lunes 1 de febrero de 2010

El árbol de Navidad.

"El árbol de Navidad" de Fedor Dostoievski.

... En una gran ciudad, en nochebuena, bajo un frío intenso, vi un niñito, muy niño aún, de seis años, quizás de menos aún, todavía no lo bastante crecido para que se le hiciera mendigar, pero ya lo suficiente para que uno o dos años más tarde se le enviara a hacerlo, como se liaría sin duda.

Aquel niño despertó tiritando una mañana, en un sótano húmedo y frío, abrigado con una especie de batita, vieja y raída. El aliento le salía en forma de vapor blanco: sentado en un rincón, sobre un baúl, distraíase activando de propósito su respiración, divirtiéndose con verla salir. Pero tenía mucha hambre. Desde la madrugada se había acercado ya varias veces a la cama de tablas, cubierta con un delgado jergón, en que estaba acostada la madre enferma, con la cabeza apoyada en un montón de harapos a guisa de almohada.

¿Cómo ha llegado hasta allí aquella pobre, mujer? Habrá salido sin duda con su hijo de alguna ciudad lejana en que la acometió la enfermedad. La dueña de aquel tugurio ha sido encarcelada dos días antes; hoy es fiesta y los demás inquilinos han salido. Sin embargo, uno de aquellos andrajosos está acostado desde hace veinticuatro horas, borracho perdido sin aguardar la fiesta. De otro rincón brotan los lamentos de una vieja de ochenta años, tullida por el reumatismo. Aquella vieja fue niñera, en su tiempo, quién sabe dónde; ahora se está muriendo, solitaria, gimiendo, quejándose, refunfuñando contra el chico que comienza a tener miedo de acercarse al rincón en que agoniza. Ha encontrado agua en el pasadizo, pero ni siquiera un mendrugo de pan, y vuelve por décima vez a despertar a la madre. Comienza a asustarse en aquel obscuro rincón; la tarde avanza, y sin embargo no hacen fuego. Halla a tientas el rostro de la madre, y se sorprende, de que no se mueva, y esté tan fría como la pared.-¿Tanto frío hace? -piensa el chico.
Permanece inmóvil un rato, con la mano sobre el hombro de la muerta; después se sopla los dedos para calentarlos, y al ver su gorrita sobre la cama, busca despacio la puerta y sale del subsuelo. Hubiera salido antes si no le hubiera atemorizado el perro grande que, allá, arriba, en el pasadizo, ante la puerta del vecino, ladra todo el santo día. Pero el perro ya no está, y hete aquí el chico en la calle.
-¡Dios mío, qué ciudad!

Hasta entonces, jamás viera nada semejante. Allá, de donde ha venido, la noche es más obscura; sólo hay un farol para toda la calle; casitas bajas de madera, cerradas con postigos desde que obscurece, ni un alma; todo el mundo se encierra en su casa; sólo una multitud de perros que aúllan, centenares, millares de perros que aúllan y ladran la noche entera. Pero en cambio, allá hacía bastante calor y le daban de comer. Aquí, ¡Dios mío, qué bueno sería comer! ¡qué alboroto hacen aquí! ¡qué tronar! ¡qué luz y qué mundo de gente! ¡cuántos caballos y coches! ¡Y el frío, el frío! El cuerpo de los caballos humea frío, y sus ardientes hocicos soplan vapor blanco; sus herraduras suenan sobre la calzada a través de la blanca nieve. ¡Y cómo se atropella toda esta gente! ¡Dios mío, que ganas tengo de comer un pedacito de cualquier cosa!.. Y ahora que me duelen los dedos.Un guardián del orden acaba de pasar y se ha vuelto para no ver al niño.
"Otra calle más... ¡oh, qué ancha es! ¡Seguro que me van a aplastar aquí! ¡Cómo gritan todos, cómo corren, cómo ruedan... y luces y más luces! ¿Y esto qué será? ¡Oh, qué vidrio grande! Y detrás de este vidrio un cuarto, en ese cuarto un árbol que sube hasta el techo; es el árbol de nochebuena... ¡Y cuántas luces hay debajo del árbol! ¡Cuánto papel de oro y manzanas, rodeados de muñecos, de caballitos! Hay muchos niños en el cuarto, bien vestidos, muy limpiecitos; ríen, juegan, comen, beben cosas. Aquí una Micuela que baila con otro chico: ¡qué linda es la chiquita! Allá, la música que se oye a través del vidrio.

El niño contempla admirado y ríe; ya no siente el dolor de los dedos ni de los pies, los dedos de su manita se han puesto cárdenos, no los puede doblar y le hacen mal al intentarlo. De pronto siente que le duelen los dedos: llora y se aleja. Divisa, a través de otro cristal, otra habitación y más árboles y pasteles de toda clase sobre la mesa; almendras rojas, amarillas. Cuatro hermosas damas se hallan sentadas y alguien llega, entran muchos señores. El chico se ha deslizado, ha abierto de pronto la puerta y se ha colado. ¡Oh, cuánto ruido hacen al verle, qué agitación! Al punto una dama se levanta, le pone un kopeck en la mano y le abre ella misma la puerta. ¡Qué miedo tuvo!El kopeck se le ha caído de las manos y ha repiqueteado en el peldaño de la escalera: ya no podía apretar lo bastante sus deditos rojos, para llevar la moneda. El niño salió corriendo y caminó ligero, ligero. ¿Dónde iba? lo ignoraba. Querría llorar, pero tiene mucho miedo. Y corre, corre, soplándose las manitas. Y el pesar se apodera de él ¡se siente tan abandonado, tan azorado! Y de repente, ¡Dios mío! ¿qué otra cosa ocurre? Una multitud permanece allí y mira: En una ventana, detrás del cristal, tres muñecas bonitas, vestidas con ricos vestidos rojos y amarillos, y todo, todo como si fueran vivas! Y aquel viejecito sentado que parece tocar el violín. Hay también dos más, parados, que tocan pequeños, pequeñísimos violincitos y mueven la cabeza a compás. Se miran uno a otro, y sus labios se mueven: ¡hablan de verdad! Sólo que no se les oye a través del vidrio" Y el niño piensa primero que están vivos y cuando comprendo que son muñecos, se echa a reír. ¡Jamás ha visto muñecos semejantes, y no sabía que los hubiera así! ¡Y quisiera llorar, pero es tan gracioso, son tan graciosas esas muñecas!

De repente se siente asido de la ropa; a su lado se halla un muchacho grande y malo que lo da un puñetazo en la cabeza, lo arranca los calzones y le hace una zancadilla. El niño cae. Al mismo tiempo la gente grita; él se queda un momento rígido de pavor, luego se levanta de un brinco y echa a correr; corre, enfila una puerta cochera, no sabe donde, y se oculta en un patio, detrás de una pila de leña.

-Aquí no me hallarán, hay mucha obscuridad-. Se acurruca y se encoge; tal es su espanto que apenas se atreve a respirar.

Y de pronto siente un bienestar, sus manitas y sus piececitos no le duelen ya, tiene calor, tanto calor como al lado de una estufa, y todo su cuerpo se estremece. ¡Ah, va a dormirse! ¡qué agradable es dormir!

-Me quedaré aquí un momento y luego volveré a ver las muñecas -pensaba el pequeñuelo, que sonrió al recordar las muñecas. -¡Todo como si estuvieran vivas!
Ahora, hete aquí que oye la canción de su madrecita. Mamá, estoy durmiendo... ¡Ah, qué bien se está aquí para dormir!»
-Ven a mi casa, niñito, a ver el árbol de Navidad, -pronunció una voz suavísima.
Pensó primero que era su madrecita; pero no, no era ella.

¿Quién le llama? No sé. Pero alguien se inclina sobre él y le envuelve en la obscuridad, y él tiende la mano y de pronto... ¡Oh, qué luz! ¡Oh, qué árbol de Navidad! No, eso no es un árbol de Navidad, nunca lo ha visto ni parecido.¿Dónde se encuentra? Todo brilla, todo irradia, y hay muñecos en derredor; pero no, muñecos no, varoncitos y mujercitas, sólo que resplandecen mucho. Todos giran a su alrededor, revolotean, le besan, le toman, le llevan, y él mismo tiende el vuelo. Y ve a su madrecita que le mira y le sonríe con alegría.

–¡Mamita, mamita! ¡ah! qué lindo es aquí, -le grita el pequeñuelo. Y de nuevo abraza a los niños y quisiera contarles también la historia de las muñecas que vio detrás del vidrio. ¿Quiénes sois, chiquillas? -pregunta riéndose y amándolas.

Es el árbol de nochebuena del Niño Jesús.
En casa de Jesús, para aquel día, hay siempre un árbol de Navidad para los niñitos que no tienen árbol propio.
Y supo que todos aquellos varoncitos y mujercitas eran niños como él, unos muertos de frío en las canastas en que los habían abandonado a la puerta de las casas de los funcionarios de San Petersburgo, los otros muertos en casa del ama de cría, en las isbas sin aire de los Tehaukhnas, algunos muertos de hambre en el seno agotado de sus madres, durante la calamitosa carestía, otros envenenados por la infección de los vagones de tercera clase. Todos están allí, todos son angelitos, todos se encuentran en casa de Jesús, y El mismo entre todos, extendiendo las manos sobre ellos, bendiciéndoles, a ellos y a sus madres.
Y también las madres de los niños están allí, apretadas, y lloran; cada cual reconoce su hijo o su hija, y los niños revolotean hacia ellas, las besan, enjugan sus lágrimas con sus manecitas, y les suplican que no lloren, pues se hallan también allí.
Y abajo, por la mañana, el conserje encontró el cadáver del niño refugiado en el patio, helado, detrás de la pila de leña. También se encontró a la madre en el sótano.
Había muerto antes que él; ambos se han visto en el cielo, en la casa del Señor...

Fuente: http://www.desdelared.com.mx/2009/familia/091222-arbol-navidad-dostoievski.html

jueves 14 de enero de 2010

Miriam.

Miriam


Miriam estaba orgullosa del pecho implantado que tan sexy le quedaba. Los gastos de la operación corrieron a cuenta de su novio Pedro, era un chico cariñoso que le entregaba todo su amor hasta el extremo. A Miriam no le importaba, estaba contenta de tener un novio así porque su vida había sido muy dura. Vivían juntos en un pequeño piso pero eran felices.

—¿Te gustan mis tetas?
—Sí —respondió Pedro—, son muy duras.
—¿Estoy más guapa?
—Mucho más.
—Así que antes no te gustaba del todo —dijo Miriam subiendo el tono—, estabas conmigo por estar… ya lo veo, ya.
—¡No cariño! —gritó Pedro tras ver que no es bueno siempre decir la verdad —antes me gustabas y ahora también, yo te quiero.
—Me quieres ahora por la operación, estás más cachondo que nunca.
—Estoy contento, amor.
—No lo dudo, antes tendría que ser duro estar con una plana como yo.
—Jamás ha sido duro, todo lo contrario —dijo Pedro con un tono muy cariñoso—, no entiendo qué te pasa, tú tuviste la idea.
—Tú no te negaste.
—Te recuerdo que yo he pagado la operación.
—Ya salió el tema económico. No haber pagado nada si tanto te gustaba antes… ¡me estás tratando como una puta!

Miriam salió de la habitación llorando, Pedro no entendía nada y fue a pedirle perdón aunque ella no entraba en razón, no quería escuchar a su novio. Poco a poco Miriam entendió que había entrado en cólera sin causa alguna, tampoco lo había hecho con maldad, simplemente le salió una fiereza natural, nunca quiso provocar ningún malestar. Pedro era una maravillosa persona, jamás había conocido ningún hombre como él.

—Perdóname, Pedro, no sé qué ha pasado.
—No pasa nada, sólo ha sido un malentendido.
—A veces me olvido de la suerte que he tenido al conocerte.
—Yo soy muy feliz a tu lado, cariño.
—Y yo a tu lado —Miriam abrazó a Pedro y lo besó—. Tengo que aprender a controlar mis impulsos, a veces aún creo que no existe la buena gente.
—Tienes que confiar en mí.
—Confío en ti, Pedro. Doy gracias a Dios por estar contigo. Sabes muy bien que nunca he tenido suerte en la vida. Mis padres se divorciaron de adolescente porque él era un drogata, suerte que ahora está en tratamiento con la morfina. Luego yo me enganché a la farlopa y mi padrastro se aprovechó, cada vez que le hacía una mamada me daba dinero para mis vicios, si follábamos ya no te digo… — Miriam acabó llorando.
—Tienes que superar eso, has dejado todo tu pasado, ya no te metes nada. Tu madre ya no está con ese capullo. Tu padre va por el buen camino y tú también, tu vida está empezando a enderezarse.
—Gracias a ti, Pedro, sólo gracias a ti, te quiero.
—Yo también te quiero.
—Algún día nos casaremos, Pedro, me gustaría tanto.
—Cuando ahorremos un poco celebraremos una boda por todo lo alto.
—Yo no quiero una boda por todo lo alto, algo íntimo, con la familia. Ya te dije más de una vez que no necesito lujos, sólo amor y tú me das mucho. Tampoco olvido que te has gastado seis mil euros en mi operación. Al principio te negaste… —recordó Miriam.
—Te dije que me gustabas tal como eras, que te quería por tu persona.
—¡Qué tonta he sido! —se lamentó Miriam—. Encima te he montado un espectáculo hace nada.
—Eso ya está olvidado.
—También me enfadé cuando no querías pagarme las nuevas tetas. Me lo tomé muy mal, creía que no confiabas en mí. No entiendo por qué a veces hago daño a la persona que más quiero, tú nunca me has hecho algo malo, encima aguantas mis cambios de humor —rió un poco.
—Eso lo tenéis todas las mujeres —ironizó Pedro.
—¡Todas las mujeres estamos locas! ¿No? —gritó Miriam.
—Ahora mismo me lo estás demostrando —dijo Pedro comedidamente.
—Tienes razón —aceptó Miriam ante tal evidencia—. Eres una persona muy inteligente.

