada más fuerte que en los últimos tiempos expresaban sus ojos. Juan les habló.
- Salid y decid a la Tristeza que venga hacerme otra alucinación. Si gana ella, me quedo. Pero si gano yo, nos vamos de una vez por todas. No quiero que os quedéis si pierdo, no quiero decir que voy a ganar de todas a todas ya que eso me haría perder concentración. Ahora estoy animado, estoy un poco mejor, saldremos adelante.
Los dos salieron después de abrazar a Juan. Éste se quedó sentado en la cama pensando en todo lo sucedido. No lo podría creer aún pero a veces en esta vida hay algo bueno, quizás no duré para toda la vida aunque hay que aprovecharlo en su apogeo, después ya llegará el desgaste. Se sentía con más fuerzas y ánimo, hasta tenía deseos de volver a su mundo, pensó en chicas y un poco más en chicas. Tocó tumbado con su guitarra y la trató como a una amante, el sonido del aparato era de baja calidad, no importaba, a las manos de Juan no se notaba tanto. Poco a poco el cuarto se oscureció y de ahí salió parte del rostro derecho iluminado de la cara de la Tristeza, la parte izquierda era oscuridad.
- Loco… loco, Juan.
- No, no estoy loco… o al menos no estoy loco de tristeza.
- Vente conmigo, deja tu asquerosa vida.
- Vuelve a gustarme mi vida.
- Mientes, loco.
- No, ya no.
- Loco, no eres nadie ni nada. Has quemado toda tu alegría, no puedes volver, estás acabado, ven aquí, loco, soy la única que te comprendo.
- No necesito tu comprensión. No la quiero. Ya me tengo a mi mismo, yo sólo me valgo para salir adelante.
- Vuelves a mentir, loco. ¿Qué harás si existe el caso remoto de tu regreso? Volver a sufrir, no podrás sobrevivir a fuera sin mí. La gente como tú tiene que estar segura en un sitio como el mío.
- Mi mundo puede ser una mierda en casi todos los sentidos, pero el tuyo es mucho peor, no quiero acabar mis días sufriendo y sufriendo sin parar, odiándolo todo sin amarme a mí mismo, después de la muerte de Amador me convertí en eso… aunque ya se acabó.
- Amar, nadie puede amar, loco. Tú lo sabes muy bien. Amar es sufrir, no vale la pena eso.
- En tu mundo siempre se está sufriendo.
- Pero es un dolor racional, no pasional como el vuestro. Te aseguro que es mucho mejor a mi manera. Al menos eras más consciente de todo.
- No lo creo, esas mentiras no se las cree ni un niño, voy a volver y nadie me lo va impedir, ni tú ni nadie.
- ¿Vas a seguir destruyendo a tu familia?
- No, voy a cambiar.
- No lo creo. Vas a seguir alcoholizándote y drogándote como el inútil que eres. Vas a llevar a la ruina a toda tu familia por tu autodestrucción. Quédate aquí por ellos, para no hacerlos sufrir más.
- Tristeza, tú me has gobernado durante mucho tiempo con gran autoridad, pero ahora me revelo. No dudo de que un día vuelvas en mi vida, eso es inevitable. Aunque ahora va haber un cambio de régimen…
- ¡Nunca!
Delante de toda aquella oscuridad Juan no se asustó en ningún momento. Pero la Tristeza era y sigue siendo muy terca, no iba a dejar salir a Juan a las primeras de cambio, y más cuando hacía poco que había dado la libertad a Verano Caliente, dos fracasos seguidos eran demasiado para la Tristeza. Ésta o su cara comenzó a dar vueltas alrededor de Juan, dando gritos provocando unos ecos muy agudos en el cuarto causando dolor de oído al muchacho. Él aguantó como pudo, estaba asustado aunque había vuelto a tener confianza con él y sabía que podía ganar esta lid. De la cabeza de la Tristeza salió una más que continuó con las vueltas, de ésta salió otra, así sucesivamente hasta que hubo en total seis cabezas de la Tristeza girando, chillando y mirando con odio a su víctima. Entonces todas hablaron en voz muy alta.
- ¡Estás loco! ¡Estás loco!
- No, no lo estoy y pienso volver a mi mundo.
- ¡Jamás! ¡Eso nunca!
- Mi mundo no es éste. He vuelto a ser yo.
- Estás tan muerto como tu hermano Amador.
- Él está muerto pero yo sigo con vida para hacerle honra.
- Vas a venir con nosotras, vas a caer en la desgracia, vas a enloquecer.
- No.
- ¡Sí!
- ¡Jamás malditas!
- ¡Loco! ¡Loco eres! Eres un drogadicto que no podrá desintoxicarse.
- No estoy tan enganchado a esa mierda.
- ¡Lo estás loco!
- Pienso irme de aquí.
- ¡No!
- ¿Por qué no?
- Porqué eres nuestro, formas parte de nosotras, nos hemos apoderado de ti.
- Sólo yo soy dueño de mi mismo. Os pensáis que podéis destrozarme la vida y quedaros tan anchas, no, conmigo no podréis. No pienso rendirme. Me he levantado y os he vencido, quiero volver a sonreír y pasarlo bien por que no hay más grandeza que reír después de varios problemas graves. Quizás el secreto es no creer en nada, comprender que nada importa excepto yo y los que me rodean porque todo es una estupidez como vosotras, ahora pienso volver y nadie me lo va impedir.
Las Tristezas dejaron de hablar y chillaron tanto que salió de su boca un vórtice con mal aliento. Juan cerró los ojos y se tapó los oídos pero todo fue inútil. Intentó no respirar mucho, pero en cuanto volvió a expirar con su nariz todo ese hedor le provocó grandes nauseas. Finalmente el también acabó gritando maldiciendo a las Tristezas, éstas no hicieron caso. A causa de la repugnancia del olor se desmayó.
A veces en la vida la gente recibe castigos inmerecidos, lo cual hace que no se pueda entender la suerte del destino o su maldición. Cuando todo parece seguir una línea recta, segura y estable, ésta se parte por la mitad. Juan tuvo con la muerte de Amador una depresión importante que muy difícil le fue de superar, aunque la muerte de un ser tan cercano nunca se puede olvidar, no significa que la congoja sea una buena compañía. Con ese desmayó Juan soñó con su hermano, no fue una pesadilla, eran pequeños y jugaban a la consola, Amador ganó a su hermano pequeño y éste se enfado con él, aunque a los cinco minutos volvieron a jugar con el mismo buen humor. Juan Yerba Verde abrió los ojos con una leve sonrisa, no exagerada alegría juvenil, sino una serena tranquilidad y confianza en sí mismo. Se encontraba de nuevo en el tranvía, la próxima parada era la suya. Cuando llegó a su destino bajó, esperó en el andén a su amigo Federico Verano Caliente. Sabía que no hacía falta llamar, él llegaría en cualquier momento. Pasó una hora y media y Federico por fin bajo del tranvía. Ambos se miraron y sonrieron, se abrazaron y se perdonaron.
- Me alegra de verte, hermano – dijo Juan a Federico.
- Igualmente – habló Federico.
- ¿Cómo te ha ido el viaje de vuelta?
- He dormido, ni me enterado ¿y tú?
- Más o menos lo mismo – dijo Juan sonriendo.
- Sabes, ahora que somos los más grandes otra vez, no vamos a parar de follar – ironizó Federico.
- Sales de un mundo depresivo y ya piensas en follar, si señor, veo que te has curado.
- Sí… ahora en serio, creo que para curarme totalmente necesito un polvote, un rollete, sería la prueba que estoy al cien por cien.
- Creo que a mí también me iría muy bien un polvote – dijo Juan riendo.
- Claro que sí – concluyó Federico.
Los amigos se despidieron y cada uno fue a su casa. Federico Verano Caliente para demostrar su buen humor regaló unas flores a su madre, ella se quedó muy contenta de ver el regreso de su retoño. Verano Caliente comió ese día con sus padres bromeando y viendo la televisión, la familia volvió a unirse. En el caso de Juan Yerba Verde fue un poco más complicado, con su madre inició una relación cariñosa y de mutua ayuda. Pero en el caso del padre fue un poco más difícil, ya que el hombre no quería expresar toda su pena. Aunque Juan no se molestó para nada como en ocasiones anteriores, entendió a su padre, para olvidar un poco sus asuntos personales, hablaron de cualquier tema que se le ocurrió al pequeño Yerba Verde e intentó hacer bromas de ellos. La madre le hizo caso, el padre en un principio le ignoró, sin embargo, Juan platicó tan bien que por primera vez desde la muerte de Amador se escucharon unas carcajadas en la familia Yerba Verde. Tampoco significó que ya todo estuviese curado, era el comienzo del buen camino. Nuestros protagonistas eran conscientes que necesitaban un pequeño golpe de gracia para volver a ser los más grandes, Juan Yerba Verde y Federico Verano Caliente.
miércoles 22 de julio de 2009
Federico Verano Caliente y La Luz de la Oscuridad (5ª parte)
La última parte de este capítulo, a disfrutar.
La Luz de la Oscuridad.
La vida es Oscuridad, un juego protervo e inri, un camino vericueto donde difícilmente deja sernos Luz. Todo aquello que nos rodea es y no forme parte de nuestro yo es Oscuridad, es decir, que la sociedad donde vivimos, la pseudo cultura, la educación y el sistema político-económico que nos han impuesto, la gran mayoría de las personas (compañeros de estudio o trabajo, los familiares no directos y casi todas las amistades menos los dos o tres íntimos de verdadera estima) son un vacío, un espacio de Oscuridad.
Pero en todo este espacio de Oscuridad llegan pequeños rayos de Luz que somos cada persona, cada yo. El problema reside en que aunque seamos muchas Luces, no somos capaces de iluminar toda esta Oscuridad porque entre las Luces nos destruimos. La Luz al ver toda esa Oscuridad le entra un gran pánico, a causa de esto y de su ignorancia, la Luz al ver otra como ella quiere destruirla. La Luz no entiende que entre todas sus hermanas seríamos capaces de iluminar todo el mundo Oscuro donde vivimos. La Luz no entiende la etiología del mundo, de toda es Oscuridad, de esa falta de esperanzas en la vida, su fatuidad es tan grande que la Luz llega a la conclusión de destruir a sus hermanas antes de ser eliminada por otra como ella.
No sé sabe que llegó antes ¿La luz o la Oscuridad? Hay dos teorías que intentan explicar estos dos conceptos existenciales. Primero existió la Oscuridad y después llegó la Luz que al no ver nada poco a poco iba perdiendo su energía, su fuerza y se iba oscureciendo. La segunda hipótesis dice que la Oscuridad antes era un mundo iluminado, pero entonces llegó la Luz del humano y con su marrullería destruyó todo aquel maravilloso mundo. Aunque es menester decir que no todas las Luces de la humanidad eran crueles y malvadas, algunas eran bondadosas aunque éstas eran destruidas por el mal, oscurecidas y finalmente ya no se conocía nada a esa persona. Es como la noche, hay muchas estrellas pero ninguna es capaz de iluminar la Tierra, incluso algunas sólo vemos un rayo suyo, pero no la estrella en sí, lo mismo pasa con las personas, no las vemos por culpa de la lejanía entre nosotros.
Últimamente rueda entre los intelectuales de occidente una nueva teoría que únicamente es una mezcla de las dos primeras, no hay nada nuevo pero en nuestra última década ha cogido mucha fuerza. La tercera hipótesis admite nuestra infinita ignorancia para poder explicar el origen de la Luz y la Oscuridad, así que no intenta dar una interpretación del principio de toda esta ciclotimia que nos rodea y nos apodera. Es cierto que viviendo en un mundo lleno de Oscuridad es fácil que una Luz se corrompa, no obstante, no siempre pasa eso e incluso hay grandes ejemplos de Luces puras, aunque son un número menor, en otras palabras, la Luz no nace ni pura ni maligna, dependiendo de su vida, de su mundo y de su personalidad será más propensa al bien o al mal. Como se puede observar estas nuevas ideas les falta un poco de contenido y una base más fuerte y sólida.
Pero si la historia ha enseñado algo es pesimismo ante la Luz, una batalla perdida de siempre, una derrota sempiterna que únicamente tiene fin con la muerte. La Luz está demasiado ocupada queriendo iluminarse demasiado, para ver mejor su camino o su coto privado, con lo cual hace cegar a otras Luces como bien se ha explicado antes. El camino se le puede llamar economía y política en términos generales o en conceptos concretos son empresas petroleras, el negocio de las armas-drogas-prostitución, las empresas y estados que explotan al tercer mundo (curiosamente manipulado por nuestros políticos como globalización), las hipotecas de países como España, el carácter desabrido de las empresas por obtener la máxima plus-valía y una, por desgracia, larga lista.
Nuestra es la Oscuridad queramos o no. Estos ejemplos citados son provocados por Luces malignas influenciadas por el mundo Oscuro o quizás viceversa, nadie lo sabe. No hay que olvidar otro tipo de Oscuridades como las enfermedades. Algunas son penas del destino como algún cáncer, enfermedades degenerativas y otras son provocadas por nosotros como el sida, aquí pasamos a la fase más oscura que puede llegar a una Luz que es la autodestrucción.
Cuando una Luz ha sido tan machacada, tan pisada por la Oscuridad, llega un momento en que esa persona pierde su Luz, piensa en vivir rápido para morir, algunos incluso llegan al suicido. La autodestrucción es algo muy extendido entre las personas de pie, tal hecho nunca se habla en las grandes esferas de la Oscuridad. Prueba de la autodestrucción es ver el nivel de ventas de empresas de alcohol o tabacaleras, por no nombrar los negocios ilegales ¿por qué la gente buscamos en las drogas una nueva Luz, una escapada en la Oscuridad? Quizás la respuesta es por la Luz artificial y temporalmente bonita que nos provocan las drogas, esa escapada de la Oscuridad se agradece mucho, y aunque luego al día siguiente la resaca duela mucho o tengamos dolor de mandíbula, querremos volver a repetir para volver a salir de la Oscuridad, aunque ello suponga cortarnos la vida. Pero el camino de las drogas es una mentira ya que según la persona está mas adicta a las pastillas o lo que sea, éstas crean todavía un mundo más oscuro que la vida real y terrible, el cual es muy difícil de salir.
Hay algunas Luces que eligen la autodestrucción, otras en cambio, torturan y apagan a otras Luces para sentirse mejor. Esto puede ser el caso del mobbing o el uxoricidio. Cuántos compañeros de trabajo a causa de su sexualidad o ser mujer han sido maltratados psicológicamente, o la esposa maltratada injustamente por su marido y algunas violadas por algún desecho de Luz. La causa es la Oscuridad que nos rodea, aunque los políticos hacen creernos que quieren arreglar estos problemas, no sé cómo, si no llegamos a un mundo donde todas las Luces puedan iluminar por igual jamás podremos solucionar nada, ni los maltratos ni las drogas ni la prostitución ni las armas ni las guerras.
No obstante, estas ideas son muy idealistas y utópicas. Jamás podremos solucionar nuestra Oscuridad. Ahora dejaremos los ejemplos más sociales para pasar a otros iguales de importantes como son las relaciones personales. Éstas son las más importantes para la felicidad del yo, quizás el sexo y el amor son los líderes de la clasificación, es importante notar como hay Luces que hemos sido destruidas por otras por amor, como hemos olvidado ser nuestro yo complaciendo a otra Luz, aunque suele suceder cuando nuestra Luz se obsesiona por otra Luz. Cada vez la gente entiende un poco más que con el ideal utópico del amor eterno no se llega a la felicidad, sin embargo, continúan con sus parejas ya que así se lo manda su educación, y no importa que eso suponga la destrucción de su Luz. Algunas parejas no se separan por el bien de sus hijos, pero no entienden que quizás es peor para el niño ver toda esa Oscuridad entre sus padres. Una tercera posibilidad es el miedo a la soledad, de eso ya hablaré más adelante.
Decir que el hombre y la mujer somos iguales es una necedad, aunque no significa que no tengamos que tener los mismos derechos sociales, un hombre busca relacionarse con varias mujeres, él únicamente se fija en su físico para tener sexo, luego con el tiempo puede llegar a enamorarse y dejar las otras hembras por amor. Una mujer tiene el sentimiento de maternidad, busca una macho que le deje preñada, si es un tipo con personalidad fuerte, mucho mejor, ellas buscan más la psicología, pero no se olvidan del físico lógicamente, después cuando el macho ya es suyo lo reeducan a su manera. Quizás una mujer cuando se hace más madura quiere divertirse sexualmente más con los hombres, en otras palabras, una muchacha de veinte años no se siente muy segura con una historia sexual con un desconocido a causa de su inexperiencia, aunque cuando cumpla 30 años le gustará y posiblemente mandará en muchas ocasiones. Los hombres siempre tienen ese carácter primario sexual, aunque sí es cierto que con los años es como una llama mortecina.
Las personas perdemos el norte por nuestra pareja en alguna ocasión, nos desviamos a un camino Oscuro, donde no hay ni estrellas que nos iluminen el trayecto. Si esta persona es agreste puede aprovecharse del enamorado o enamorada. Muchos ejemplos hay de como una mujer se ha casado con el marido por dinero, por la nacionalidad… y sinceramente pensando ahora me doy cuenta de que las mujeres nos engañan bien y como quieren, nosotros lo intentamos pero solemos fracasar más que ellas, aunque hay de todo tipo de casos en el mundo. Por eso muchos hombres al sentirse inferiores a su mujer, acaban maltratándola.
Pero no seamos hipócritas y no hablemos más del amor, sino el verdadero motor de las parejas, el sexo. Los hombres tenemos un problema, no tenemos suficiente sangre por todo el cuerpo para pensar con claridad en un estado de excitación sexual. Recuerdo perfectamente una noche con una chica que vi la Luz más increíble de mi vida. Todo estaba iluminado y sentía una gran sensación penetrándola, fue tal la excitación que cuando eyaculé hasta me mareé, fue un gusto paradisíaco. El sexo en algunas edades, sobretodo la juventud, es el verdadero motor de la Luz. Si hay sexo, hay Luz. Si no hay sexo, hay autosatisfacción en el cuarto a oscuras. Con el paso del tiempo, según los jóvenes se convierten en adultos responsables con graves preocupaciones como la hipoteca, el trabajo basura, los gastos de los hijos… La Luz que crecía sin parar con el sexo se apaga poco a poco. El hombre quiere sexo, pero la mujer ya ha tenido el deseo de tener un hijo y deja al marido e incluso el sexo en un segundo plano, también hay que añadir el aliciente del aburrimiento sexual de la pareja después de estar tantos años juntos. Es cuando llega la verdadera Oscuridad Aquí salen varias preguntas: ¿la pareja cumple el papel que ha designado la sociedad y la religión? ¿O somos las personas así de idealistas? Quizás las dos preguntas tengan respuestas afirmativas. E igualmente aunque ahora los matrimonios ya no tengan que durar toda la vida, los divorcios destrozan muchas Luces y cuesta salir para delante, se necesita mucho tiempo. Es un tema bastante complicado y con soluciones nada fáciles. Y más teniendo cuenta de como ha estado el sexo de censurado hasta hace pocos días ¿ahora como está: manipulado, en su justa medida o excedido de libertad? Creo que la respuesta no es muy optimista ya que en una sociedad con una buena educación sexual, no tendría que haber tantos problemas para algunas personas para llegar a tener relaciones sexuales, haberlos siempre los habrá pero tendría que ser una minoría. Aún queda cierto tabú en el sexo como es la prostitución, la homosexualidad, los travestidos o transexuales. En cierta medida el sexo está manipulado, nos imponen un físico y una manera de ser que mucha gente no encaja. También es cierto que sobran algunas escenas sexuales gratuitas que únicamente sirven como nuevo opio del pueblo, por ejemplo: puede ser el caso de ver en una película a la chica desnuda y al chico no se le ve nada, mientras ejercen sus cuerpos el acto sexual. La conclusión es que el sexo es el gran motor de la Luz y también puede ser la gran desgracia, la gran Oscuridad que acabe con la persona, amor y sexo no tienen que ser siempre una pareja fiel ¿a caso por hacer el amor con la pareja salen los hijos más guapos?