Miriam zanjó el tema e hizo el amor con Pedro. Era un hombre muy inteligente, se sacó la carrera de medicina y ejercía. Estaba muy ocupado y el poco tiempo libre lo dedicaba a Miriam, Pedro volcó toda su vida en ella. Miriam trabaja en una peluquería pero antes había sido camarera en una discoteca, fue donde conoció a Pedro. Él contaba veintisiete años, era un chico de naturaleza muy tímida, lo que, sumado a su cuerpo enjuto le provocó una autoestima baja. Miriam tenía diecinueve años, le gustó Pedro desde el primer momento, estaba harta de rodearse de hombres que únicamente se aprovechaban de ella, en aquella época Miriam acababa de dejar a su antigua pareja porque sólo le robaba el dinero para esnifar, él sabía que ella se acostaba con su padrastro para ganar más dinero pero nunca le importó. Esa misma noche Miriam confesó a su madre todo lo que había hecho con su pareja, la madre lo negó y la echó de su casa, Miriam durmió esa noche en casa de una compañera de trabajo.

Pedro fue a la barra y le sirvió Miriam, quedó impregnado por su belleza. En aquella época era una chica muy delgada con un trauma psicólogico por su poco pecho, comía poco aunque tampoco estaba esquelética. Su boca, su nariz, sus ojos… todo era pequeño en Miriam, sin embargo, Pedro no se movió en toda la noche de la barra hasta que se excedió con el alcohol y perdió la vergüenza para hablar con ella. A ella le gustó el tono cariñoso y sumiso con que le hablaba Pedro, nunca ningún hombre la había idealizado tanto, estaba acostumbrada a que la tratasen como a un objeto sexual. Pedro fue lo suficiente valiente para pedirle el teléfono móvil y lo consiguió. Se vieron al día siguiente y hablaron pero Pedro no buscó el sexo, lo cual le encantó a Miriam, era la prueba de su bondad e interés por ella. Fueron quedando hasta que Miriam dio el primer paso para el beso y así sucesivamente, Pedro no se atrevía ya que sentía mucho miedo y respeto por Miriam. Tuvo que enseñarle los secretos del amor porque el chico no tenía apenas experiencia, jamás le importó a ella, es más, lo veía como algo bueno. Al menos así lo comentó en una plática con su compañera de piso y trabajo.

—Es un chico tan simpático.
—Es un capullo por lo que me estás contando.
—No, es buena persona, es especial, me trata como una persona y me da cariño, no pido nada más.
—Con el tiempo te vas aburrir y volverás con todos esos tíos que ahora criticas.
—No, llevo poco tiempo con Pedro pero no exagero si digo que me gustaría que fuese para siempre, por fin me ha tocado la lotería, merezco ser feliz.
—Yo no digo que sea buena persona, seguro que es de lo mejor que hay, pero un capullo no te puede hacer feliz.
—No es ningún capullo.

Pedro también estaba enamorado, nunca había estado con una chica seriamente, para él era algo increíble estar con alguien como Miriam, no obstante, tenía dudas, ella se drogaba delante de él sin ningún pudor y era algo que no le gustaba nada, así se lo hizo ver a un amigo íntimo.

—Esa chica sólo esta contigo para utilizarte —comentó el amigo de Pedro.
—Yo no lo creo, me quiere, tú no lo puedes saber, no estás dentro para verlo.
—Dentro no se ve una mierda, Pedro, te ha comido la olla.
—Te aseguro que no.
—¿Te ha pedido alguna vez que le pagues esa mierda?
—No.
—Pero tampoco sabe lo que tú piensas de que se meta.
—Sabe que no me gusta mucho.
—Pedro, no estoy de acuerdo con tu relación con Miriam. Entiendo que la soledad es dura pero a veces el camino fácil es el más duro con el paso del tiempo.
—Yo la quiero y ella me quiere, me lo ha dicho.
—Es lógico que te diga eso, si tanto te quiere que deje la mierda por ti.

Pedro se quedó pensativo, su amigo no iba mal encaminado, no obstante, Pedro sentía el amor de Miriam hacia él. En un principio Pedro no se atrevió a contar a Miriam sus pensamientos pero ella notó algo extraño en su novio, ella le preguntó una y otra vez qué le pasaba hasta que él contestó la verdad.

—Así que es eso —habló débilmente Miriam.
—Sí.
—Te entiendo, Pedro, tienes razón pero me costaría dejar la rutina.
—Estoy aquí para ayudarte, cariño.
—Cuando estoy contigo puedo controlarme pero sin ti no podré, no soy lo suficiente fuerte.
—Sí lo eres, has podido superar los traumas de tu padre, de tu padrastro, de tu ex. Estoy yo contigo.
—Encima mi compañera de piso no para de meterse… ¡si veo eso me entraría un mono muy chungo! —gritó Miriam irritada.
—Vete del piso.
—¿Dónde voy?
—Conmigo.
—¿Qué? —preguntó Miriam emocionada.
—Sólo llevamos medio año juntos pero te quiero tanto… así estaremos siempre juntos.

Pedro era consciente que se complicaba un poco la vida pero no le importó, se sentía lo suficientemente fuerte para salir para delante. Miriam y Pedro se fueron a vivir juntos a un piso de alquiler, los primeros meses de convivencia fueron duros, Miriam estaba siempre de mal humor, tuvo que dejar el trabajo de la discoteca para abandonar los vicios y se matriculó en un curso de peluquería, durante aquella época vivieron del sueldo de Pedro y el poco dinero de la prestación de desempleo de Miriam, que le duró un año. No todo fue negativo, la pareja había llegado sexualmente a un gran clímax y a nivel familiar la madre de Miriam dejó a su pareja cuando llegó un día a casa y vio a su marido acostado con una quinceañera, el piso era de la madre de Miriam y tuvo la suerte de no quedarse en la calle. Miriam a partir de ese momento dejó de tener el síndrome de abstinencia. Pasaron dos años y Miriam consiguió graduarse y encontrar trabajo en una peluquería cerca de su hogar. Pasó otro año y le entró el deseo de operarse, aún tenía la frustración de su pecho y quería sentirse mejor con ella misma, finalmente lo consiguió y parecía que los tiempos venideros iban a ser muy felices para la pareja.

Las siguientes semanas fueron un cambio importante para Miriam, estaba acostumbrada a que los hombres se fijasen en ella aunque después de la operación las miradas de los hombres eran más eróticas, con más aprecio, más que miradas, eran análisis a todo su cuerpo, a ella le encantó pero se hacía la ofendida para disimular. A las dos semanas de la operación entró un nuevo cliente, se llamaba Antonio y era un chico de la edad de Miriam, fuerte, atractivo y daba la impresión de ser muy garañón.

—¿Es la primera vez que vienes aquí? —le preguntó Miriam para romper el hielo.
—Sí. Yo antes vivía en otro barrio con mi ex. Ahora he vuelto a casa de mis padres.
—Vaya, lo siento.
—No pasa nada. Fue de mutuo acuerdo. Entendimos que con el tiempo acabaríamos odiándonos y quién sabe qué cosas horribles hubiésemos hecho —dijo Antonio sin ningún tipo de rencor.
—Te veo contento.
—Claro, ahora soy libre. Antes, con ella, con mi ex, me ahogaba, ahora, en cambio, hago lo que quiero cuando quiero, sin pedir permiso a nadie, puedo mirar a las mujeres guapas como tú sin que nadie me dé un codazo.
—Gracias —Miriam se ruborizó—. Veo que eres muy directo —intentó cambiar de tema.
—La vida son dos días… es mi forma de vivir.
—Yo soy de otra manera, más casera, más conversadora que tú.
—Eso significa que tienes novio.
—Sí, una bellísima persona, es mi ángel.
—¡Claro! —rió Antonio—. Un buen tío.
—¿Por qué te ríes?
—No importa, no hay tanta confianza.
—No, cuenta, no haberte reído —dijo Miriam seriamente.
—No tienes pinta de ser una chica casera.
—¿No? —inquirió Miriam sorprendida.
—No, más bien eres una mujer que ha visto mundo, se nota en tu cara, en tus expresiones.
—Eso no importa, cada uno elige lo que le gusta.
—Somos de la misma raza, creo. Yo también pensaba que elegía el camino correcto yendo a vivir con mi ex, sin embargo, el tiempo me enseñó que yo era de otra naturaleza.
—Escucha, guapo, tú serás así pero tú no me conoces o sea que no me cuentes historias —respondió Miriam irritada.
—No te enfades, mujer. Las primeras impresiones engañan.

Aquí acabó la plática. Antonio pagó y se fue. Miriam lo trató con antipatía, se quería asegurar de que no volviese más a la peluquería. Sin embargo, Antonio tenía el físico que tanto le había gustado a Miriam cuando era soltera, parecía un chico seguro y engreído, a alguien que no le gustaba perder el tiempo y sólo buscaba su propio interés… lo contrario que Pedro. Miriam después reflexionó sobre las palabras de Antonio, ella se había enfadado porque en el fondo de su ser sabía que era verdad, ya no era porque se lo habían dicho unas cuantas personas, había que estar tan ciego como Pedro para no ver su naturaleza. Con Pedro había tenido placer sexual aunque tampoco llegó a la lujuria como con su antigua pareja, fue la razón de por qué le costó tanto dejarlo, por otra parte, la seguridad emocional y social que le daba Pedro era algo muy valioso para ella, siempre había tenido claro que era más importante esa estabilidad que otro hombre como su ex novio. Estuvo toda la tarde pensando, entendió sus contradicciones, y más teniendo en cuenta secretos de su vida que Pedro no sabía, otro hombre se hubiese percatado pero el bueno de Pedro no. Llegó la hora del cierre de la peluquería y pasó algo inesperado.

—Hola, guapa —era Antonio que había venido con su coche a ver a Miriam— ¿cierras tú sola la peluquería?
—La jefa se ha tenido que ir antes y mi compañera tenía hora con el dentista… — Miriam se sorprendió por haber respondido e intentó dominarse—. ¿Qué haces aquí?
—Pedirte perdón, Miriam.
—¿Qué?
—Esta mañana me he pasado un poco y no estoy orgulloso.
—No pasa nada —Miriam ya había cerrado el local, quería irse inmediatamente pero no por estar incómoda con Antonio, más bien por unos sentimientos extraños que no comprendía.
—¡Espera! —Antonio le dio un rosa—. Es mi modo de decir que lo siento.
—Eres un poco exagerado.
—Puede ser, al menos coge la rosa —Miriam cogió la rosa y se le escapó un pequeña sonrisa—. Vente conmigo a tomar una copa para hablar y explicarte mi conducta tan estúpida de esta mañana.
—No puedo, me espera Pedro.
—¿Pedro? Tu novio, ya, entiendo, únicamente será media hora, no es nada malo.
—No…
—No tengas miedo.
—No tengo miedo, Antonio.
—Llámame Toni, Antonio me llama mi madre.
—Tengo prisa, Toni.
—Te prometo que seré bueno, una copa… —Antonio calló, abrió mucho los ojos, sabía que lo que iba a decir era muy arriesgado pero así sabría cómo era exactamente Miriam—. Tengo coca, ¿tú tomas? —A Miriam se le abrieron los ojos cuando vio la papelina blanca, pensó en su secreto, en su doble vida, ya comenzaba a estar un poco harta de todo eso, quizás no era tan mala idea tomar una copa.
—Espera, voy a llamar a mi novio y nos vamos a tomar una copa.
—Está bien —dijo Antonio contento porque había resultado exitoso su análisis psicólogico.

Miriam llamó a Pedro y le dijo que iba a tomar una copa con su compañera de trabajo, Pedro no objetó nada, no hablaron más, Miriam ya estaba un poco arrepentida, no sabía qué quería exactamente. Entró en el coche de Antonio y estaba esnifando, había dejado una raya bastante grande para ella, Miriam se metió la droga y se despreocupó de sus pensamientos. A los cinco minutos llegaron a un pub vacío, Antonio invitó a Miriam a un vodka, luego fue al lavabo y dejo preparada otra dosis blanca para ella, en un principio le dio un poco de vergüenza entrar al servicio de caballeros pero finalmente fue, porque cada vez se encontraba mejor. Cuando salió ya no era la Miriam que llevaba años controlándose por Pedro, era una Miriam que había despertado de un largo sueño.