El sexo puede ser el motor personal de la Luz, pero la infancia puede marcar nuestra personalidad para toda la vida, por tanto el motor para impulsar una sana vida sexual gracias a un carácter seguro, o una vida sexual solitaria al ser una persona pusilánime. La relación entre padres e hijos también es muy importante para la Luz, desde la infancia hasta la edad adulta. El yo de la infancia quiere copiar a sus máximos ídolos que son sus padres, luego con la adolescencia, el yo intenta hacer una catarsis porque para nada quiere ser como sus padres, en la juventud hay una pequeña guerra aunque no tan importante como la etapa anterior, cuando el yo ya es adulto, padres e hijos suelen volver a tener una buena relación. Cuando por fin el hijo se ha independizado y ha formado su familia, llega a entender de verdad a sus padres, el hijo comprende su culpabilidad. Todas estas etapas mencionadas suelen pasar en una familia bien estructurada. Cuando el niño ha tenido una infancia feliz su Luz es inmensa, luego llega el primer síntoma de Oscuridad que suele aparecer en la adolescencia, que es causa de muchos problemas para el yo. Con el paso del tiempo, el yo acepta el apagón e intenta hacer su vida lo más dignamente posible. Ya en la edad adulta hay algunas Luces apagadas, otras durarán un poco más aunque casi todas están destinadas acabar en la Oscuridad, incluso las Luces malignas ya que también se destruyen entre sí. En una familia no estructurada el niño crece ya en una total oscuridad y suelen acabar bastante mal en su etapa adulta, aunque algunos han conseguido de sí mismos crear una Luz, lo cual, no significa que sean buenas siempre.
La Luz tiene otros enemigos mortales como son las religiones, las filosofías, las ideologías políticas y el sindicalismo. Corrientes intelectuales algunas, otras pseudo intelectuales (¿desde cuando creer en algo se le puede considerar del mismo nivel intelectual que entender?), pero sin duda, el que más daño ha hecho a la Luz ha sido la religión, en nuestra casa el catolicismo, una de las muchas interpretaciones del cristianismo. En nombre de una Luz inexistente se han destrozado millones de vidas durante dos mil años ¿Dios es Luz y nosotros Oscuridad o Dios ha sido una idea Oscura para eliminar nuestro yo y nuestra Luz? Y sin embargo, mucha gente consigue reducir sus penas con la idea de un ser todopoderoso, personas absolutamente perdidas en la Oscuridad, que encajan perfectamente con los protagonistas del mito de la caverna de Platón. Entonces quizás hay que respetar cada creencia de persona, cada individuo es el responsable de su Luz, los demás no tienen que interferir en la decisiones de los demás. La filosofía es en más de una ocasión un intento estúpido de explicar o interpretar a las personas y su naturaleza, algo que está destinado cada individuo en conocer su propia Luz, no obstante, es algo complicado y muchos han fracasado. Hay algunas doctrinas filosóficas sectarias que manipulan a personas, sin embargo, la filosofía no es un centro de Oscuridad como lo puede ser la religión para la gente, ya que la primera está más destinada para una minoría intelectual. Ya en la historia contemporánea salió las ideologías políticas donde por un momento pareció que la Luz volvía a resurgir gracias a la ilustración, incluso se llama a esa época siglo de las Luces, sin embargo, todo acabó en un fracaso. Para contrarrestar el nuevo orden salieron el marxismo y el anarquismo. La primera es más que sabida por todos como acabó, la segunda ha tenido en más de una ocasión revoluciones que han sido temporalmente cortas al ser frenadas por las autoridades, no sé sabe si dicha revolución fue un fracaso o un éxito por su corta duración. Entre el marxismo y el anarquismo, también existe el sindicalismo, que es la herramienta defensiva del trabajador, actualmente este grupo se ha convertido en una burocracia mafiosa. Lo que no cabe duda es el sectarismo de todas las ideologías políticas y los diferentes tipos de sindicalismo (comunismo, social-demócrata, anarcosindicalismo y comunismo libertario). La Luz del yo acaba siendo totalmente anulada y la persona ve el mundo tal como dicta la ideología, e incluso en algunos casos se llega al odio, la violencia y la muerte por defender tales ideas.
La Luz entonces tiene a muchos enemigos conocidos como Oscuridad que pueden ser la vida o sociedad que nos rodea, las personas que nos hacen daño o manipulan (ya sea un amor, una amistad o un familiar), y las corrientes citadas en el anterior párrafo. La Luz se apaga con mucho factor externo, e incluso a veces es el propio yo el precursor de la desaparición de la Luz a causa de la autodestrucción. Lo bonito e ideal sería apagar la Luz en nuestra muerte, pero ésta es otra Oscuridad que nos tortura, ya que somos incapaces de entender el sentido de la vida sabiendo que existe la muerte. Algunos se consuelen en pensar en una vida prometida por nadie después de la muerte, aunque seguramente es el miedo quien nos hace llegar a tales pensamientos. La muerte es algo terrible, es la eliminación total de la Luz, del yo. No volver a respirar, pensar, reír o llorar es algo horroroso. Lo lógico entonces sería suicidarnos si en nuestras vidas, cuando todo lo que hacemos está destinado al máximo vacío, donde nosotros no sentiremos nada, quizás por eso es mejor no pensar con tales conceptos y disfrutar de la vida siendo un poco despreocupado, y el arte también nos salva de la Oscuridad. La literatura o cualquier arte llenan vacíos como lo puede hacer el amor, ésos son los mejores conceptos de la Luz,, ahí es más difícil que la Oscuridad llegué a destruirnos aún admitiendo que no es imposible, gracias a nuestra inconsciencia y el arte tenemos un poco de optimismo en nuestra vida personal y creemos que la única batalla perdida es la muerte.
La Luz de mi Oscuridad.
Yo fui Luz gracias a mi idea sobre la vida pero por mi culpa o la influencia de otra Luz maligna de una mujer me he convertido en Oscuridad. Ahora mismo soy un campo erial y no entiendo cómo he podido llegar a convertirme en un ser tan Oscuro. Sobrevaloré a esa chica, en un principio para mi era una probatura, después me enamoré y confié en ella para luego destrozar toda mi Luz. Con ella no veía nada en absoluto, tan sólo pensaba en nuestra relación, olvidando injustamente las demás personas de mi vida. No es bueno que una Luz quedé tan cegada por otra pero yo caí, realmente llegué y aún siento un gran amor por Dalia.
Mi problema ha podido creerme saber más de la cuenta, ser más inteligente que los demás, he pecado de sabio cuando soy un agreste de la vida. Creí llegar a ser una Luz muy poderosa hablando a la gente como si yo fuese el portador de la verdad y simplemente era un bocazas ¿Qué pensaría ahora aquel chico suicida del amor que mi amigo Yerba Verde y yo salvamos en el barco de la Muerte? Ahora es Paco Pocero Poyuelo quien tendría que darme esa charla, le hablé de una forma tan grosera y de falsa molestia ¡qué fácil es criticar al hambriento cuando come basura con el estomago lleno! ¡Qué fácil es ser poeta sin saber escribir!
También tengo otro defecto y es ser demasiado testarudo. Cuando tengo una idea en mi mente nadie es capaz de quitármela. Lo irónico es que siempre he criticado a la gente como yo, sobretodo a los ideólogos políticos pero yo hice un discurso contra ellos con su mismo fanatismo. El tiempo dirá si he aprendido la lección y se callarme un poco, ser menos prepotente y más humilde.
Llevo un tiempo en que no vivo nada la vida, hablo mucho de ella y de Dalia… quiero recuperarme, lo intento pero no es nada fácil. El pensamiento de Dalia me persigue a todas horas, haga lo que haga siempre tengo un momento para acordarme de su olor, de su sonrisa, de su cuerpo, de nuestros momentos vividos y me revienta pensar que mientras escribo estas líneas ella está con otro tipo. Desconozco si Dalia va a hacer un nuevo sepelio a su nuevo chico tal como hizo conmigo, aunque creo que ella es de esas mujeres de las cuales o son burladas por el amor, o ella maltrata psicológicamente a su amante o pareja.
Dalia me ha convertido en una anhedonia, hace tanto tiempo que no siento alegría. Ya no veo la vida como algo policromo, sino como un castigo que tiene cura con la muerte. Ahora ya me he convertido en otro ser desilusionado con la vida ¿para qué vivir? ¿Qué sentido tiene una vida en la cual nadie sabe quién es? Intento sacar las fuerzas pero no sé dónde están, los primeros meses sin Dalia únicamente pensaba en volver con ella, sin embargo, eso se acabó para siempre, quiero salir aunque me está costando demasiado y es que hasta invisible ella es preciosa.
Tengo miedo de levantarme y volver a caer ¿enamorarme otra vez? No creo, es algo muy difícil en un corto término de tiempo. Volver a mi anterior vida tampoco es una buena opción, realmente yo quería ser amado, sabía que seguir con Magdalena iba a ser muy peligroso para mí, no dejaba de ser una manfla, fue una de las razones de mi obsesión por Dalia, mi vida hedonista me llenó en muchos sentidos, aunque siempre sentía que me faltaba algo, jamás comenté tales pensamientos a nadie. Espero que mis amigos me perdonen y me acepten como antes. Me atormenta pensar que nunca más volveremos a disfrutar tanto de la vida como cuando éramos adolescentes, otro de nuestros defectos ha sido querer vivir muy deprisa, así uno se quema antes. Es de lógica pensar que ahora que ya tenemos veinte años no va ser como hace cuatro o tres años atrás, pero sí me gustaría volver a vivir aventuras o locuras nuevas, aunque con menos alcohol y drogas. De hecho aún somos unos niños, aunque siento que cada año avanzado se me va un poco de felicidad, entonces no quiero verme a los treinta.
Hago un ejercicio mnemónico y me viene a la cabeza mis dos mejores amigos, Jesús y Juan ¡ojala se hubiesen conocido! Les quise como hermanos y son mis hermanos, pero soy tan Oscuro que no puedo servir para nada. La muerte de Amador me hundió en un pozo aún más hondo, cuando pensaba que ya había tocado fondo con mi separación de Dalia, llegó una nueva desgracia. Si pudiera decirle a Juan como estoy de triste por él, querer ayudarle y no poder es algo que me hace más desgraciado. Él está destrozado, sé lo que siente ya que la muerte de Jesús para mí fue muy dura, al igual que Juan entiende mis sentimientos tras la ruptura con Dalia ya que a él también paso por esa situación. Sin duda alguna, nuestras nuevas desgracias o nos une más o nos separa para siempre. El desamor es uno de los peores sentimientos, no obstante, peor es el problema de Juan. Le echó de menos, desde que Dalia me dejó, me siento tan solo. Necesito la Luz de Juan, Rocío, Eyizabeth y Javier para volver a ser feliz. Únicamente confió en ellos… y en mis padres lógicamente. A mí siempre me ha gustado la soledad en un término miedo para poder leer, tocar mi guitarra, etcétera. Me gustaba esa soledad porque después sabía que tenía a mis amigos y luego a Dalia. Juan me avisó que me estaba separando de ellos, yo en parte era consciente aunque me auto engañaba creyendo que todo iría bien ¡fui tan inocente, tan idiota! Ahora siempre estoy solo, cosa que me entristece más. Por fin entiendo a la gente que no se separa con su pareja por miedo a la soledad. Es algo espantoso. Es un pozo sin salida, alguien tiene que echarme una cuerda pero soy yo quien tiene que subir. Así veo yo la buena amistad (como los buenos libros), son Luces que te hacen ser mejor Luz. Aún estoy esperando la cuerda.
De los sentimientos de Juan tan sólo puedo especular ya que no sé exactamente sus pensamientos. Seguro que son tan Oscuros como los míos, realmente estamos tan mal porque hemos perdido esperanza en la vida ¿cómo se recupera? Intento volver a caminar por el buen camino aunque me he desviado mucho y estoy demasiado perdido. Quizás mi problema es ser yo, no me quiero, quiero ser otro… con el tiempo volveré a tener la autoestima alta y me querré mucho, más me vale que sea así por mi bien.
He revisado las anteriores líneas y no me entiendo, no sé que quiero. Quizás es mejor que en una persona sobre que falte, mejor ser preponte que demasiado humilde…
He parado de escribir durante un par de días (digo “un par de días”, aunque realmente, no tengo ni idea ya que en este mundo no existe el tiempo) para pensar en mí, sólo yo. Tras mucho pensar, sufrir y hasta llorar un poco he decidido seguir para delante, necesito tiempo, seguro que tendré recaídas. Pero ayer tuve una revelación, mantuve una charla amistosa con una niña de quince años del Congo que volvía a su aldea. Ella había venido a este mundo tras una violación de cinco soldados del ejército de su país. Yo intenté saber el motivo de su cura ya que ella no paraba de reír. Realmente se la veía contenta y cuando la pregunté cómo lo hizo, me contestó tal como yo lo habría hecho en mis buenos tiempos: “yo he seguido mi camino, siga usted el suyo. Aún me duele como me trataron pero tengo una familia que cuidar, una tierra donde trabajar. En mi país no nos podemos permitir el lujo de llorar como en el suyo. Ahí la muerte nos acecha cada día. Tenemos dos opciones: acobardarnos y morir o luchar para sobrevivir” ¡Qué tristeza una vida así! Le comentó yo pero ella supo contestarme: “quizás para ustedes, los europeos, lo sea, pero en mi país no tenemos otra opción, para nosotros eso ya es motivo de felicidad, no tenemos grandes sueños, desde pequeños nos roban, matan y violan, una vida así no deja para muchas esperanzas. Su problema es todas esas tonterías que tienen en la cabeza, esperan mucho de la vida ya que siempre lo han tenido todo y luego cuando tienen un pequeño problema se hunden. No se crea que les crítico, una parte de mí lo entiende, ya que teniendo una vida tan cómoda como la suya, es normal ser más débil de carácter, ojala yo tuviese sus problemas. Usted parece buen hombre, estoy segura que saldrá de este lugar aunque tiene que perdonarse a sí mismo, aceptar su error, volver aceptarse y quererse, comenzar de cero, le costará al principio, pero si insiste lo conseguirá, ya lo verá. Le deseo toda la suerte del mundo”. ¡Qué palabras tan llenas! Cuántos intelectuales con sus dos o tres carreras intentan encontrar sentido de la vida y no lo consiguen, en cambio, una persona analfabeta del tercer mundo me ha enseñado una gran lección. Tras esta agradable plática ella se fue y nos deseamos mucha suerte. Parece mentira, la fuerte mirada de esa chica, su gran sonrisa con esos dientes tan blancos y separados que chocaban con su piel negra, me han devuelto la fuerza para salir delante de la Oscuridad. Voy a ir poco a poco, no quiero correr y equivocarme, encontraré la Luz de mi camino, no pienso volver a ser oscurecido por otra Luz maligna como Dalia, yo voy a ser mi propia Luz, mi propio camino, sólo puedo confiar en mí y cuatro o cinco personas más que serán las únicas Luces que pienso entrar en mi camino. Cueste lo que cueste, ayer era totalmente Oscuridad, pero hoy mientras escribo estas líneas, me ha vuelto un poco la esperanza, no es Luz todavía, sin embargo, es una buena señal, hacía tiempo que no veía mi futuro con algo de esperanza. Sé que en mi Oscuridad aún hay Luz, me la dormí hace tiempo, ahora tengo que despertarla, sacar la Luz de mi Oscuridad, ser Luz hasta la muerte.
- Este texto está muy bien, te felicito, es muy superior a los demás. Tienes ideas muy pesimistas pero ciertas, aunque también es cierto que dejas un cierto optimismo para la vida de uno mismo gracias al arte – dijo Liv con toda sinceridad.
- ¡Gracias! Aunque tengo mucho por mejorar – humildemente, pero no con falsedad, dijo Federico.
- Leyendo este texto, no sé si decir cuento, he pensado en Dalia. Te ha calado mucho, tendría que ser una persona extraordinaria.
- No he conocida ninguna mujer con tanta inteligencia, pero también tenía sus partes oscuras como todas las personas.
- Claro. Nadie es una excepción – dijo Liv.
- Creo que pronto saldremos de aquí – cambio de tema Federico.
- ¿Por qué dices eso?
- En estos tres días he sentido algo parecido a la alegría, me he encontrado bien escribiendo. Cuando tocaba la guitarra en nuestro mundo sentía que me faltaba algo, que no era capaz de expresar todos mis sentimientos y de conocerme a mí mismo, pero con la literatura me siento lleno, se me va la tristeza cuando escribo, aunque hable de ella… ha sido tanto el placer de escribir… no sé cómo contarte… - se avergonzó Federico.
- No te cortes, me has contado historias muy fuertes, no creo que me asuste – dijo Liv para animar a Federico.
- He sentido deseo sexual…– dijo secamente Federico.
- Ah… - dijo Liv sin saber qué decir exactamente.
- … contigo – acabó Federico su secreto.
- Ya…
Liv no dijo nada más, miró a Federico y éste comprendió que ella había sentido lo mismo. Se besaron tímidamente, sin ninguna pasión, no obstante, poco a poco la lujuria los gobernó y desataron todas sus perversiones. Se quitaron la ropa rápidamente Liv se puso tumabada en la cama, Federico la penetró. Hacía mucho que no tenían relaciones sexuales y ambos eyacularon rápidamente. Descansaron besándose y animándose tras el primer fracaso ya que era normal después de sus depresiones. El segundo asalto no tardó mucho, todo fue mucho mejor, aunque en el barrio Houcllecbecq era otoño, nuestros protagonistas desarrollaron su primavera más intensa en el suelo, en la cama con toda su pasión y lujuria, amor hubo aunque fue todo tan racional y respetuoso que a ninguno de los dos se les imaginó una relación en el mundo real. Verano Caliente lo comentó y ella le dio la razón.
- Claro que es imposible, Federico. Además tú llevas poco en este mundo ¿en qué año naciste?
- En mil novecientos ochenta y ocho ¿y tú?
- Yo llevo más tiempo en este mundo que tú. Nací en mil novecientos cincuenta – respondió Liv.
- Hay una pequeña diferencia, pero cuando vuelvas seguirá tu mundo igual – habló Federico.
- Eso me han dicho….
- Nunca hubiese pensado que alguien con un traje tan poco oscuro llevaría tanto tiempo aquí.
- Va por épocas, a veces me animó un poco pero al final siempre caía, hasta que te conocí.
- Lo que no entiendo es cómo conoces la existencia del sida – dijo Federico.