—Mejor que paremos de meternos, sino Pedro se va a enfadar —dijo Antonio seriamente.
—¡No se entera! Intenté dejarlo pero no pude, así que llevo años con la farlopa a sus espaldas, eso sí, he reducido a la mitad.
—Es comprensible, que no se entere si no tiene la experiencia —mintió un poco Antonio para quedar bien.
—Por una parte sí, pero por otra no es normal que nunca haya sospechado nada durante estos años… es muy bueno —Miriam rió y bebió de la copa, se derramó un poco de alcohol en su blusa pero no se preocupó—. ¿Cómo sabías que me gusta?
—Con todos mis respetos, tienes cara de viciosa —Miriam rió mucho tras esa respuesta y tocó con su mano la rodilla de Antonio—. La primera raya a la que te he invitado era muy grande, era para saber tu… cómo lo digo, tu experiencia por decirlo de alguna manera, me ha sorprendido mucho, creo que lo mejor sería tomar la copa e irnos…
—¡No! Ahora que nos estamos conociendo, es una lástima —Miriam giró la cabeza y habló con el camarero—. ¡Otra copa!

Se tomaron la segunda y hablaron un poco cada uno de su vida. Miriam expresó sus dudas, por una parte quería a Pedro pero por otra una mujer como ella necesitaba emociones fuertes. No esnifaron más ni bebieron más aunque Antonio invitó a Miriam al piso de sus padres ya que ellos no estaban hasta la semana siguiente a causa de un viaje del Imserso. Ella se negó porque quería ver a Pedro, él no objetó nada hasta que salieron fuera del pub y volvió a insistir.

—Me tienes miedo porque te gusto —le dijo Antonio inesperadamente a Miriam.
—No, no es verdad.
—Sí lo es, tú me gustas mucho por lo poco que he visto de ti y me gustaría ver más — Antonio abrazó a Miriam por la cintura y la besó por el cuello.
—No… no –—gemía Miriam pero hubo un momento en que perdió todo el norte y buscó los labios de Antonio.
—Sube al coche, anda —dijo Antonio tras el beso.

Poco importa lo que pasó en casa de Antonio, hicieron el amor y Miriam disfrutó mucho más que con todos los años de su relación con Pedro. Cuando se dio cuenta era la una de la madrugada y se fue a su casa, por el camino pensó en su pareja, qué debía hacer, aumentar su doble vida o ser valiente y afrontar sus deseos… Cuando llegó a casa estaba Pedro esperándola en el comedor con un gran cabreo, ella se hizo la despistada en un principio, no podía ser que supiese algo de Antonio, quizás estaba molesto por algún malentendido.

—Mira qué he encontrado —Pedro le enseñó a Miriam una papelina.
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó asustada.
—Nunca me ha gustado invadir tu intimidad, ya sabes, ese rollo de la pareja moderna y progresista… pero quería dejarte un regalo entre tu ropa y he encontrado la puta droga, ¡joder!, ¡Miriam! —Pedro estuvo muy nervioso, Miriam se tranquilizó sabiendo que había un secreto peor—. Había confiado en ti, ahora entiendo tu carácter voluble, esas duchas eternas, el dinero que enviabas a tu madre… ¡todo era mentira!
—Perdóname, cariño. Intenté dejarlo, te lo juro, pero no pude… no quería decepcionarte.
—¡No! Sólo querías unas tetas —Miriam jamás había visto así a Pedro, no paraba de moverse de un lado a otro del comedor, la miraba a los ojos fijamente y sin más desviaba la mirada a cualquier sitio. A Miriam le entró miedo ya que Pedro estaba realmente incontrolado pero ella intentó arreglar la situación.
—Yo te quiero, no me trates así… la he cagado, soy una mierda… sí, soy una mala persona —dijo Miriam llorando, y se sentó en el sofá.
—¡No te hagas más la víctima conmigo! Ya no funciona… ya no —dijo Pedro frente a la mirada de su pareja.
—No te entiendo, cariño —Miriam lloró un poco más—. Te juro que voy a cambiar, me has dado una lección, ahora sé que puedo dejarlo porque te quiero mucho —Miriam se levantó y abrazó a Pedro, lo intentó besar aunque él evitó sus cariños para volver hablar.
—¿De dónde vienes?
—Ya te lo he dicho… —respondió Miriam congelada tras esa inesperada pregunta. Pedro no le dejó acabar la frase y la empujó sin mucha violencia, lo suficiente para que cayese en el sofá.
—¿Qué haces? —Miriam estaba lívida, con los ojos abiertos sin saber qué hacer ni qué decir para salir del embrollo.
—Miriam, estás perdiendo facultades —Pedro rió con inquina—. Hace unas semanas atrás me hubieras comido la cabeza en sólo dos minutos, sin embargo… —calló, quería decir algo cruel—. Parece que tus tetas no te dejan pensar, tus tetas pagadas por mí, además eres mi novia desde hace muchos años, eso significa que esas tetas únicamente son para mí, para nadie más, ¿no?
—Pedro… —Miriam sabía que cualquier respuesta iba a encender más la rabia de Pedro, quería esperar a que expresara todos sus pensamientos.
—Me he preocupado cuando te he encontrado la papelina, he llamado inmediatamente a tu compañera de trabajo, por suerte, habías dejado su número en la agenda… —Pedro volvió a callar, ya no miraba a Miriam—. Me ha sorprendido cuando ella me ha dicho que estaba saliendo del dentista y que no sabía nada de ti. Miriam, amor… no te puedes ni imaginar lo preocupado que estaba por ti ¡Dios mío! He pensado de todo, quizás debías dinero a un camello e ibas a devolverle el dinero… así que he bajado a la calle, he cogido el coche y he dado una vuelta por el barrio y ¡premio! —subió el tono de repente volviendo a mirar a Miriam y esta vez no desvió su mirada hasta el final de su relato—. Te veo besándote con un chico más o menos de tu edad, muy fuerte, muy guapo, la verdad sea dicha, “creado en el gimnasio” tendría que poner en su etiqueta —Miriam, que había dejado de llorar cuando Pedro comentaba la historia, volvió a sollozar al escuchar tales palabras de Pedro—. No llores, no, que no son lágrimas sinceras como las mías ¡yo sí que he llorado de verdad!
—¡Pedro! ¡Amor! ¡Perdóname! Esta confundida, yo te quiero a ti.
—¡Claro! A mí, yo te pago las operaciones y disfrutan los demás, ¡no has tardado ni dos meses! Ya me avisaron que eras una puta, una sucia camarera…
—Pedro… no me digas eso, tú no… si otro hombre me hubiera dicho eso, yo estaría pegándole pero a ti, amor, no, porque te quiero… no me canso de decírtelo… Pedro, ¿qué vas hacer?
—Eso he pensado cuando te has ido con ese coche deportivo, os he seguido hasta su casa, yo estaba llorando sin parar, loco de rabia, no podía creer que mi Miriam hiciese algo tan ruin. Sin embargo, matar no solucionaba nada, el mal ya estaba hecho, así que he ido a casa y te hecho las maletas, están en nuestra habitación, vete a casa de tu madre o a la de tu amante, me la suda —Pedro se dirigió a la habitación pero Miriam lo paró.
—Yo quiero estar contigo, para siempre, dame una segunda oportunidad.
—No soy tan iluso… —Pedro calló cinco segundos y volvió hablar—. Te iba a regalar un anillo de compromiso… ahora, en fin, no puedo confiar en ti.
—¡Oh!, Pedro.

Pedro no hizo caso y se fue a la habitación a buscar las maletas. Las sacó y las colocó en el recibidor, frente a la puerta. Miriam no podía pensar bien por culpa de la droga pero estaba arrepentida, sabía que sería muy difícil encontrar a otro Pedro, sin embargo, sus dudas todavía no se habían aclarado, tampoco eran un impedimento para intentar seguir su relación con Pedro. Miriam se levantó del sofá y se agachó delante de su novio, él la volvió a mirar con inquina.

—¡Pedro! Te lo suplico, te hubiese dicho sí al matrimonio, es verdad que tenía dudas sobre nuestra relación pero todas las parejas tienen esta crisis, es algo normal, amor mío. Te prometo que voy a cambiar, te lo prometo… me quitaré como sea de esa mierda.
—No entiendes que se ha roto el ideal que tenía de ti, que eso es imposible recuperarlo. La droga quizás te lo hubiese perdonado pero lo del tío ese… para mí ética no hay perdón, únicamente rotura.
—¡Pedro!

Miriam se agarró fuertemente a las piernas de Pedro, él se enfadó mucho y cogió con una mano el cuello de Miriam, la levantó y la llevó hasta el recibidor, abrió la puerta y la empujó primero a ella y luego las maletas. Pedro avisó a Miriam que cambiaría inmediatamente las cerraduras, ella no paraba de decir palabras sin sentido con un tono muy alto y él cerro la puerta. Miriam intentó abrir la puerta en un par de ocasiones pero Pedro fue más fuerte. Se dio por vencida tras unos veinte minutos confusos y en la calle cogió un taxi para ir a casa de su madre. Intentó no llorar en el taxi, y lo consiguió, durante el trayecto pensó que quizás con el tiempo se alegraría de tal suceso, Pedro habría demostrado tener una parte maligna desconocida, no obstante, ella quería a Pedro, quizás era un amor platónico pero no dejaba de ser amor, sentía que había hecho o el mayor error de su vida o un alivio que no podía ver de momento, el tiempo hablaría. A Pedro le extrañó que no hubiese venido la policía aunque tampoco le preocupaba, estaba muy triste, derrotado, se sentía un completo perdedor, qué iba hacer sin Miriam, era cierto que para él el tema de la infidelidad era algo muy importante, al menos mucho más que para Miriam. Se tumbó en la cama, lloró un poco y finalmente el cansancio ganó a la tristeza y consiguió dormir.


Autocrítica: La narración es bastante buena pero es un cuento previsible.

martes 22 de diciembre de 2009

Pablo.

Pablo

Estaba tomando tranquilamente unas cervezas un viernes por la noche con mi novia cuando de repente me llamó Pablo.

—¡Jaime!, ¡Jaime! ¿Puedes venir a mi casa ahora mismo? – me preguntó nervioso.
—Ahora no puedo, Pablo, estoy con Vero, ¿qué quieres?
—Por teléfono no te lo puedo decir, ven cuando puedas, por favor, necesito hablar con alguien.
—¿No habrás…?
—¡Luego te lo cuento!

Me quedé intranquilo, volví con Verónica, me notó extraño, me preguntó qué pasaba, yo al principio no quise decir nada pero insistió tanto que le conté la conversación con Pablo.

—Pablo está loco, es tu amigo y lo respeto por eso, pero no es una buena influencia para ti, créeme, seguro que ha cometido alguna idiotez y está preocupado, siempre lo mismo, hace de un grano una montaña. ¿O no te acuerdas cuando te llamó preocupado porque no podía dormir cuando rayó un poco el coche aparcando?, entiendo que lo supiese mal ¡pero él hizo de ese accidente de mierda una verdadera crisis existencial!
—Es cierto que Pablo es muy débil en según que aspectos, cariño. Tienes que entender que es una persona muy sensible, aunque esta vez lo he notado más alterado que en sus anteriores crisis. La verdad es que estoy un poco preocupado.
—Quizás ha matado una mosca.
—No te pases, te repito que esta vez creo que le pasa algo serio.
—¡Oh! ¡Está bien! Déjame en casa y acude en su ayuda si tan mal está.
—Tampoco quiero que te enfades tú.
—No me enfado, Jaime. Perdona mi tono pero Pablo me pone muy nerviosa. No pasa nada, es tu amigo y te necesita, anda, vámonos.

Dejé a Verónica en su casa y me dirigí al piso de Pablo, ¿qué demonios habría hecho? No sé por qué tenía una sensación extraña en mi cuerpo, normalmente cuando él me llamaba era para algo banal, me lo tomaba con mucha tranquilidad, sin preocuparme. Sin embargo, noté en su tono de voz algo extraño, un miedo que se acercaba a la locura. Aceleré el paso para llegar antes, subí al piso de Pablo y estaba beodo, con la mirada perdida, muy nervioso.

—¡¿Has venido solo?! —me gritó exaltado.
—Sí, tranquilo, Pablo, soy yo, sabes que puedes confiar en mí.
—Lo sé, lo sé… eres en la única persona en quien confío, los demás no entenderían esto… ¡no podrían!
—Cálmate, toma agua, te sentirás mejor.
—He bebido mucho alcohol, ¿sabes? Mucho, no podía soportarlo más… —acabó llorando.
—Ahora estoy aquí, tranquilízate, vamos hacer lo siguiente,: bebe un poco de agua, dúchate, cuando estés mejor, entonces me lo cuentas todo.
—Tienes razón, Jaime, ¡lo ves! Nadie más podría entenderme como tú.

Se bebió casi la mitad de una botella de agua de un trago, se fue directo al lavabo para ducharse pero antes lo escuché vomitar, hablaba solo en voz baja aunque no entendía nada, me aproximé a la puerta para dilucidar sus palabras, tampoco oí nada coherente, cuando llegó el sonido del agua me fui para el sofá a esperarlo. Tardó unos diez minutos, salió con el albornoz temblando, consiguió ponerme histérico a mí también.