- Aquí ha venido más de un enfermo de esa enfermedad y me han hablado de ella. Con la última persona que hice un poco de migas fue el vecino que te insultó cuando viniste el primer día, se llama Fernando, vino en mil novecientos ochenta y ocho, finalmente nos dejamos de hablar por razones que ya no importan… supe la fecha actual que llevaba aquí cuando leí tu cuento “Crisis”, no pensaba que había pasado tanto tiempo, no te comenté nada por que no aceptaba mi incapacidad para salir de este mundo, ahora ya no me avergüenzo de nada, me encuentro bien… - entonces abrió la puerta la Tristeza, ellos estaban desnudos, no se avergonzaron, aún así eran victoriosos
- ¡Enhorabuena! – Dijo la Tristeza sin ningún rencor – Podéis volver a vuestro mundo.
- Eso creíamos – dijo Federico.
- Normalmente nunca voy a decir a mis inquilinos que se pueden ir, pero hoy es una excepción. Nunca nadie había salido tan rápido de este lugar, Federico – habló la Tristeza.
- He sufrido, me ha costado, pero sin Liv me hubiese costado mucho más – fue sincero Federico.
Federico Verano Caliente fue a su cuarto a ponerse por fin su ropa, fue desnudo, lo cual provocó gran vergüenza a la Tristeza. Cerró la puerta para ordenar sus textos, ahí se encontró con una sorpresa.
- Bien hecho – dijo el Federico familiar.
- Gracias – contestó Federico.
- Estoy un poco enfadado contigo.
- Perdón.
- No pasa nada, eres joven, es normal – dijo el Federico familiar.
- No lo sé – dijo Federico.
- Con la edad supongo que te comportarás mejor conmigo.
- Te aseguro que sí.
- Y dentro de lo que cabe tú te has portado bien con tu familia hasta que te dejo Dalia – habló el Federico familiar.
- Eso me ha pasado con todo el mundo – se defendió Federico.
- Sí, pero a tu familia le duele mucho más que a los demás.
- Tienes razón, pero ya me he dado cuenta de mi error.
- Lo sé, ahora toca el siguiente paso, cambiar tu actitud – dijo el Federico familiar.
- No lo dudes – dijo Federico con autoridad.
- Así me gusta, nos veremos entonces.
Verano Caliente cogió todo lo importante y esperó a Liv que aún no había terminado. Realmente ella había nacido en otra época, vestía una falda larga con una blusa de color rosa que le tapaba todo. Bajaron los dos, ahí les esperaba dos Guardias de la Salud, estaban ahí para que nadie molestase a los dos jóvenes, jamás en el barrio Houcllecbecq habían salido dos personas juntas, tal hecho podría provocar que la gente les molestase. Y así fue, cualquier persona que veía a esos dos chicos vestidos con la ropa del mundo real quería acercarse, mirándoles muy sorprendidos, pero los Guardias de la Salud daban un antuvión que espantaba a cualquiera. Federico le supo mal esos golpes, no obstante, primero era su seguridad y se calló. Poco a poco llegaron a la parada del tranvía, no se encontraba nadie, habían despejado toda la plaza para ellos. Entraron en el andén, uno de los Guardias de la Salud explicó las normas.
- Como sois de dos épocas distintas vais a coger diferentes tranvías. Primero el de Liv y luego el de Federico. No os asustéis por temblores o algún otro movimiento inesperado. Vais a llegar sanos. Por favor, Liv, sube ya al tranvía.
Liv miró a Verano Caliente con mucha ternura y cariño. Les sabía mal no poder volver a verse, así era la vida de dura a veces y nadie podía cambiar eso. No fue una despedida con muchas palabras, no sabían qué decirse, les hubiese gustado haber sido más alegres aunque no pudo ser. Liv cogió el tranvía y se marchó. Federico tuvo que esperar bastante tiempo hasta que llegase el siguiente tranvía, entonces vino la Tristeza.
- ¿Has venido a despedirte? – Dijo Federico a la Tristeza.
- No exactamente – contestó la Tristeza.
- ¿Cómo?
- ¿Te vas solo?
- Sí – respondió Federico aturdido.
- Te olvidas a alguien – dijo la Tristeza con alegría.
- ¿Quién?
- A tu amigo Juan Yerba Verde, también está aquí.
- No puede ser – dijo Federico.
- Sí, estoy a punto de volverle loco como todos los habitantes de aquí, aunque te voy a dejar la oportunidad de salvarle, vas a tener toda la eternidad, cuando yo me canse si no has conseguido nada, tú te iras a tu mundo y él se quedará aquí para siempre. ¿Qué vas hacer? ¿Salvarle de la locura? Puedes irte y dejarle a la fortuna. Tú mismo. Elige.
La Luz de la Oscuridad.
La vida es Oscuridad, un juego protervo e inri, un camino vericueto donde difícilmente deja sernos Luz. Todo aquello que nos rodea es y no forme parte de nuestro yo es Oscuridad, es decir, que la sociedad donde vivimos, la pseudo cultura, la educación y el sistema político-económico que nos han impuesto, la gran mayoría de las personas (compañeros de estudio o trabajo, los familiares no directos y casi todas las amistades menos los dos o tres íntimos de verdadera estima) son un vacío, un espacio de Oscuridad.
Pero en todo este espacio de Oscuridad llegan pequeños rayos de Luz que somos cada persona, cada yo. El problema reside en que aunque seamos muchas Luces, no somos capaces de iluminar toda esta Oscuridad porque entre las Luces nos destruimos. La Luz al ver toda esa Oscuridad le entra un gran pánico, a causa de esto y de su ignorancia, la Luz al ver otra como ella quiere destruirla. La Luz no entiende que entre todas sus hermanas seríamos capaces de iluminar todo el mundo Oscuro donde vivimos. La Luz no entiende la etiología del mundo, de toda es Oscuridad, de esa falta de esperanzas en la vida, su fatuidad es tan grande que la Luz llega a la conclusión de destruir a sus hermanas antes de ser eliminada por otra como ella.
No sé sabe que llegó antes ¿La luz o la Oscuridad? Hay dos teorías que intentan explicar estos dos conceptos existenciales. Primero existió la Oscuridad y después llegó la Luz que al no ver nada poco a poco iba perdiendo su energía, su fuerza y se iba oscureciendo. La segunda hipótesis dice que la Oscuridad antes era un mundo iluminado, pero entonces llegó la Luz del humano y con su marrullería destruyó todo aquel maravilloso mundo. Aunque es menester decir que no todas las Luces de la humanidad eran crueles y malvadas, algunas eran bondadosas aunque éstas eran destruidas por el mal, oscurecidas y finalmente ya no se conocía nada a esa persona. Es como la noche, hay muchas estrellas pero ninguna es capaz de iluminar la Tierra, incluso algunas sólo vemos un rayo suyo, pero no la estrella en sí, lo mismo pasa con las personas, no las vemos por culpa de la lejanía entre nosotros.
Últimamente rueda entre los intelectuales de occidente una nueva teoría que únicamente es una mezcla de las dos primeras, no hay nada nuevo pero en nuestra última década ha cogido mucha fuerza. La tercera hipótesis admite nuestra infinita ignorancia para poder explicar el origen de la Luz y la Oscuridad, así que no intenta dar una interpretación del principio de toda esta ciclotimia que nos rodea y nos apodera. Es cierto que viviendo en un mundo lleno de Oscuridad es fácil que una Luz se corrompa, no obstante, no siempre pasa eso e incluso hay grandes ejemplos de Luces puras, aunque son un número menor, en otras palabras, la Luz no nace ni pura ni maligna, dependiendo de su vida, de su mundo y de su personalidad será más propensa al bien o al mal. Como se puede observar estas nuevas ideas les falta un poco de contenido y una base más fuerte y sólida.
Pero si la historia ha enseñado algo es pesimismo ante la Luz, una batalla perdida de siempre, una derrota sempiterna que únicamente tiene fin con la muerte. La Luz está demasiado ocupada queriendo iluminarse demasiado, para ver mejor su camino o su coto privado, con lo cual hace cegar a otras Luces como bien se ha explicado antes. El camino se le puede llamar economía y política en términos generales o en conceptos concretos son empresas petroleras, el negocio de las armas-drogas-prostitución, las empresas y estados que explotan al tercer mundo (curiosamente manipulado por nuestros políticos como globalización), las hipotecas de países como España, el carácter desabrido de las empresas por obtener la máxima plus-valía y una, por desgracia, larga lista.
Nuestra es la Oscuridad queramos o no. Estos ejemplos citados son provocados por Luces malignas influenciadas por el mundo Oscuro o quizás viceversa, nadie lo sabe. No hay que olvidar otro tipo de Oscuridades como las enfermedades. Algunas son penas del destino como algún cáncer, enfermedades degenerativas y otras son provocadas por nosotros como el sida, aquí pasamos a la fase más oscura que puede llegar a una Luz que es la autodestrucción.
Cuando una Luz ha sido tan machacada, tan pisada por la Oscuridad, llega un momento en que esa persona pierde su Luz, piensa en vivir rápido para morir, algunos incluso llegan al suicido. La autodestrucción es algo muy extendido entre las personas de pie, tal hecho nunca se habla en las grandes esferas de la Oscuridad. Prueba de la autodestrucción es ver el nivel de ventas de empresas de alcohol o tabacaleras, por no nombrar los negocios ilegales ¿por qué la gente buscamos en las drogas una nueva Luz, una escapada en la Oscuridad? Quizás la respuesta es por la Luz artificial y temporalmente bonita que nos provocan las drogas, esa escapada de la Oscuridad se agradece mucho, y aunque luego al día siguiente la resaca duela mucho o tengamos dolor de mandíbula, querremos volver a repetir para volver a salir de la Oscuridad, aunque ello suponga cortarnos la vida. Pero el camino de las drogas es una mentira ya que según la persona está mas adicta a las pastillas o lo que sea, éstas crean todavía un mundo más oscuro que la vida real y terrible, el cual es muy difícil de salir.
Hay algunas Luces que eligen la autodestrucción, otras en cambio, torturan y apagan a otras Luces para sentirse mejor. Esto puede ser el caso del mobbing o el uxoricidio. Cuántos compañeros de trabajo a causa de su sexualidad o ser mujer han sido maltratados psicológicamente, o la esposa maltratada injustamente por su marido y algunas violadas por algún desecho de Luz. La causa es la Oscuridad que nos rodea, aunque los políticos hacen creernos que quieren arreglar estos problemas, no sé cómo, si no llegamos a un mundo donde todas las Luces puedan iluminar por igual jamás podremos solucionar nada, ni los maltratos ni las drogas ni la prostitución ni las armas ni las guerras.
No obstante, estas ideas son muy idealistas y utópicas. Jamás podremos solucionar nuestra Oscuridad. Ahora dejaremos los ejemplos más sociales para pasar a otros iguales de importantes como son las relaciones personales. Éstas son las más importantes para la felicidad del yo, quizás el sexo y el amor son los líderes de la clasificación, es importante notar como hay Luces que hemos sido destruidas por otras por amor, como hemos olvidado ser nuestro yo complaciendo a otra Luz, aunque suele suceder cuando nuestra Luz se obsesiona por otra Luz. Cada vez la gente entiende un poco más que con el ideal utópico del amor eterno no se llega a la felicidad, sin embargo, continúan con sus parejas ya que así se lo manda su educación, y no importa que eso suponga la destrucción de su Luz. Algunas parejas no se separan por el bien de sus hijos, pero no entienden que quizás es peor para el niño ver toda esa Oscuridad entre sus padres. Una tercera posibilidad es el miedo a la soledad, de eso ya hablaré más adelante.
Decir que el hombre y la mujer somos iguales es una necedad, aunque no significa que no tengamos que tener los mismos derechos sociales, un hombre busca relacionarse con varias mujeres, él únicamente se fija en su físico para tener sexo, luego con el tiempo puede llegar a enamorarse y dejar las otras hembras por amor. Una mujer tiene el sentimiento de maternidad, busca una macho que le deje preñada, si es un tipo con personalidad fuerte, mucho mejor, ellas buscan más la psicología, pero no se olvidan del físico lógicamente, después cuando el macho ya es suyo lo reeducan a su manera. Quizás una mujer cuando se hace más madura quiere divertirse sexualmente más con los hombres, en otras palabras, una muchacha de veinte años no se siente muy segura con una historia sexual con un desconocido a causa de su inexperiencia, aunque cuando cumpla 30 años le gustará y posiblemente mandará en muchas ocasiones. Los hombres siempre tienen ese carácter primario sexual, aunque sí es cierto que con los años es como una llama mortecina.
Las personas perdemos el norte por nuestra pareja en alguna ocasión, nos desviamos a un camino Oscuro, donde no hay ni estrellas que nos iluminen el trayecto. Si esta persona es agreste puede aprovecharse del enamorado o enamorada. Muchos ejemplos hay de como una mujer se ha casado con el marido por dinero, por la nacionalidad… y sinceramente pensando ahora me doy cuenta de que las mujeres nos engañan bien y como quieren, nosotros lo intentamos pero solemos fracasar más que ellas, aunque hay de todo tipo de casos en el mundo. Por eso muchos hombres al sentirse inferiores a su mujer, acaban maltratándola.
Pero no seamos hipócritas y no hablemos más del amor, sino el verdadero motor de las parejas, el sexo. Los hombres tenemos un problema, no tenemos suficiente sangre por todo el cuerpo para pensar con claridad en un estado de excitación sexual. Recuerdo perfectamente una noche con una chica que vi la Luz más increíble de mi vida. Todo estaba iluminado y sentía una gran sensación penetrándola, fue tal la excitación que cuando eyaculé hasta me mareé, fue un gusto paradisíaco. El sexo en algunas edades, sobretodo la juventud, es el verdadero motor de la Luz. Si hay sexo, hay Luz. Si no hay sexo, hay autosatisfacción en el cuarto a oscuras. Con el paso del tiempo, según los jóvenes se convierten en adultos responsables con graves preocupaciones como la hipoteca, el trabajo basura, los gastos de los hijos… La Luz que crecía sin parar con el sexo se apaga poco a poco. El hombre quiere sexo, pero la mujer ya ha tenido el deseo de tener un hijo y deja al marido e incluso el sexo en un segundo plano, también hay que añadir el aliciente del aburrimiento sexual de la pareja después de estar tantos años juntos. Es cuando llega la verdadera Oscuridad Aquí salen varias preguntas: ¿la pareja cumple el papel que ha designado la sociedad y la religión? ¿O somos las personas así de idealistas? Quizás las dos preguntas tengan respuestas afirmativas. E igualmente aunque ahora los matrimonios ya no tengan que durar toda la vida, los divorcios destrozan muchas Luces y cuesta salir para delante, se necesita mucho tiempo. Es un tema bastante complicado y con soluciones nada fáciles. Y más teniendo cuenta de como ha estado el sexo de censurado hasta hace pocos días ¿ahora como está: manipulado, en su justa medida o excedido de libertad? Creo que la respuesta no es muy optimista ya que en una sociedad con una buena educación sexual, no tendría que haber tantos problemas para algunas personas para llegar a tener relaciones sexuales, haberlos siempre los habrá pero tendría que ser una minoría. Aún queda cierto tabú en el sexo como es la prostitución, la homosexualidad, los travestidos o transexuales. En cierta medida el sexo está manipulado, nos imponen un físico y una manera de ser que mucha gente no encaja. También es cierto que sobran algunas escenas sexuales gratuitas que únicamente sirven como nuevo opio del pueblo, por ejemplo: puede ser el caso de ver en una película a la chica desnuda y al chico no se le ve nada, mientras ejercen sus cuerpos el acto sexual. La conclusión es que el sexo es el gran motor de la Luz y también puede ser la gran desgracia, la gran Oscuridad que acabe con la persona, amor y sexo no tienen que ser siempre una pareja fiel ¿a caso por hacer el amor con la pareja salen los hijos más guapos?
El sexo puede ser el motor personal de la Luz, pero la infancia puede marcar nuestra personalidad para toda la vida, por tanto el motor para impulsar una sana vida sexual gracias a un carácter seguro, o una vida sexual solitaria al ser una persona pusilánime. La relación entre padres e hijos también es muy importante para la Luz, desde la infancia hasta la edad adulta. El yo de la infancia quiere copiar a sus máximos ídolos que son sus padres, luego con la adolescencia, el yo intenta hacer una catarsis porque para nada quiere ser como sus padres, en la juventud hay una pequeña guerra aunque no tan importante como la etapa anterior, cuando el yo ya es adulto, padres e hijos suelen volver a tener una buena relación. Cuando por fin el hijo se ha independizado y ha formado su familia, llega a entender de verdad a sus padres, el hijo comprende su culpabilidad. Todas estas etapas mencionadas suelen pasar en una familia bien estructurada. Cuando el niño ha tenido una infancia feliz su Luz es inmensa, luego llega el primer síntoma de Oscuridad que suele aparecer en la adolescencia, que es causa de muchos problemas para el yo. Con el paso del tiempo, el yo acepta el apagón e intenta hacer su vida lo más dignamente posible. Ya en la edad adulta hay algunas Luces apagadas, otras durarán un poco más aunque casi todas están destinadas acabar en la Oscuridad, incluso las Luces malignas ya que también se destruyen entre sí. En una familia no estructurada el niño crece ya en una total oscuridad y suelen acabar bastante mal en su etapa adulta, aunque algunos han conseguido de sí mismos crear una Luz, lo cual, no significa que sean buenas siempre.
La Luz tiene otros enemigos mortales como son las religiones, las filosofías, las ideologías políticas y el sindicalismo. Corrientes intelectuales algunas, otras pseudo intelectuales (¿desde cuando creer en algo se le puede considerar del mismo nivel intelectual que entender?), pero sin duda, el que más daño ha hecho a la Luz ha sido la religión, en nuestra casa el catolicismo, una de las muchas interpretaciones del cristianismo. En nombre de una Luz inexistente se han destrozado millones de vidas durante dos mil años ¿Dios es Luz y nosotros Oscuridad o Dios ha sido una idea Oscura para eliminar nuestro yo y nuestra Luz? Y sin embargo, mucha gente consigue reducir sus penas con la idea de un ser todopoderoso, personas absolutamente perdidas en la Oscuridad, que encajan perfectamente con los protagonistas del mito de la caverna de Platón. Entonces quizás hay que respetar cada creencia de persona, cada individuo es el responsable de su Luz, los demás no tienen que interferir en la decisiones de los demás. La filosofía es en más de una ocasión un intento estúpido de explicar o interpretar a las personas y su naturaleza, algo que está destinado cada individuo en conocer su propia Luz, no obstante, es algo complicado y muchos han fracasado. Hay algunas doctrinas filosóficas sectarias que manipulan a personas, sin embargo, la filosofía no es un centro de Oscuridad como lo puede ser la religión para la gente, ya que la primera está más destinada para una minoría intelectual. Ya en la historia contemporánea salió las ideologías políticas donde por un momento pareció que la Luz volvía a resurgir gracias a la ilustración, incluso se llama a esa época siglo de las Luces, sin embargo, todo acabó en un fracaso. Para contrarrestar el nuevo orden salieron el marxismo y el anarquismo. La primera es más que sabida por todos como acabó, la segunda ha tenido en más de una ocasión revoluciones que han sido temporalmente cortas al ser frenadas por las autoridades, no sé sabe si dicha revolución fue un fracaso o un éxito por su corta duración. Entre el marxismo y el anarquismo, también existe el sindicalismo, que es la herramienta defensiva del trabajador, actualmente este grupo se ha convertido en una burocracia mafiosa. Lo que no cabe duda es el sectarismo de todas las ideologías políticas y los diferentes tipos de sindicalismo (comunismo, social-demócrata, anarcosindicalismo y comunismo libertario). La Luz del yo acaba siendo totalmente anulada y la persona ve el mundo tal como dicta la ideología, e incluso en algunos casos se llega al odio, la violencia y la muerte por defender tales ideas.