—Pablo, cuéntame de una vez qué te ha pasado —intenté hablar con un tono amistoso aunque creo que no me salió del todo bien.
—No sé cómo empezar…
—¡Por el principio! —acabó con toda mi paciencia.
—Está bien, Jaime, está bien… perdona, estoy muy nervioso…
—He sido un poco grosero, perdóname tú a mí, habla cuando quieras.
—¿Aún agobia tu suegra a Verónica para que te dejé?
—¿Hablas de mí o de ti? Ya sabes que sí, que estamos pasando una época muy jodida por su puta influencia, no entiendo tu pregunta.
—Tranquilo, Pablo, ya no tendrás más problemas…
—¿Qué coño dices? ¿Qué intentas decir? ¡Contesta! —le apreté los hombros y no paraba de empujarlo.
—¡Tranquilo, Pablo! ¡Suéltame! Déjame explicar —lo solté, y empezó hablar—. Esta noche estaba con un rollo, en la calle, cuando he visto a tu suegra que entraba en el bingo, me ha mirado fatal porque estaba besándome borracho en la calle con un tío, seguro que no soporta a los gays, ¡estoy seguro! Sabes que nunca me tragó, ¡lo sabes bien!
—Resume de una vez por todas.
—He dejado al chico en su casa porque mañana se levantaba pronto para trabajar. Cuando volvía salía tu suegra sola un poco borracha, he pensado que sería la mía, tenía el coche aparcado en un callejón, ¡era perfecto! Nadie podría verme, ¡nadie! Sabes muy bien que llevo una navaja por si algún nazi me pega una paliza por ser gay. Así que he aprovechado, la he cogido del cuello… y… ¡Oh, Dios! ¡Le he rajado el cuello! Ha muerto enseguida… al menos eso creo, he venido a casa y me he duchado, he terminado de emborracharme y te he llamado muy asustado, ¡lo he hecho por ti!.

Cuando terminó no podía creer tales palabras, no obstante, Pablo nunca fue bromista, me entró un miedo histérico jamás conocido por mí, la ropa la tenía en la lavadora para quitar pruebas y la navaja tenía sangre reseca que no había podido limpiar, jamás había sentido tanto odio y rabia por alguien, le grité como un loco:

—¡Estás como una puta cabra! Nunca he entendido que lleves una navaja, cómo va a saber un nazi que eres gay, ¿lo ve por tu mirada o qué…? ¡Dios santo! ¿Qué has hecho? Tenía razón todo el mundo cuando decías que estabas loco, yo pensaba que sólo eras raro… ¡mierda! ¿Por qué? ¿Por qué has hecho tal locura?
—¡Por que te quiero! ¡Lo sabes muy bien! Una vez me declaré hace muchos años, tú me rechazaste porque eres heterosexual, pero mi amor por ti no ha cesado, todo lo contrario, sólo crecía, tú eres la única persona que me ha respetado, que me ha querido a pesar de mis rarezas, jamás encontraré un hombre como tú… —calló un momento para secarse las lágrimas y volvió hablar—. Tú me has contado tus problemas con tu suegra, cómo te puteaba por ser un simple trabajador de oficina mileurista, cuando ella quería un novio rico para su hija, de la misma condición social que la familia de Vero… ¡hasta había conseguido que tuviese dudas la chica de vuestra relación! Me lo dijiste… ¿o ya no te acuerdas? Yo la he visto pocas veces, pero tengo buena memoria… ¡Mierda! Algo bueno tendría que tener, ¿no? Las tres o cuatro veces que la he visto me ha tratado como basura, seguro que sabía que era una loca.
—¡Jamás le dije que eras gay! ¿Me entiendes? Son locuras tuyas… —dije llorando — no puedes quitar la vida a una persona por muy cabrona que sea, no puedes ir matando, ella no se merecía eso…
—¡Se lo merecía! Tú me dijiste hace pocos días que se merecía un escarmiento, ya lo tiene.
—¡Pero no matar, joder! ¡¿Es que no entiendes?! Has destrozado a toda una familia, mi vida… Vero me dijo que algún día usarías esa navaja, que estabas lo suficiente loco para hacer daño o incluso matar, yo le decía una y otra vez que eso era imposible, que tú eres una persona muy sensible, jamás harías algo parecido, me equivoqué, estás más loco de lo que pensaba… ¡dime! ¿Qué representa que tengo que hacer yo ahora?
—¡Eso te preocupa, ¿no?! ¡Sólo eso! Tú y tú… ¡maldito egoísta de mierda! —subió tanto el tono que me asusté ante una nueva locura suya.
—¡Tranquilo! Y tú, ¿qué vas hacer?
—No lo sé… no lo sé, Jaime.

Sonó mi teléfono móvil, era Verónica, vacilé un momento en responder la llamada pero finalmente hablé con ella.

—¡Jaime! ¡Jaime! —me dijo llorando.
—¡Cariño! ¿Qué pasa? —intenté hacerme el despedido.
—Mi madre… mi… la… han mata…o…
—No… ¿dónde estás?
—En mi casa.
—Ahora voy —apagué el teléfono móvil, miré a Pablo y le hablé—. Me voy a casa de Vero.
—Está bien, Jaime.
—Adiós.
—Jaime.
—Sí —observé a Pablo, le había cambiado la mirada aunque no entendía qué me decía con los ojos.
—Entendería si hablas a la policía, no te tendría ningún rencor.
—¿Por qué?
—Cosas mías.
—Me voy.

Salí del bloque de Pablo temblando, así no podría ir a casa de Verónica, aún había un bar abierto en la calle de Pablo, entré a beber para tranquilizarme un poco y pensar entre cerveza y cerveza. Llevaba tres años con Verónica, sus suegros me odiaron desde el primer día, sobre todo la difunta, según ellos era una mala influencia para su hija, cómo podría alimentar una familia un tipo que ganaba mil euros al mes, supongo que como la mayoría de las parejas. Ellos delante mío eran muy educados y correctos, luego me enteraba de la verdad ya que Verónica me lo explicaba todo, ella decía estar muy enamorada de mí, jamás podrían hacerla cambiar de idea… todo cambió seis meses antes del asesinato de mi suegra. Verónica intentó convencerme de que subiese a encargado en el trabajo para ganar más dinero, yo me negué por la sencilla razón de que el encargado trabaja mucho y cobra poco, según ella tal respuesta era inmadura. A raíz de esta tontería llegaron discusiones más grandes, la niña quería que llevase un coche más caro, quería viajar al Caribe a lo grande… en fin, me calentaba la cabeza pero yo aguantaba porque la quería y la quiero, tenía la esperanza de reencontrarme con esa chica que me enamoró. Hace pocas semanas me confesó que tenía muchas dudas y tenía que pensar un poco, yo le dije lo que había, o lo tomaba o lo dejaba, no podía hacer nada más, una cosa es amarla y otra bien diferente arrastrarme ante sus padres, ella no entendía mis ideas, creo que la noche que relato me hubiese dejado… en fin, ahora ya no importa.

Era cierto que Pablo conocía a mis suegros, invité a mi amigo a comer con nosotros en un par de ocasiones, mi suegra lo miró bastante mal, cuando alguien miraba mal a Pablo era por su homosexualidad, no era consciente que al sitio donde fuese destacaba por sus rarezas. Soy amigo de Pablo desde los cuatro años, desde párvulos, todo el mundo lo ignoraba y se reían de él, a mí, en cambio, me daba lástima, era el único que lo trataba bien y luego descubrí en él una persona amable y bondadosa, sin embargo, con los años se volvió cada vez más extraño, nunca pensé que era gay hasta que se me declaró, intenté ser claro y educado en mi respuesta y jamás volvió a ir por mí como pareja. Pablo y Verónica nunca se llevaron bien, ella sabía toda nuestra historia y creo que tenía un poco de miedo de Pablo, él estaba celoso de ella… ¿qué importaba ya? Estábamos metidos en un buen lío, mejor dicho, Pablo me había metido en un crimen, si no decía nada y al final se descubriese el asesino yo podría ir a prisión por encubrir un asesinato, por otra parte, Pablo era mi mejor amigo, estaba loco… se había vuelto muy loco aunque era el único que me escuchaba cuando estaba triste y me daba buenos consejos por mucho que cueste de creer, conmigo se comportó casi como una persona normal a causa de su amor por mí o al menos así lo creo y, ¿por qué no reconocerlo? No sentía ninguna lástima por mi suegra, no se merecía la muerte, ahora bien, por fin podría respirar en paz si todo saliese bien, si la policía no era capaz de atrapar al asesino ¿y si Pablo iba a prisión? Yo iría con él y Verónica me dejaría, igualmente tampoco era importante seguir o no con mi relación, lo importante era no ir a prisión.

Salí del bar con cuatro cervezas, más nervioso y sin saber qué hacer, tenía el presentimiento que hiciese lo que hiciese acabaría arrepentido; ¿defender una novia que estaba a punto de dejarme o a un amigo loco y que daría la vida por mí? En la calle miré la ventana de Pablo, todavía había luz, estaría pensando sin parar, como yo. Cogí un taxi y me dirigí a casa de Verónica que me estaba esperando desde hacía una hora. Cuando llegué me abrió un policía.

—¿Quién es usted? —me preguntó.
—Es mi novio —gritó Verónica y me abrazó llorando.
—¡Cariño! —dije— mejor que nos sentemos.
—Sí, ¿has bebido? ¿Por eso has tardado? ¿Estabas con Pablo, verdad?
—Sí.

Respondí secamente y fuimos directos al sofá. Mi suegro estaba tumbado en su cama ya que se había desmayado y estaba recuperando el conocimiento en esos momentos. La policía empezó a hacerme preguntas, ellos sabían que yo no era un sospechoso porque a la hora del homicidio estaba con Verónica, no obstante, querían saber mi relación con mi suegra, si ella tenía enemigos. Estaba muy nervioso, respondía tartamudeando, fue cuando lo vi claro, yo no valía para ser malvado y salir con la mía, era una persona corriente que jamás había hecho mal alguno, no había casi ninguna posibilidad de salir indemne del asesinato de mi suegra, ¿por qué defender a Pablo? Podría ser mi mejor amigo, no obstante, eso loco me había destrozado la vida, se acabó nuestra amistad, se acabó mi relación con Verónica, únicamente quería ser libre y olvidarme de esa noche para siempre. Me callé sin más ante tantas preguntas.

—Sé quien ha sido… —dije.
—¿Cómo? —se sorprendió el policía.
—Vengo de casa del asesino, me lo ha confesado todo, he tardado en confesar porque estoy mal de la cabeza… quiero decir que me encuentro mal porque no me esperaba esto de mi amigo…

Lo conté todo, cuando terminé Verónica fue a pegarme y a insultarme, dos policías la cogieron y la llevaron a la cocina para tranquilizarla pero aún podía escucharla: “cabrón, eres un hijo de puta, te dejo, cabrón de mierda, tenía razón mi madre, ibas a ser nuestra desgracia”. Que mujer, aún confesando quién era el asesino de su madre, únicamente sabía decir que me iba a dejar. Yo lloré de lo nervioso que estaba y un policía me tranquilizó. La verdad es que los temblores (y mi pensamiento en Pablo y la prisión) cesaron después de haber confesado.

—Yo no sabía qué iba a pasar todo esto, lo juro, no lo sabía…
—No pasa nada, chico, ¿has dicho toda la verdad?
—Sí.
—¿Lo dirías en un tribunal?
—Sí.
—¡Sargento!
—Dime, Vicente.
—Se ha presentado un chico que dice ser el asesino.

Me levanté y fui corriendo para ver si era Pablo, ahí estaba, quieto y parado esperando mi afirmación, miré al sargento moviendo la cabeza para afirmar que era él. Lo arrestaron sin ningún tipo de violencia, él se dejó y fueron a comisaría, yo me fui en el coche del sargento para firmar mi declaración, no me despedí de Verónica, nunca más la vería, la llamé en más de una ocasión aunque ella nunca me respondió las llamadas, no se puede reprochar nada a la pobre chica. Pablo lo confesó todo, dijo ser el único culpable y yo ser una pobre víctima más de este puzzle, quiso verme luego para hablar conmigo, en un principio los policías se negaron pero Pablo insistió tanto que cedieron aunque sólo para hablar cinco minutos. Cuando fui a verle estaba sentado, a cada lado había un policía. Fumando y mirando al suelo con mucha calma, alzó la cabeza y sonrió un poco al verme.

—Jaime…
—¿Por qué, Pablo?
—No entiendo.
—¿Por qué has confesado al final?
—Cuando te fuiste lo vi todo claro, sabía que tú no podías jugarte toda tu vida por mí, nadie en su sano juicio lo haría y tú eres una persona que estás en tus cabales. Me he aprovechado de nuestra amistad, quería matarla porque estaba harto de ser el bueno y el tonto de la película, ¿te acuerdas cuando me defendías en el colegio cuando me pegaban? Nadie nunca me ha respetado, no como a ti que eras valiente y fuerte, sin embargo, tú nunca me pegaste, no sé la razón, sólo sé que me hablaste como uno más, por tu valentía y tu generosidad me enamoré de ti… en fin, volviendo al tema, quería demostrar al mundo que era lo suficiente malvado e inteligente para salir de esta situación, no había pensado que si salía de está situación entonces nadie sabría que era un cabrón y estaría igual que antes, sería el mismo mierda… por eso te llamé, me di cuenta de mi error. Pensé que ella era la víctima porque aparte de solucionar mi autoestima podía hacerte un favor, a la persona que más quiero. Sólo he perjudicado a los dos, espero que algún día me perdones, no quiero que me visites nunca, quiero olvidar mi amor imposible, si de verdad me perdonas, si de verdad has sentido aprecio alguna vez por mí, nunca vengas a visitarme.