La Luz entonces tiene a muchos enemigos conocidos como Oscuridad que pueden ser la vida o sociedad que nos rodea, las personas que nos hacen daño o manipulan (ya sea un amor, una amistad o un familiar), y las corrientes citadas en el anterior párrafo. La Luz se apaga con mucho factor externo, e incluso a veces es el propio yo el precursor de la desaparición de la Luz a causa de la autodestrucción. Lo bonito e ideal sería apagar la Luz en nuestra muerte, pero ésta es otra Oscuridad que nos tortura, ya que somos incapaces de entender el sentido de la vida sabiendo que existe la muerte. Algunos se consuelen en pensar en una vida prometida por nadie después de la muerte, aunque seguramente es el miedo quien nos hace llegar a tales pensamientos. La muerte es algo terrible, es la eliminación total de la Luz, del yo. No volver a respirar, pensar, reír o llorar es algo horroroso. Lo lógico entonces sería suicidarnos si en nuestras vidas, cuando todo lo que hacemos está destinado al máximo vacío, donde nosotros no sentiremos nada, quizás por eso es mejor no pensar con tales conceptos y disfrutar de la vida siendo un poco despreocupado, y el arte también nos salva de la Oscuridad. La literatura o cualquier arte llenan vacíos como lo puede hacer el amor, ésos son los mejores conceptos de la Luz,, ahí es más difícil que la Oscuridad llegué a destruirnos aún admitiendo que no es imposible, gracias a nuestra inconsciencia y el arte tenemos un poco de optimismo en nuestra vida personal y creemos que la única batalla perdida es la muerte.
La Luz de mi Oscuridad.
Yo fui Luz gracias a mi idea sobre la vida pero por mi culpa o la influencia de otra Luz maligna de una mujer me he convertido en Oscuridad. Ahora mismo soy un campo erial y no entiendo cómo he podido llegar a convertirme en un ser tan Oscuro. Sobrevaloré a esa chica, en un principio para mi era una probatura, después me enamoré y confié en ella para luego destrozar toda mi Luz. Con ella no veía nada en absoluto, tan sólo pensaba en nuestra relación, olvidando injustamente las demás personas de mi vida. No es bueno que una Luz quedé tan cegada por otra pero yo caí, realmente llegué y aún siento un gran amor por Dalia.
Mi problema ha podido creerme saber más de la cuenta, ser más inteligente que los demás, he pecado de sabio cuando soy un agreste de la vida. Creí llegar a ser una Luz muy poderosa hablando a la gente como si yo fuese el portador de la verdad y simplemente era un bocazas ¿Qué pensaría ahora aquel chico suicida del amor que mi amigo Yerba Verde y yo salvamos en el barco de la Muerte? Ahora es Paco Pocero Poyuelo quien tendría que darme esa charla, le hablé de una forma tan grosera y de falsa molestia ¡qué fácil es criticar al hambriento cuando come basura con el estomago lleno! ¡Qué fácil es ser poeta sin saber escribir!
También tengo otro defecto y es ser demasiado testarudo. Cuando tengo una idea en mi mente nadie es capaz de quitármela. Lo irónico es que siempre he criticado a la gente como yo, sobretodo a los ideólogos políticos pero yo hice un discurso contra ellos con su mismo fanatismo. El tiempo dirá si he aprendido la lección y se callarme un poco, ser menos prepotente y más humilde.
Llevo un tiempo en que no vivo nada la vida, hablo mucho de ella y de Dalia… quiero recuperarme, lo intento pero no es nada fácil. El pensamiento de Dalia me persigue a todas horas, haga lo que haga siempre tengo un momento para acordarme de su olor, de su sonrisa, de su cuerpo, de nuestros momentos vividos y me revienta pensar que mientras escribo estas líneas ella está con otro tipo. Desconozco si Dalia va a hacer un nuevo sepelio a su nuevo chico tal como hizo conmigo, aunque creo que ella es de esas mujeres de las cuales o son burladas por el amor, o ella maltrata psicológicamente a su amante o pareja.
Dalia me ha convertido en una anhedonia, hace tanto tiempo que no siento alegría. Ya no veo la vida como algo policromo, sino como un castigo que tiene cura con la muerte. Ahora ya me he convertido en otro ser desilusionado con la vida ¿para qué vivir? ¿Qué sentido tiene una vida en la cual nadie sabe quién es? Intento sacar las fuerzas pero no sé dónde están, los primeros meses sin Dalia únicamente pensaba en volver con ella, sin embargo, eso se acabó para siempre, quiero salir aunque me está costando demasiado y es que hasta invisible ella es preciosa.
Tengo miedo de levantarme y volver a caer ¿enamorarme otra vez? No creo, es algo muy difícil en un corto término de tiempo. Volver a mi anterior vida tampoco es una buena opción, realmente yo quería ser amado, sabía que seguir con Magdalena iba a ser muy peligroso para mí, no dejaba de ser una manfla, fue una de las razones de mi obsesión por Dalia, mi vida hedonista me llenó en muchos sentidos, aunque siempre sentía que me faltaba algo, jamás comenté tales pensamientos a nadie. Espero que mis amigos me perdonen y me acepten como antes. Me atormenta pensar que nunca más volveremos a disfrutar tanto de la vida como cuando éramos adolescentes, otro de nuestros defectos ha sido querer vivir muy deprisa, así uno se quema antes. Es de lógica pensar que ahora que ya tenemos veinte años no va ser como hace cuatro o tres años atrás, pero sí me gustaría volver a vivir aventuras o locuras nuevas, aunque con menos alcohol y drogas. De hecho aún somos unos niños, aunque siento que cada año avanzado se me va un poco de felicidad, entonces no quiero verme a los treinta.
Hago un ejercicio mnemónico y me viene a la cabeza mis dos mejores amigos, Jesús y Juan ¡ojala se hubiesen conocido! Les quise como hermanos y son mis hermanos, pero soy tan Oscuro que no puedo servir para nada. La muerte de Amador me hundió en un pozo aún más hondo, cuando pensaba que ya había tocado fondo con mi separación de Dalia, llegó una nueva desgracia. Si pudiera decirle a Juan como estoy de triste por él, querer ayudarle y no poder es algo que me hace más desgraciado. Él está destrozado, sé lo que siente ya que la muerte de Jesús para mí fue muy dura, al igual que Juan entiende mis sentimientos tras la ruptura con Dalia ya que a él también paso por esa situación. Sin duda alguna, nuestras nuevas desgracias o nos une más o nos separa para siempre. El desamor es uno de los peores sentimientos, no obstante, peor es el problema de Juan. Le echó de menos, desde que Dalia me dejó, me siento tan solo. Necesito la Luz de Juan, Rocío, Eyizabeth y Javier para volver a ser feliz. Únicamente confió en ellos… y en mis padres lógicamente. A mí siempre me ha gustado la soledad en un término miedo para poder leer, tocar mi guitarra, etcétera. Me gustaba esa soledad porque después sabía que tenía a mis amigos y luego a Dalia. Juan me avisó que me estaba separando de ellos, yo en parte era consciente aunque me auto engañaba creyendo que todo iría bien ¡fui tan inocente, tan idiota! Ahora siempre estoy solo, cosa que me entristece más. Por fin entiendo a la gente que no se separa con su pareja por miedo a la soledad. Es algo espantoso. Es un pozo sin salida, alguien tiene que echarme una cuerda pero soy yo quien tiene que subir. Así veo yo la buena amistad (como los buenos libros), son Luces que te hacen ser mejor Luz. Aún estoy esperando la cuerda.
De los sentimientos de Juan tan sólo puedo especular ya que no sé exactamente sus pensamientos. Seguro que son tan Oscuros como los míos, realmente estamos tan mal porque hemos perdido esperanza en la vida ¿cómo se recupera? Intento volver a caminar por el buen camino aunque me he desviado mucho y estoy demasiado perdido. Quizás mi problema es ser yo, no me quiero, quiero ser otro… con el tiempo volveré a tener la autoestima alta y me querré mucho, más me vale que sea así por mi bien.