No me dio tiempo de contestar, dos policías se lo llevaron, creo que fue él quien lo pactó así con ellos para no tener que escucharme nunca más. Cumplí la promesa y jamás fui a visitarle, por la prensa me enteré que le cayeron treinta años de prisión. Me quedé sin pareja y sin amigo, aún hoy no sé si lo he perdonado tanto a él como a mí mismo, espero que Verónica vuelva a ser feliz, ojalá. Tardé mucho tiempo en asimilar toda aquella noche, intenté olvidar, lo cual resultó imposible y he terminado por aceptar tal historia y escribirla para poder expulsar mis demonios.



Autocrítica ("Es tan difícil verse a uno mismo como mirar para atrás sin volverse." Henry David Thoreau ):

"Pablo" es un cuento que escribí por abril o mayo de este año y que hace dos o tres semanas lo corregí profundamente o lo intenté. Creo que "Pablo" es un cuento con una buena idea como es la lucha del bien y del mal o de la amistad, ahora bien, quizás he exagerado la muerte de la víctima de Pablo y no he desarrollado totalmente la idea que tenía en la cabeza, pero no hay que olvidar que la intención era buena.

miércoles 25 de noviembre de 2009

La vida no es una fiesta.

Este año he escrito unos cuantos cuentos y voy a colgarlos poco a poco en el blog. Este cuento se llama "La vida no es una fiesta". Ahora que han pasado unos cuantos meses creo que este cuento es interesante pero que no he conseguido totalmente el objetivo que pretendía, mezclar reflexiones con la literatura, no es un texto totalmente maduro aunque el camino y el estilo son buenos.

La vida no es una fiesta


Ya estoy otra vez borracho, todo es tan triste, no ocurre nada, hoy ha pasado otro día y ya queda uno menos para la muerte. Intento creer que únicamente estoy pasando por una mala época, como me dice tanta gente, otra veces pienso que ellos no tienen ni idea de por lo que estoy pasando, ¿y yo? Estoy tan mal que no me siento ni joven ni viejo ni persona, sólo soy un hombre que camina solo por la vida. No tengo ni mujer ni hijo, algún amigo me queda aunque poco lo veo.

Cuando yo era una persona alegre, era el alma de la noche, todo el mundo quería estar conmigo, era la última moda. Las camareras me invitaban a copas y me abrían las puertas de su casa, era la envidia de todos los caballeros. Creía que la noche barcelonesa era la mejor del mundo, pero me equivocaba, creía que Barcelona era la gran ciudad liberal en la cual cada uno podría ser lo que sentía, quizás la ciudad condal sí que acepta más a las minorías que otras ciudades españolas, aunque hay gente que exagera esta característica barcelonesa. Los años pasaron rápidamente y yo me iba quedando solo, la moda cambió y no supe actualizarme con los nuevos jóvenes, éstos me destronaron y desterraron del mundo nocturno. Fue cuando me di cuenta de la gran hipocresía, de mi gran mentira. En todas las discotecas que iban de una elegancia superior seguían los mismos patrones: todo el mundo bailaba genialmente y mostraban ser los amos de mundo, ninguno parecía tímido ni feo ni sereno, todo el mundo vestía igual y bailaba igual, todos eran gente encantadora y divertida que no sufrían, que no sabían que en el mundo había problemas importantes como la crisis económica o gobiernos corruptos… Los chicos guapos iban con chicas guapas, todo el mundo decía ser liberal y tener sexo la misma noche, ahora bien, esa es otra mentira que se ha vendido para que la gente salga más por la noche. Personalmente es cierto que he tenido sexo la misma noche de conocer una beldad, sin embargo, son muchas más las veces que han rechazado tener relaciones sexuales. Ahí estaba yo, a veces iba beodo y no podía eyacular, otras eyaculaba sufriendo en la cama de algún hotel de mala muerte. Todo eso pasó y ni siquiera me di cuenta o no quise darme cuenta, la mayoría de mis amigos se han casado, mis amantes son madres respetadas por sus vecinas, yo pensé que podría desafiar el mundo viviendo a mi manera, creí que podría vencer, y he salido derrotado.

He dejado de escribir, estoy caminando por el centro de Barcelona y sigo este relato corto en mi mente. Me encanta esta parte de mi ciudad, es algo mágico. Sants y Les Corts son dos barrios bonitos y modernos pero yo estoy enamorado del Gòtic, del Born, de la Ribera y Gràcia. He entrado en la iglesia Santa María del Mar, me gusta más que la catedral, en el interior de Santa María del Mar predomina una luz que parece que me ilumina la vida. No creo en Dios pero me gusta visitar iglesias, durante siglos han sido el centro de reunión del pueblo y no dejan de ser una base importante de nuestra educación y cultura. Salgo de la iglesia y me voy directo a un bar a tomar una cerveza, tenía ganas de tomarme una, mi cuerpo está tan habituado al alcohol que se encuentra extraño si no tiene su dosis.

Han pasado dos días desde que dejé de escribir física y mentalmente, la causa es un exceso de cerveza y luego ron. No fue el típico caso de liarme sin querer, no, desde la primera cerveza sabía que acabaría beodo y solo en alguna parte de la ciudad hasta altas horas de la madrugada. Ya lo he hecho más de una vez, no es algo que me siente bien pero soy tan desgraciado que no me importa casi nada ¿casi nada, qué me importa entonces? Después de dos días he vuelto a fumar, hasta ayer el cuerpo me rechazaba la nicotina, casi no he comido ya que no tenía ganas de cocinar por mi dolor físico y mental, desventajas o ventajas de vivir solo. Este mediodía ha llamado mamá, ha preguntado cómo estaba, qué iba a decirle, “bien, mamá, no te preocupes” y luego “la semana que viene intentaré haceros un visita a ti y a papá…”.

Mamá está preocupada por mí, es lógico, siempre fui a una persona muy alegre hasta la época actual, cuando supo que me dieron la baja por ansiedad se entristeció mucho, no entiende por qué estoy tan mal, dice que soy clavado a mi abuelo, también era muy alegre hasta que un día se quitó la vida, yo la intento tranquilizar, no pienso suicidarme ya que es un rol ocupado en la familia. Sinceramente sí que pienso en el suicido como una opción en la vida, la última opción de la vida. No creo en mí y así es muy difícil seguir viviendo. Irónicamente, pensar que cuando quiera puedo quitarme la vida me da fuerzas para continuar, hoy es un día malo y mañana puede ser peor, no obstante, es fácil de solucionar con tirarse al metro o abrirse las venas. Me gustaría tener una muerte diferente de la que tienen los demás, algo especial, por ejemplo: esperar a desangrarme mientras veo la película “Ocho y medio”. El personaje de la obra es Guido Anselmi, un director de cine que está pasando una crisis creativa, se puede decir que el final de la película es optimista. Intento mantener esa esperanza, ese final creativo y original pero yo no soy un genio como Federico Fellini, antes pensaba que era inteligente y quizás lo soy aunque de nada me ha servido en la vida. Creo que sería una muerte romántica y extraña, sería el resumen de lo que yo soy, siempre fui un poco el bicho raro allá donde iba, tenía suerte por mi buen físico que me hacía tener éxito con las mujeres, cuando me conocían bien me dejaban por loco y extraño, no entendían que un hombre que cuidaba su cuerpo también podía leer a Dostoieveski… en realidad la culpa es mía, vendía la imagen de un hombre que no era yo: un hombre seguro que actuaba sin pensar en las consecuencias, hedonista y desenfadado al cien por cien, era un perfil que hiciese que se fijasen en mí mujeres amantes de la nocturnidad pero cuando veían que era una persona pensativa, que le gustaba la soledad y leer, que no encajaba con casi ninguna de las opiniones de los demás y un larga lista me dejaban. Mi problema ha sido también ser superficial con las mujeres, únicamente me fijaba en su belleza física ¡he estado con mujeres preciosas! Sin embargo, todas me aburrían con sus temas tan estúpidos y mezquinos, nunca acababa de cuajar la relación. A mí en aquella época no me importaba, sino estaba con una, estaba con otra… hasta que conocí a dos mujeres especiales en mi vida.

No, voy a dejar de mentir. En las siguientes líneas iba a explicar que conocí a dos mujeres especiales. La primera era muy guapa con una inteligencia malvada y la segunda era una mujer fea, culta, inteligente y con una personalidad dócil e introvertida que le hacía ser una buena persona. La primera mujer fue mi pareja durante dos años, quedé impregnado por su sexo y me volvió loco, a sus manos fui Francisco de Asís de Borbón y ella Isabel II. La segunda mujer fue mi mejor amiga que estaba locamente enamorada de mí, a ella le explicaba todos mis problemas con la primera, ella no entendía cómo alguien como yo, con mi éxito con el sexo femenino y mi cultura, podría haber acabado tan mal, yo tampoco tenía respuesta a tal hecho… finalmente me abandonaron las dos mujeres y yo quedé perdido en la vida. Como se puede ver, no es una gran historia, ya he escrito cuentos donde el hombre es guapo, inteligente y culto y se enamora de una mujer bella y malvada, en este cuento el personaje nuevo en mi obra sería la segunda mujer… He inventado un poco mi propio alter ego, yo nunca he tenido el éxito que describo en los párrafos anteriores, ¿por qué me lo he inventado? Porque me siento mejor. Mi yo es un personaje introvertido, inseguro en la práctica de la vida pero un gran teórico. Poco éxito ha tenido este yo mío. Estoy solo en la vida y soy un incomprendido, parece que nadie entienda mis pensamientos salvo unos cuantos amigos cibernéticos que leen mis cuentos en mi blog, gracias a ellos sé que no estoy totalmente solo en el mundo, que hay gente como yo aunque el problema reside que estamos muy repartidos por el mundo. ¿No hay nadie que comparta mis pensamientos en Barcelona? Al menos no conozco a nadie, únicamente los libros.

He vuelto a dejar de escribir en el ordenador y miro la televisión un rato aunque no la veo, escribo mentalmente. Cambio de canal cada treinta segundos ya que me aburre lo que veo, ¿cómo le pueden gustar estos programas a la gente? Hay una película en otro canal, en tres minutos ya sé el final, el político se casará con la señora de limpieza del hotel, cómo pueden hacer cine tan aburrido y previsible, cómo es posible que haya gente que se trague tantas idioteces. Cierro la televisión, no es bueno verla ya que es la asesina del yo, una máquina que transforma a las persona en sujetos snobs, no pienso dejarme atrapar aunque tal hecho signifique ser un incomprendido. Releo algunos fragmentos de libros de Dostoievski que me marcaron en su primera lectura: “en efecto, se me ocurre ahora plantear una pregunta ociosa, ¿a ver, qué es lo que resultaría mejor?: ¿si una felicidad barata o unos sufrimientos elevados? ¿A ver, qué sería mejor?” dice el autor en “Memorias del subsuelo”, creo que este párrafo explica mejor que yo mis sentimientos citados en las líneas anteriores. Cojo otro libro y encuentro este bello fragmento:“la caída y el deshonor de los justos suele causar regocijo”, dice el escritor en “Los hermanos Karamazov”. Fue el último libro del ruso y quizás el más complicado filosóficamente, creo que Dostoievski no supo controlar totalmente a sus personajes y sus pensamientos, véase por ejemplo cómo el autor intenta que Aliosha sea la figura principal del libro, sin embargo, en contra de la voluntad de Dostoievski es Iván quien acaba siendo el personaje primordial. No obstante, es increíble la fuerza de superación de Aliosha, su último discurso en el libro marca una gran fuerza interior, su padre ha sido asesinado por un bastardo, él se suicida y va a prisión, Dmitri (el primer hijo del difunto), . “Crimen y castigo”, su libro magistral, casi perfecto en lo estrictamente literario, sus personajes, desde Raskolnikov a Sonia o Marmeladov, son personajes complejos, contradictorios (¿acaso no es lo mismo ser complejo y contradictorio?), sobretodo el personaje principal, Raskolnikov comete un crimen pensando que podría superar tal fechoría pero no puede sobreponerse a su castigo interior y finalmente… el final es brillante.

Vuelvo a escribir en el ordenador ya que no puedo dejar de pensar en la frase “la caída y el deshonor de los justos suele causar regocijo”. Una frase que se puede interpretar con lecturas diferentes pero yo creo que el escritor tiene razón. Muchas personas dicen que tengo un carácter dócil, bueno, agradable y cariñoso… en otras palabras, soy una persona inocente, es por eso que alguna gente ha intentado aprovecharse de mí, una vez le pagué a un amigo cocainómano todas las deudas que debía a un traficante, estoy hablando de dos mil euros, este amigo era de la infancia y me dijo que yo era el mejor, que era una gran persona y que me iba a devolver todo el dinero… desapareció y nunca más lo he vuelto a ver. Fueron veinte años de amistad tirados al suelo por los intereses y egoísmo de uno y la inocencia del otro, a veces creo que si no lo hubiese pagado seguiría siendo amigo mío, aunque especular no sirve de nada..

Ahora estoy pensando en cómo me cuesta conseguir personas para hablar de literatura, cine o pensamientos de la vida. Únicamente tengo un amigo que llega a comprenderme un poco, se llama Julián y lo conozco desde hace unos veinte años. Estudiábamos en la facultad de filología castellana y nos gustaban los mismos literatos como Benito Pérez Galdós, Charles Dickens o León Tolstoi. Tuvimos una amistad muy íntima, nos contábamos todos nuestros secretos… actualmente él está casado y con un hijo de tres años y es muy feliz. Nos vemos poco y hemos perdido un poco de confianza aunque sigue siendo una bonita y sólida amistad. Julio solía decirme que yo era muy especial, también comentaba que había aprendido mucho conmigo y que no me preocupase por no ser comprendido ya que algún día llegaría alguna mujer especial o extraña como yo. Sigo esperando el día, a mi edad no pienso en si voy a llegar a convivir con alguien, la esperanza es lo último que se pierde pero me he acostumbrado a vivir solo. Los libros y mis relatos me llenan sobradamente, no obstante, siento que me falta algo para llenar todo mi yo.

Cuando era joven me costaba mucho comprender a la gente, esto hacía que fuese aun más ignorado, las derrotas enseñan mucho y he aprendido a escuchar y tolerar a los demás. Sin embargo, ellos a mí todavía no me comprenden. Antes he escrito que tenía la baja por ansiedad, era mentira, soy profesor en la facultad, me he acostado con alguna alumna que sólo buscaba el aprobado y después me dejaba tirado, no aprendo. Sí que es cierto que mamá se preocupa por mí y por mi soltería, tiene miedo de que me quite la vida como el abuelo, “tendrías que ser como tu hermano que es más pequeño que tú y va por el segundo hijo”, me dice, “claro, mamá” respondo yo. No entiende que yo soy un extraterrestre.

He vuelto a dejar de escribir durante unos días, no por voluntad propia. La causa es unas hemorroides trombosadas, acudí al hospital y allí el médico me abrió el ano en canal para quitarme la almorrana con un bisturí, previamente con una bonita inyección que representaba ser la anestesia, después del dolor de la aguja no sentí nada más hasta que el médico metió en mi culo cuatro gasas, ¡qué dolor! Tuve que estar toda la noche con las gasas para que la herida pudiese cicatrizar. No pude dormir en toda la noche, no podía sentarme porque me dolía demasiado, no podía casi ni caminar, aún no sé cómo llegué a casa después de salir del hospital. No podía defecar ni expulsar gases, lo cual me provocaba aún más dolor cuando el cuerpo quería y no podía desterrar vapores. A las cuatro de la mañana no aguanté más y me quité todos los “tapones” ensangrentados, manché las sábanas de sangre… menudo espectáculo tan repugnante. He estado dos días con bastante dolor y sangrando aunque ya me ha bajado bastante la inflamación y hoy no me duele tanto el ano, ¿por qué me ha pasado esto? Está claro, los excesos, sobre todo el alcohol. No es la primera vez que tengo hemorroides y sé qué se siente pero mis temblores cuando no bebo son más fuertes que el recuerdo del dolor. ¿Por qué esos grupos roqueros no cantan las consecuencias negativas de las borracheras en vez de idealizarlas tanto? Supongo que venderían menos discos, la juventud conoce la resaca pero no las verdaderas consecuencias del exceso de alcohol, yo con los años he conocido los problemas de tales excesos aunque ahora no puedo dejar el alcohol, no tengo fuerzas. Yo de joven, aparte de beber, también leí a Epicuro, recuerdo que su filosofía me atrajo. “Ningún gozo es malo en sí mismo, pero los actos causantes de determinados gozos conllevan muchos más dolores que gozos”, dice Epicuro en uno de los pocos textos que han sobrevivido del filosofo con el paso de los siglos. Supongo que es típico la búsqueda del extremo placer en la juventud, luego, con el paso de los años el joven es un adulto y se da cuenta que para controlar su felicidad tiene que seguir el camino del placer medio, es algo que yo he intentado pero no consigo alcanzarlo por varios motivos: la primera causa es que son muchos años bebiendo y me cuesta mucho cambiar la rutina, el segundo motivo es que al estar solo no tengo que mirar por nadie y no tengo motivación alguna para salir de este tipo de vida, sé que es una justificación ruin y cobarde, sé que tendría que mirar por mí mismo, quererme más, pero no puedo. Epicuro no era ningún idealista, nunca negó que el hombre era un desgraciado, un ser que sufría, no obstante, el griego formuló una reflexión interesante: aceptar el sufrimiento para llegar a la felicidad. Dostoievski dice algo parecido ya que éste habla en varios libros de saber vivir con el sufrimiento, no olvidarlo o ignorarlo, esa no es la solución, vivir día a día con el dolor para poco a poco poder superarlo y llegar a la paz interior, a la alegría o felicidad. Yo he aprendido a vivir con el dolor aunque quizás no intento llegar a ningún puerto. No existe un superhombre pero sí el sentimiento de superación de uno mismo. Yo tengo esa fuerza de voluntad en la literatura, sin embargo, pierdo mi fuerza en la vida real, he intentado cambiar y he fracasado una y otra vez… ahora únicamente bebo, leo y escribo, el alcohol me destruye y la literatura me regenera, es una guerra que únicamente acabará con la muerte… en fin, no paro de contradecirme, será mejor que termine con este tema.

Vuelvo por tercera vez a escribir mentalmente, me gusta mucho esta práctica, realmente no es escribir, más bien hablar pero con un esquema literario. Estoy preparando un nuevo libro que trata sobre la vida de un hombre que no conoce a su padre, la madre del personaje muere cuando él cuenta treinta años, casado y con hijos, la madre sólo contó a su hijo que su padre se fue y nunca le nombró el nombre ni los apellidos, el personaje investiga quién es su padre para saber el pasado de su familia y finalmente descubre que nació a través de una violación, a partir de ahí crecerán en el personaje muchas reflexiones caóticas que tendrá que poner en orden poco a poco. Es una buena idea, difícil de madurar aunque yo soy paciente para escribir, es la mejor arma del escritor: mucho aguante. Por suerte el escritor no es como el deportista o el roquero que a los veinte pocos años está en su mejor etapa. Un escritor no es considerado maduro hasta los cuarenta y pocos años, no hace falta dar ninguna explicación a tal hecho, no hay que ser muy inteligente, digo que es una suerte porque aunque en el mundo de la literatura cuesta hacerse notar, cuando se descubre un gran escritor tendrá asegurada una vida larga aún después de su muerte gracias a su obra. Ya que no tengo hijos, al menos que mis personajes sean lo más parecido a una familia.

Vuelvo a escribir físicamente para terminar este relato corto sin sentido, más páginas pueden llegar a aburrir al lector. Tampoco tengo por qué justificarme, yo soy el Dios aquí. Un artista es el ser que más cerca está del hipotético Dios, el artista es un creador de mundos, como el Señor. Nosotros creamos y destruimos a nuestro antojo, con algunos de nuestros personajes somos benévolos y con otros somos déspotas tan sólo por una cuestión de diversión, o ni eso, nos da la gana. El hombre es el alter ego de Dios según la Biblia, la mujer salió de la costilla de un hombre y yo digo que el cristianismo es un spin-off del judaísmo. Escribiendo comprendo un poco más la figura del todopoderoso, antes he dicho que no creo en tal ser, lo cual es cierto pero como todo ateo radical pienso mucho en Dios, es una necedad pensar en algo que no existe, no obstante, también pienso en el amor y no deja de ser otra locura. ¿Cuántas veces me he enamorado? No muchas, soy una persona a la que le cuesta enamorarse, ahora bien, una vez que el sentimiento llega a mi ser me convierto en tan loco como cualquier otro, quién sabe, quizás hasta más. Ahora es cuando recuerdo una época en la vida en que sí era feliz, durante un corto tiempo estuve con una mujer con la que pude compartir un placer sexual y amoroso que llenaba todo mi ser. Con ella todo mi cuerpo y toda la tierra temblaba, igual que Robert Jordan con María en el libro “¿Por quién doblan las campanas?” de Ernest Hemingway. ¿Por qué acabó? ¿Por qué fue tan corto? Acabar, acabó como termina todo en la vida, corto fue porque sentimos que lo bueno en la vida dura poco, sin embargo, estas respuestas no pueden llenar mi vacío. La vida no es una fiesta, hoy estoy depresivo, me cuesta seguir para delante, miro el pasado y recuerdo mis alegrías y tristezas, he podido superar adversidades pero cada problema es una gota que poco a poco colmará el vaso. Tampoco la vida es un camino huero, al menos gracias a la literatura mi vida no es así, riego mi jardín con prosa, voy a seguir nadando por el río, tengo miedo, siento pena y sufrimiento, no tengo ni idea de lo que me espera, sea lo que sea, lo aceptaré.

domingo 15 de noviembre de 2009

Parc Güell.

He hecho algunas fotos a uno de mis lugares favoritos de Barcelona.





























































































































Tras uno de sus múltiples viajes a Inglaterra, donde pudo conocer el encendido debate sobre las ciudades-jardín y el concepto de puente entre la ciudad y el campo, Eusebi Güell regresó entusiasmado por la idea de realizar un prototipo adoptado a la burguesía catalana en un terreno de su propiedad, situado en los alrededores de Barcelona. En Inglaterra, la construcción de ciudades-jardín obreras era reciente, por ejemplo, la de Lecthworth, concebida por Ebenezer Howard, fue iniciada en 1902.
No obstante, Eusebi Güell no se decantó por la realización de una ciudad-jardín obrera, pues ya había puesto en pie la Colonia Güell. Su cabeza hervía de ideas y quiso atraer el interés de la burguesía barcelonesa hacia ese tipo de urbanización, diametralmente opuesta a la ciudad compacta surgida con el Eixample. Concibió su ciudad-jardín como un lujoso barrio privado, protegido por un imponente muro perimétrico, con pocas entradas siempre vigilidas. Además, quería construir las viviendas en un auténtico parque, suntuoso como los jardines franceses que conoció en su juventud.
En 1900, Eusebi Güell pidió a Gaudí que realizara un proyecto general de la ciudad-jardín en su propiedad, de casi 15 hectáreas, en la ladera este de la accidentada montaña Pelada, cuyo nombre recordaba la completa deforestación que la privó de vegetación mediterránea. Esa colina rocosa se desarrolla paralela a la sierra de Collserola, está orientada al mar, y por tanto, es muy soleada. Desde la cima de esa colina puede observarse el mar, la ciudad y el interior.
Gaudí realizó una división de la zona central del área disponible en 60 parcelas, de las que podría edificarse un tercio de la superficie, que era de 1.100 - 1.200 m2. Y para que así fuera, redactó una normativa muy precisa tanto para la construcción de las viviendas como para la vida de los habitantes del parque. Eusebi Güell puso en venta las parcelas, después de haber predispuesto los elementos públicos y las instalaciones generales, que consistían en la instalación del sistema eléctrico, la iluminación nocturna del parque y las calles, las canalizaciones y la instalación telefónica. La mayoría de la superficie estaba destinada al enorme parque, con un buen número de espacios de uso público: un mercado, una enorme cisterna de agua, una plaza amplísima para actividades deportivas y espectáculos al aire libre, así como una iglesia.
La idea de ciudad-jardín de Güell no sedujo a la burgesía barcelonesa y sólo se vendieron dos parcelas, una de ellas a Gaudí, quien construyó allí su casa-muestra. Se cree que el fracaso del proyecto se debió tanto a unas normas de construcción y gestión demasiado restrictivas, como el desinterés general de la burguesía, ocupada en la construcción de los palacios urbanos del Eixample. En cambio, el lugar atrajo inmediatamente a grupos y asociaciones barcelonesas que celebraban allí espectáculos y encuentros al aire libre. En 1906, antes de concluir la sala hipóstila del templo dórico, se realizó el I congreso de Lengua Catalana, con un Gaudí y un Güell militantes muy activos en los movimientos en favor de la autonomía catalana.
En el Parck Güell sólo vivieron el abogado Trias y sus descendientes, Gaudí con su padre y sobrina, a partir de 1906, y el conde Güell, que ocupó una vivienda ya existente, la casa Larrand, reestructurada para él por el arquitecto entre 1906 y 1922, año de su muerte. En 1923, el parque fue donado por el hijo de Güell al Ayuntamiento de Barcelona, que lo convirtió en parque público.
En las obras del parque colaboraron diversos arquitectos amigos de Gaudí, en particular Jujol y Berenguer, y posiblemente también Rubió. Desde entonces, el complejo paisajístico sufrió diversas modificaciones. En 1963, la Asociación Amigos de Gaudí compró la casa donde había residido el arquitecto y la transformó en museo. En 1969 fue declarado monumento nacional y en 1984 la Uneso lo incluyó en la lista de bienes del Patrimonio de la Humanidad. Asimismo, en 1987, el parque fue restaurado en muchas zonas por los arquitectos Elies Torres i Tur y Josep Antoni Martínez i Lapeña.
El parque pone de relieve el talento paisajístico de Gaudí, una de las formas en que saca partido a sus profundos conocimientos botánicos, ya cultivados en su época universitaria. En aquel momento, asistió al curso opcional de Ciencias Naturales y trabajó para el capataz de obra Josep Fontseré i Mestres, en los años en los que éste estaba construyendo la Ciutadella en 1872, y el joven Gaudí trabajó a su lado en el proyecto de una estructura arquitectónica para una cascada de agua. Fontseré interpretó el proyecto del parque en clave romántica, conjugándola con el naturalismo mediterráneo, bien ejemplificado en Barcelona con el jardín del Laberinto de Horta de finales del siglo XVIII.
Gaudí quiso ser fiel a su línea romántica, a la que imprimió el naturalismo mediterráneo que él inventó, puesto que conocía muy bien las plantas típicas de los bosques mediterráneos, las especies subtropicales, la ordenación del paisaje trabajado para la producción agrícola... Además, tenía gran inclinación a conjugar la arquitectura y la naturaleza de diversas formas, como queda de manifiesto en el Park Güell y en los Jardines Artigas, situados en La Pobla de Lillet, cuya factura gaudiniana fue recientemente descubierta. La distribución de los jardines para viviendas, aisladas o urbanas y el intento genial de traducir en piedra los elementos que descubría en el mundo natural constituyen otras expresiones de esa inclinación. Es el caso de la utilización de las superficies onduladas o la curva catenaria, descubiertas en las superficies de las hojas o en los troncos de árboles. También fue el caso del mimetismo con la naturaleza circundante, cuyo ejemplo más evidente es la cripta de la Colonia Güell. Asimismo, se reflejó en lo que pueden considerarse jardines de piedra, como la fachada del Nacimiento de la Sagrada Familia, repleta de flor catalana.
En el Park Güell su talento como arquitecto paisajístico se expresa en términos ejemplares desde muchos puntos de vista. En primer lugar, resulta compleja la realización de los caminos interiores, que Gaudí quiso dividir en peatonales y para vehículos y, además, tenía que dibujarlos sobre una superficie sinuosa, con desniveles, barrancos, zonas yermas y rocosas. Para superar los desniveles y accidentes del terreno costruyó terrazas y viaductos, en los casos en que el trazado del recorrido quedaba suspendido en el vacío. La sumisión rigurosa al relieve accidentado del lugar lo estimuló a inventar grutas como las de la naturaleza, a delimitar los recorridos con pórticos sostenidos por columnas inclinadas con fustes espiraliformes o antropomórficos. En las áreas secas enriqueció la vegetación introduciendo pinos, algarrobos, encinas, palmeras y dejó que la retama, el romero, el tomillo, el jazmín y la glicina se extendieran con toda libertad.
Organizó los recorridos del parque articulados en dos vías principales que nacen en la entrada. El principal camino peatonal es el que lleva desde la entrada, a través de la doble escalinata, a la plaza del mercado porticado del templo dórico, y, de ahí, hasta la enorme explanada del teatro griego. Así, con extremada rapidez, se supera un desnivel de 17 metros. En la entrada principal nacen dos itinerarios que se unen en la parte alta del parque. A partir de ahí, mediante largas escaleras rectilíneas muy inclinadas, se puede bajar a pie a la explanada. Uno de los dos brazos de recorrido rodea el Calvario, el punto más elevado del parque, donde, sobre un promontorio aislado, estaba prevista la construcción de la iglesia y, donde, en cambio, se han colocado tres cruces. En total, los caminos del parque suman 30 kilómetros, en los que se cuentan tres puentes para unir los tramos de viaductos que protegen los senderos peatonales inferiores.
En 1903 se iniciaron las obras de los dos edificios laterales de la puerta, de la escalinata que protege una gran cochera común, y del templo dórico, y en 1914 el banco sinuoso del teatro.