He revisado las anteriores líneas y no me entiendo, no sé que quiero. Quizás es mejor que en una persona sobre que falte, mejor ser preponte que demasiado humilde…
He parado de escribir durante un par de días (digo “un par de días”, aunque realmente, no tengo ni idea ya que en este mundo no existe el tiempo) para pensar en mí, sólo yo. Tras mucho pensar, sufrir y hasta llorar un poco he decidido seguir para delante, necesito tiempo, seguro que tendré recaídas. Pero ayer tuve una revelación, mantuve una charla amistosa con una niña de quince años del Congo que volvía a su aldea. Ella había venido a este mundo tras una violación de cinco soldados del ejército de su país. Yo intenté saber el motivo de su cura ya que ella no paraba de reír. Realmente se la veía contenta y cuando la pregunté cómo lo hizo, me contestó tal como yo lo habría hecho en mis buenos tiempos: “yo he seguido mi camino, siga usted el suyo. Aún me duele como me trataron pero tengo una familia que cuidar, una tierra donde trabajar. En mi país no nos podemos permitir el lujo de llorar como en el suyo. Ahí la muerte nos acecha cada día. Tenemos dos opciones: acobardarnos y morir o luchar para sobrevivir” ¡Qué tristeza una vida así! Le comentó yo pero ella supo contestarme: “quizás para ustedes, los europeos, lo sea, pero en mi país no tenemos otra opción, para nosotros eso ya es motivo de felicidad, no tenemos grandes sueños, desde pequeños nos roban, matan y violan, una vida así no deja para muchas esperanzas. Su problema es todas esas tonterías que tienen en la cabeza, esperan mucho de la vida ya que siempre lo han tenido todo y luego cuando tienen un pequeño problema se hunden. No se crea que les crítico, una parte de mí lo entiende, ya que teniendo una vida tan cómoda como la suya, es normal ser más débil de carácter, ojala yo tuviese sus problemas. Usted parece buen hombre, estoy segura que saldrá de este lugar aunque tiene que perdonarse a sí mismo, aceptar su error, volver aceptarse y quererse, comenzar de cero, le costará al principio, pero si insiste lo conseguirá, ya lo verá. Le deseo toda la suerte del mundo”. ¡Qué palabras tan llenas! Cuántos intelectuales con sus dos o tres carreras intentan encontrar sentido de la vida y no lo consiguen, en cambio, una persona analfabeta del tercer mundo me ha enseñado una gran lección. Tras esta agradable plática ella se fue y nos deseamos mucha suerte. Parece mentira, la fuerte mirada de esa chica, su gran sonrisa con esos dientes tan blancos y separados que chocaban con su piel negra, me han devuelto la fuerza para salir delante de la Oscuridad. Voy a ir poco a poco, no quiero correr y equivocarme, encontraré la Luz de mi camino, no pienso volver a ser oscurecido por otra Luz maligna como Dalia, yo voy a ser mi propia Luz, mi propio camino, sólo puedo confiar en mí y cuatro o cinco personas más que serán las únicas Luces que pienso entrar en mi camino. Cueste lo que cueste, ayer era totalmente Oscuridad, pero hoy mientras escribo estas líneas, me ha vuelto un poco la esperanza, no es Luz todavía, sin embargo, es una buena señal, hacía tiempo que no veía mi futuro con algo de esperanza. Sé que en mi Oscuridad aún hay Luz, me la dormí hace tiempo, ahora tengo que despertarla, sacar la Luz de mi Oscuridad, ser Luz hasta la muerte.
- Este texto está muy bien, te felicito, es muy superior a los demás. Tienes ideas muy pesimistas pero ciertas, aunque también es cierto que dejas un cierto optimismo para la vida de uno mismo gracias al arte – dijo Liv con toda sinceridad.
- ¡Gracias! Aunque tengo mucho por mejorar – humildemente, pero no con falsedad, dijo Federico.
- Leyendo este texto, no sé si decir cuento, he pensado en Dalia. Te ha calado mucho, tendría que ser una persona extraordinaria.
- No he conocida ninguna mujer con tanta inteligencia, pero también tenía sus partes oscuras como todas las personas.
- Claro. Nadie es una excepción – dijo Liv.
- Creo que pronto saldremos de aquí – cambio de tema Federico.
- ¿Por qué dices eso?
- En estos tres días he sentido algo parecido a la alegría, me he encontrado bien escribiendo. Cuando tocaba la guitarra en nuestro mundo sentía que me faltaba algo, que no era capaz de expresar todos mis sentimientos y de conocerme a mí mismo, pero con la literatura me siento lleno, se me va la tristeza cuando escribo, aunque hable de ella… ha sido tanto el placer de escribir… no sé cómo contarte… - se avergonzó Federico.
- No te cortes, me has contado historias muy fuertes, no creo que me asuste – dijo Liv para animar a Federico.
- He sentido deseo sexual…– dijo secamente Federico.
- Ah… - dijo Liv sin saber qué decir exactamente.
- … contigo – acabó Federico su secreto.
- Ya…
Liv no dijo nada más, miró a Federico y éste comprendió que ella había sentido lo mismo. Se besaron tímidamente, sin ninguna pasión, no obstante, poco a poco la lujuria los gobernó y desataron todas sus perversiones. Se quitaron la ropa rápidamente Liv se puso tumabada en la cama, Federico la penetró. Hacía mucho que no tenían relaciones sexuales y ambos eyacularon rápidamente. Descansaron besándose y animándose tras el primer fracaso ya que era normal después de sus depresiones. El segundo asalto no tardó mucho, todo fue mucho mejor, aunque en el barrio Houcllecbecq era otoño, nuestros protagonistas desarrollaron su primavera más intensa en el suelo, en la cama con toda su pasión y lujuria, amor hubo aunque fue todo tan racional y respetuoso que a ninguno de los dos se les imaginó una relación en el mundo real. Verano Caliente lo comentó y ella le dio la razón.
- Claro que es imposible, Federico. Además tú llevas poco en este mundo ¿en qué año naciste?
- En mil novecientos ochenta y ocho ¿y tú?
- Yo llevo más tiempo en este mundo que tú. Nací en mil novecientos cincuenta – respondió Liv.
- Hay una pequeña diferencia, pero cuando vuelvas seguirá tu mundo igual – habló Federico.
- Eso me han dicho….
- Nunca hubiese pensado que alguien con un traje tan poco oscuro llevaría tanto tiempo aquí.
- Va por épocas, a veces me animó un poco pero al final siempre caía, hasta que te conocí.
- Lo que no entiendo es cómo conoces la existencia del sida – dijo Federico.
- Aquí ha venido más de un enfermo de esa enfermedad y me han hablado de ella. Con la última persona que hice un poco de migas fue el vecino que te insultó cuando viniste el primer día, se llama Fernando, vino en mil novecientos ochenta y ocho, finalmente nos dejamos de hablar por razones que ya no importan… supe la fecha actual que llevaba aquí cuando leí tu cuento “Crisis”, no pensaba que había pasado tanto tiempo, no te comenté nada por que no aceptaba mi incapacidad para salir de este mundo, ahora ya no me avergüenzo de nada, me encuentro bien… - entonces abrió la puerta la Tristeza, ellos estaban desnudos, no se avergonzaron, aún así eran victoriosos
- ¡Enhorabuena! – Dijo la Tristeza sin ningún rencor – Podéis volver a vuestro mundo.
- Eso creíamos – dijo Federico.
- Normalmente nunca voy a decir a mis inquilinos que se pueden ir, pero hoy es una excepción. Nunca nadie había salido tan rápido de este lugar, Federico – habló la Tristeza.
- He sufrido, me ha costado, pero sin Liv me hubiese costado mucho más – fue sincero Federico.
Federico Verano Caliente fue a su cuarto a ponerse por fin su ropa, fue desnudo, lo cual provocó gran vergüenza a la Tristeza. Cerró la puerta para ordenar sus textos, ahí se encontró con una sorpresa.
- Bien hecho – dijo el Federico familiar.
- Gracias – contestó Federico.
- Estoy un poco enfadado contigo.
- Perdón.
- No pasa nada, eres joven, es normal – dijo el Federico familiar.
- No lo sé – dijo Federico.
- Con la edad supongo que te comportarás mejor conmigo.
- Te aseguro que sí.
- Y dentro de lo que cabe tú te has portado bien con tu familia hasta que te dejo Dalia – habló el Federico familiar.
- Eso me ha pasado con todo el mundo – se defendió Federico.
- Sí, pero a tu familia le duele mucho más que a los demás.
- Tienes razón, pero ya me he dado cuenta de mi error.
- Lo sé, ahora toca el siguiente paso, cambiar tu actitud – dijo el Federico familiar.
- No lo dudes – dijo Federico con autoridad.
- Así me gusta, nos veremos entonces.
Verano Caliente cogió todo lo importante y esperó a Liv que aún no había terminado. Realmente ella había nacido en otra época, vestía una falda larga con una blusa de color rosa que le tapaba todo. Bajaron los dos, ahí les esperaba dos Guardias de la Salud, estaban ahí para que nadie molestase a los dos jóvenes, jamás en el barrio Houcllecbecq habían salido dos personas juntas, tal hecho podría provocar que la gente les molestase. Y así fue, cualquier persona que veía a esos dos chicos vestidos con la ropa del mundo real quería acercarse, mirándoles muy sorprendidos, pero los Guardias de la Salud daban un antuvión que espantaba a cualquiera. Federico le supo mal esos golpes, no obstante, primero era su seguridad y se calló. Poco a poco llegaron a la parada del tranvía, no se encontraba nadie, habían despejado toda la plaza para ellos. Entraron en el andén, uno de los Guardias de la Salud explicó las normas.
- Como sois de dos épocas distintas vais a coger diferentes tranvías. Primero el de Liv y luego el de Federico. No os asustéis por temblores o algún otro movimiento inesperado. Vais a llegar sanos. Por favor, Liv, sube ya al tranvía.
Liv miró a Verano Caliente con mucha ternura y cariño. Les sabía mal no poder volver a verse, así era la vida de dura a veces y nadie podía cambiar eso. No fue una despedida con muchas palabras, no sabían qué decirse, les hubiese gustado haber sido más alegres aunque no pudo ser. Liv cogió el tranvía y se marchó. Federico tuvo que esperar bastante tiempo hasta que llegase el siguiente tranvía, entonces vino la Tristeza.
- ¿Has venido a despedirte? – Dijo Federico a la Tristeza.
- No exactamente – contestó la Tristeza.
- ¿Cómo?
- ¿Te vas solo?
- Sí – respondió Federico aturdido.
- Te olvidas a alguien – dijo la Tristeza con alegría.
- ¿Quién?
- A tu amigo Juan Yerba Verde, también está aquí.
- No puede ser – dijo Federico.
- Sí, estoy a punto de volverle loco como todos los habitantes de aquí, aunque te voy a dejar la oportunidad de salvarle, vas a tener toda la eternidad, cuando yo me canse si no has conseguido nada, tú te iras a tu mundo y él se quedará aquí para siempre. ¿Qué vas hacer? ¿Salvarle de la locura? Puedes irte y dejarle a la fortuna. Tú mismo. Elige.
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