La verja de la entrada del parque fue de madera hasta 1965, año en el que fue sustituida por la verja de hierro forjado con motivos de palmas procedentes de la Casa Vicens. El muro de protección de 3,8 metros que rodea la propieda se realizó para impedir cualquier intrusión. Consiste en un muro revestido con piezas desiguales de piedra y ligeramente cóncavo en la parte inferior, con una franja intermedia de bloques rústicos y puntiagudos coronados por una cubierta en forma de casco de barco invertido, de un metro de altura, revestido de fragmentos cerámicos. Esta parte final, lisa y resbaladiza, se ve interrumpida por grandes medallones de cerámica fragmentada con la alternancia de las palabras "Park" y "Güell". El muro dejaba espacio para el paso de vehículos y para un acceso secundario a un nivel elevado del parque, donde llega una escalera.
Los dos edificios situados a ambos lados de la entrada principal, que albergan la casa del guarda y las áreas de servicio para el parque, presentan el mismo revestimiento rústico que el muro del recinto, realizado con piedra de color ocre intenso. Se conjetura que ambos edificios se inspiraron en la obra de Engelbert Humperdinck, Hänsel y Gretel, que ese año se representaba en el teatro del Liceu de Barcelona.
La entrada sitúa al visitante ante una escalinata revestida de cerámica troceada, compuesta de dos tramos simétricos con tres rellanos. Entre ambos tramos, Gaudí dejó un espacio poblado de figuras y de puntos de descanso que permiten que el agua circule escondida de arriba a abajo para emerger en la fuente. El estanque de más abajo alberga un jardín japonés en miniatura. En el estanque intermedio, la fuente está coronada por el escudo de Cataluña, insertado en un medallón del que despunta una misteriosa serpiente. La tercera fuente está dominada por un dragón que escupe agua por la boca y que recuerda a Pitón, el mítico guardían de las aguas subterráneas. El agua que emana de la fuente procede de la cisterna de 1200 m2 enterrado bajo el gran espacio del templo dórico, en el que destacan columnas y arcos imponentes.
El área del mercado o templo dórico es un espacio sugestivo sembrado con 86 sólidas columnas dóricas que sostienen un techo compuesto de pequeñas cúpulas apoyadas en vigas ligeramente curvas. El revestimiento del conjunto consiste en cerámica fragmentada de color blanco que, gracias a las reverberaciones luminosas, sugiere el ligero movimiento ondulatorio del mar, una percepción acentuada por la ligera inclinación de algunas columnas. Del revestimiento cerámico del techo sobresalen esferas coloridas de cerámica y cristal con escudos y símbolos. Para cubrir el templo, Gaudí recurrió a un sistema de elementos prefabricados de ladrillo, cubiertos de tierra. Junto a la sala mana una fuente de agua mineral, que Eusebi Güell comercializaba con su nombre.
La explanada de tierra está perimetralmente delimitada por un largo, continuo y serpenteante banco decorado con cerámica troceada, una técnica conocida como trencadís. La sinuosidad del banco forma pequeñas "bahías" donde pueden descansar y charlar pequeños grupos de personas. El perfil exterior del banco armoniza con el friso del templo dórico situado debajo que, en la parte alta, presenta gárgolas en forma de cabezas leoninas. La decoración del banco serpenteante fue muy admirada, quizá porque se anticipaba a las formas expresivas de artistas como Miró, Picasso o Braque. Gaudí aprovechó la franja del borde del respaldo para introducir palabras religiosas, referencias catalanistas y símbolos, parcialmente perdidos con la restauración de 1989.

Texto de Maria Antonietta Crippa.


sábado 17 de octubre de 2009

Puerta 10.

Mis amigos José Zapata y Javier Mozos han fundado un grupo de música llamado Puerta 10. José toca el bajo y Javi la batería. El resto de la banda son David Sevilla a la guitarra y Giancarlo Arena a la voz. Han grabado una maqueta bajo la producción de Antonio Orozco y Xavi Pérez. Aquí os dejo la biografía que ellos mismos han escrito:

"Fue en noviembre de 2007, mientras el mundo eufórico buscaba cualquier excusa para exclamar un rotundo “¿Por qué no te callas?”, cuando se formó “Puerta 10”. No pretenden ser una revolución musical, ni piden ser el eco de una tendencia. No llevan peinados a la moda, no usan la palabra “sociedad” en sus canciones, no fuman para sentirse más rockeros, no gritan los tópicos de siempre. Sólo se limitan a jugar con las melodías, con la ambigüedad de las palabras, a cantar la belleza de la cotidianeidad de los veinte años. Hablan del tiempo que no pasa o que lo hace demasiado rápido, del amor que existe cuando se acaba, de las mentiras que necesitamos para ser felices. Puerta 10 es la parte oculta de las personas, es la puerta que nos lleva a la visión de nuestro alrededor, con ojos genuinos y honestos, hartos de purismos y disfraces. Puerta 10 es el momento en que se decide dar un paso al exterior, ver tu propio mundo cruzando una puerta, ver toda una vida de cosas, proyectos y recuerdos que merecen la pena. Tras unos años de composición y algunos conciertos, en septiembre de 2009 graban su primer EP con la producción de Antonio Orozco y Xavi Pérez. Siempre se abren nuevas puertas; lo importante es saber donde conducen esas puertas y luego tener fuerza para emprender el camino que se ve desde ellas, un camino lleno de sorpresas".

Personalmente es un grupo que me gusta mucho, podéis pensar que lo digo a causa de nuestra amistad, los que me conocen bien saben que si algo no me gusta lo digo claramente, vaya, este comentario es otro tópico jaja. Os dejo mis dos canciones favoritas, espero que sea de vuestro grado.






video

video

Para más información: http://www.myspace.com/puerta10band

sábado 10 de octubre de 2009

Un ladrón honrado.

FEDOR DOSTOIEVSKI
Un ladrón honrado
I
Una mañana, justo en el momento en que me disponía a
salir de casa para dirigirme a mi trabajo, Agrafena,
que es a un mismo tiempo mi cocinera, mi lavandera y mi
ama de llaves, entró en mi habitación y, con gran
sorpresa por mi parte, comenzó a hablas animadamente
conmigo.
Agrafena era una buena mujer que se distinguía por su
sencillez y escasa locuacidad, pues aparte de las
preguntas cotidianas de rigor sobre lo que desearía
para comer o alguna que otra cosa por el estilo, apenas
me había hablado una palabra de más en seis años. En lo
que se refiere a mí, por lo menos yo nunca te había
oído emitir nada que se pareciera a una opinión
personal.
—Señor, desearía hablarle de una cosa —me dijo en un
principio, pronunciando muy aprisa sus palabras.
—¿Y qué es, Agrafena?
—Que debería alquilar el cuarto pequeño.
—¿Qué cuarto?
—¿Cuál va a ser? El que está junto a la cocina, ¿Acaso
hay otro?
—¿Y por qué habría de alquilarlo?
—¿Por qué? Pues porque la gente acostumbra alquilar
los cuartos sobrantes de las viviendas. ¿No le parece
causa suficiente?
—¿Y quién crees que querrá alquilar ese cuartucho?
—Un inquilino. ¿Quién va a ser?
—Pero si en ese rincón apenas se puede ana cama,
Agrafena... Es demasiado pequeño. ¿Quién querrá vivir
en un sitio así?
—¿Y qué falta hace que viva ahí nadie? Bastará con que
pueda dormir, ¿no? Y para eso está la ventana...
—¿Qué ventana?
—¿Qué ventana ha de ser? Usted lo sabe tan bien como
yo. Me refiero a la ventana del vestíbulo. Allí puede
sentarse a coser o hacer lo que quiera, también puede
colocar una silla, porque él tiene una silla y una
mesa, todo lo que necesita, de forma que usted no
tendrá que poner absolutamente nada.
—¿Y quién es él? Porque, o mucho me equivoco, o me
estás hablando de una persona concreta, ¿no es así,
Agrafena?
—Sí, señor... Se trata de una buena persona: un hombre
de toda confianza. Yo me encargará de hacerle la
comida, y por el cuarto y la manutención le cobraré
tres rublos de plata al mes, ¿qué le parece?
Después de algunas preguntas más, acabé por deducir
que cierto individuo de alguna edad había pedido a
Agrafena que le admitiera como huésped. Y en este
sentido, lo que a la buena mujer se le metía en la
cabeza, no había más remedio que aceptarlo, porque
tarde o temprano acababa saliéndose con la suya. Yo lo
sabía por experiencia propia. Cuando le llevaba la
contraria, su táctica era no dejar a uno e paz hasta
que conseguía sus propósitos. Por lo demás, cuando algo
no salía a su gusto, se quedaba profundamente pensativa
y acababa por caer en una terrible melancolía. Tales
estados de ánimo solían durarle dos o tres semanas por
lo menos, y en todo ese espacio de tiempo no sólo le
salían las comidas insípidas, sino que además dejaba de
limpiar la casa y de lavar la ropa. En resumen, yo
sabía perfectamente que, cuando Agrafena deseaba algo,
había que concedérselo, porque en caso contrario su
disgusto acarreaba una bien conocida secuela de
sinsabores y molestias para mí.
Hacía tiempo que había llegado yo a tales
conclusiones, descubriendo al mismo tiempo que Agrafena
era incapaz de tomar resolución alguna, o de concebir
el menor pensamiento original o nuevo sobre una
situación ya dada. De igual manera, cuando su débil
inteligencia adoptaba alguna idea, o cualquier cosa que
se le pareciese, entonces bastaba contradecirla para
que se aniquilara moralmente por cierto tiempo. En la
ocasión a que me refiero, como se daba el caso de que
era un momento en el que por nada del mundo habría
querido yo ver alterada mi tranquilidad, me apresuré a
acceder a sus deseos de alquilar el cuarto contiguo a
la cocina a aquel «buen hombre» que ella conocía.
—Bueno, supongo que ese amigo suyo dispondrá de la
debida documentación —dije en señal preventiva.
—¡Desde luego! —respondió Agrafena, casi indignada—.
Además, se sabe quién es. Su identidad puede ser
avalada en todo momento. Ya he dicho al señor que se
trata de un hombre serio y de mucha experiencia...,
aparte de que me ha prometido formalmente pagarme esos
tres rublos.
—Está bien —le indiqué—, puedes decir a ese hombre que
venga... Pero antes debes prometerme una cosa.
—El señor dirá.
—Debes prometerme que, al introducir a ese hombre en
mi casa, no se originará ningún problema de tipo
doméstico.
—Descuide el señor... y muchas gracias por su
consentimiento.
Al día siguiente se presentó el inquilino en mi
habitación, lo cual debería haberme molestado, pero no
ocurrió así, sino todo lo contrario, ya que hasta me
alegré en mi fuero interno. A tal respecto, diré que
vivo solo, casi como un recluso, pues apenas tengo
amigos y no salgo de casa. Es cierto que ya me había
acostumbrado a mi soledad, pero ni yo mismo hubiera
podido predecir en qué se habría convertido aquella
situación, junto a una persona como Agrafena, a lo
largo de diez, quince o veinte años. En verdad que
aquella perspectiva no resultaba muy atrayente, y por
ello pensé que, dadas las circunstancias, un pacífico
compañero de vivienda podía representar algo asi como
un don del cielo.
Agrafena no había mentido. Mi inquilino era una
persona de aspecto formal. Por sus documentos podía
saberse que había cumplido debidamente el servicio
militar, pero también se notaba tal circunstancia en
algunos de los gestos y maneras que le habían quedado.
Era, evidentemente, un honrado ciudadano y la sociedad
no tenía nada que reprocharle en materia de
antecedentes penales. Se llamaba Astafi Ivanovich y en
seguida congeniamos. Como virtud esencial tenía la de
saber contar anécdotas de una forma magistral,
habilidad que podía lucir profusamente, puesto que
tenía en la memoria un buen archivo de lances
referentes a su vida en los cuarteles. En resumen,
pronto descubrí que, en el aburrimiento cada vez mayor
de mi existencia, un hombre como aquél podía ser un
verdadero tesoro.
Una de sus historias estaba destinada a dejar en mí
una impresión duradera, y por ello quiero reproducirla
aquí, explicando al mismo tiempo las circunstancias es
que Astafi Ivanovich hubo de referírmela.
Cierto día estaba solo en casa, pues tanto Astafi como
Agrafena habían salido, cuando de repente oí desde mi
habitación que alguien entraba en el vestíbulo. Por
diversos detalles, pude deducir que era una persona
extraña, y no me equivocaba, ya que, euando salí para
ver de quién se trataba, me encontré coa un
desconocido. Se trataba de un hombre de corta estatura
que, a pesar de encontrarnos ya en pleno otoño, no
llevaba abrigo.
—¿Qué desea? —le pregunté.
—Desearía ver al empleado Aleksandrov. Creo que vive
aquí, ¿no es cierto?
—No, señor. Se equivoca, porque aquí no vive nadie de
ese nombre... Adiós.
—¡Cómo! ¡Pero si el portero me ha dicho que vivía
aquí! No lo entiendo... —murmuró el desconocido,
retrocediendo hacia la puerta.
—Pues ya lo ve usted, amigo.
Al otro día, poco después de la hora, de comer, y en
el preciso instante en que Astafi Ivanovich me probaba
una chaqueta que me estaba haciendo, oímos que entraba
de nuevo alguien en el vestíbulo. Fui yo mismo quien
entreabrí la puerta... y entonces comprobé que se
trataba del visitante de la víspera, que ante mis
propias narices cogía mi abrigo de piel de la percha y
se escapaba con él.
Agrafena y Astafi, que me habían seguido, se quedaron
estupefectos por la sorpresa. No obstante, Astafi
Ivanovich reaccionó en seguida y salió corriendo, en un
intento de atrapar al ladrón. Pero a los pocos minutos
volvió a aparecer con gesto desolado y las manos
vacías. El astuto ratero había desaparecido como si se
lo hubiera tragado la tierra.
—Menos mal que no se ha llevado la capa —me creí en la
obligación de argumentar, dada la expresión
apesadumbrada de mi abnegado inquilino—. Si se hubiera
llevado también la capa ese granuja, me habría dejado
sin poder salir a la calle.
Sin embargo, Astafi Ivanovich estaba tan conmovido,
que pareció no oír mis palabras. Admirado por aquella
emoción, no tardé en olvidarme de la pérdida que
suponía la sustracción del abrigo. Mi huésped no
acertaba a explicarse cómo podía haber ocurrido una
cosa así. Aun después de que se hubiera puesto de nuevo
a su trabajo, dejaba de vez en cuando su labor para
hacer renovadas consideraciones sobre el episodio. Se
admiraba una y otra vez de la audacia del ladrón y de
que le hubiese resultado imposible darle alcance.
Al cabo de un rato, y cuando me hubo hecho la prueba,
se puso a trabajar en otras cosas, pero no tardó en
volver a levantarse. Entonces vi que se dirigía a la
escalera y se acercaba a la garita del portero, para
referir a éste lo ocurrido y hacerle los cargos
oportunos por no haber impedido —dejando pasar
impunemente al ladrón— que sucediera una cosa semejante
en el inmueble. Después subió y reproché a Agrafena
algo que no pude entender, tras lo cual reanudó su
trabajo, si bien siguió reflexionando sobre la audacia
del desaprensivo ladrón y sobre la propia impotencia
para darle alcance.
Por la tarde, y para distraer mi aburrimiento, se me
ocurrió ofrecer una taza de té a Astafi Ivanovich, pues
sabía que volvería a hablarme nuevamente del dichoso
episodio, cosa que no dejaba de divertirme, bien por su
ingenua insistencia, o por la honda emoción que ponía
en sus lamentos.
—¡Buena nos la ha jugado ese individuo, Astafi
Ivanovich! —exclamé.
—¡Ya puede usted decirlo, señor! ¡Es como para
volverse loco! Incluso yo, que no puedo afirmar que
naya sido perjudicado, me siento invadido por el coraje
de la impotencia. ¡Cielo santo! ¡A fe mía que po hay en
este mundo ser más ruin que un ladrón! ¡Cuántas veces
no ocurrirá que esos pícaros despojan de su miseria a
quien se ha pasado toda la vida trabajando para reunir
unos pequeños ahorros...! Bueno, creo que lo mejor será
no pensar más en ello, al menos por lo que a mí se
refiere. Y usted, señor, ¿acaso no lamenta la pérdida
de su abrigo?
—Sí, por supuesto. Otra cosa sería que lo hubiese
perdido en cualquier accidente, pero que se lo haya
llevado tan descaradamente un vulgar ratero es algo que
me irrita y me saca de quicio.
—Creo que tiene usted razón; al fin y al cabo a nadie
le gusta tener que resignarse y admitir un robo de esa
clase. Por otra parte, a mi juicio, un ladrón no es un
hombre como los demás... Sin embargo, en cierta
ocasión, yo conocí a un ladrón que era honrado...
—¡Cómo! ¿Un ladrón honrado? No comprendo... ¿Y usted
cree, Astafi Ivanovich, que puede haber un ladrón que
sea honrado?
—Es cierto, señor. En realidad, resulta inconcebible
que un ladrón pueda ser honrado. Lo que yo quería decir
es que aquel individuo al que me refiero era un hombre
honrado..., aunque hubiese robado. Puede creerme,
señor, aquel hombre inspiraba una profunda compasión,
sin que uno supiera muy bien a qué era debida.
—Explíqueme eso, Astafi Ivanovich.
—Se trata de una historia que sucedió hace dos años
aproximadamente.
II
En aquella época —comenzó a contar Astafi Ivanovich—
yo llevaba, si mal no recuerdo, casi un año sin
trabajo. En un figón conocí a un individuo que iba a la
deriva. Se trataba de un borrachín, un holgazán, que ya
no sentía el menor estímulo por la vida, como no fuera
el de emborracharse todas las noches. En otro tiempo
había tenido un buen empleo, pero acabaron
despidiéndole por su mala cabeza. Le daba todo igual, y
no puede nadie figurarse cómo iba vestido. Era digno de
ver... A veces, ni siquiera llevaba una mala camisa
debajo de su mugrienta capa. Todo el dinero que caía en
sus manos acababa sobre los mostradores de las
tabernas. Sin embargo, no era pendenciero, y tampoco
tenía los defectos que son habituales en tal clase de
gentes. Por el contrario, era un hombre esencialmente
pacífico, amable e incluso bonachón. No pedía nunca
nada a nadie y se avergonzaba de cualquier cosa, pero
resultaban más que evidentes sus continuas ansias de
beber, y los que le conocíamos le dábamos dinero para
ello, aunque él no formulase ninguna petición.
El caso es que aquel individuo, desde el momento en
que le conocí, ya no quería separarse de mí. Me seguía
a todas partes y me buscaba por cualquier lado. A mí no
me molestaba, pero a veces me coartaba la idea de
llevar a un perrillo detrás de mis talones, porque esto
era lo que realmente parecía aquel hombre. ¡Qué
individuo tan apocado, Dios mío! No tenía espíritu ni
para matar a una mosca. Todo empezó, en realidad, el
día en que me pidió que «le permitiera pasar la noche
en mi casa». Como en el fondo estaba claro que era una
persona incapaz de ninguna maldad, y además tenía sus
documentos en regla, no tuve ningún inconveniente en
acceder a su petición. Al día siguiente me volvió a
pedir el mismo favor. Pero al tercero... se me presentó
en pleno día, se sentó a mi lado, cerca de le ventana,
y esperó en silencio que llegara la noche.
Como es lógico, empecé a temer que no me lo pudiera
quitar ya nunca de encima, pues para una persona de
modestos recursos económicos siempre es una pesada
carga tener que dar de comer, beber y dormir a un
segundo individuo. Por lo que supe después, aquel
hombre había estado colgado del cuello de un empleado
antes de conocerme a mí. Se emborrachaban los dos
juntos, hasta que el empleado murió en la miseria.
El individuo en cuestión se llamaba Yemelia Ilich y yo
no hacía otra cosa que cavilar para encontrar la manera
de quitármelo de encima. Por una parte, conseguir
apartarlo de mí era un deseo obsesivo, pero por otra
parte me resultaba casi imposible echarlo de mí lado en
cuanto le miraba a la cara y le veía tan desvalido. Era
la viva imagen de la ruina y del abatimiento, por lo
que no podía inspirar sino compasión. Se sentaba junto
a mí, en silencio, y lo más que hacía era mirarme a tos
ojos de la misma forma que los animales domésticos. ¡A
veces me asombraba yo mismo al comprobar hasta qué
punto puede aniquilar a un hombre la bebida!
—En un principio, me dije: «¡Bah, se trata simplemente
de mandarle que se marche el día que verdaderamente me
canse! Le diré que aquí no hace nada y que debe irse,
porque ya no puedo darle ni siquiera un hueso para
roer.» No obstante, aun cuando estaba decidido a actuar
así, siempre me quedaba una duda; la de cómo
reaccionaría él. Me imaginaba que se quedaría mirándome
durante largo rato, mientras so. guía sentado, sin
comprender aparentemente ni una sola palabra, basta
que, llegado un momento, se levantaría para coger su
hatillo y marcharse... Aún me parece estar viendo aquel
pedazo de tela a cuadros rojos, con fondo blanco, que
Dios sabe lo que podía contener, lleno de agujeros, y
que él no abandonaba jamás. Me figuraba, en definitiva,
que se levantarla con dignidad, se pondría su capa
cuidadosamente, para tapar los agujeros de debajo, pues
tal era su sensibilidad, y se dirigiría hacia la
puerta, con lágrimas en los ojos... Al llegar a este
punto, la escena me resultaba intolerable, a pesar de
que se desarrollaba simplemente en mi imaginación. Me
decía que jamás dejaría —o podría permitir— que el
pobre Yemelia se hundiera del todo... Había muchas
partes de mi fuero interno, y en especial mi corazón,
que se rebelaban ante tal posibilidad. Sin embargo, y
al mismo tiempo, también pensaba: «Pero, si continúo
siendo tolerante, ¿qué será de mí? Si me empeño en
ayudarle, pronto tendré que pedir yo mismo limosna...
Debo encontrar una solución.»
Estaban así las cosas, cuando mi patrón, Aleksandr
Filimonovich (hoy ya difunto... y al que deseo que Dios
tenga en su gloria), me dijo un buen día: «Astafi, has
de saber que estoy muy contento contigo. Cuando
volvamos de la finca que tengo en el campo, y a la que
voy con mi familia, te prometo acordarme de ti.» Yo
había trabajado en su casa como mayordomo y ayuda de
cámara... Era un buen amo, pero, desgraciadamente,
murió aquel mismo año. No obstante, en aquella ocasión,
como él se marchó de la ciudad, yo también tuve que
coger mis cosas e irme a vivir a casa de una buena
mujer, a la que le alquilé un rinconcito, que era el
único espacio de que disponía. Dicha patrona había
servido no sé dónde como nodriza, y le pasaban una
pensión, lo cual le permitía vivir sola.
Mi nueva situación me hizo creer que perdería de vista
a Yemelia Ilich, pero me equivocaba, porque un día, al
volver a casa por la tarde, después de visitar a un
amigo, me encontré con el pobre borrachín sentado
encima de mi baúl, y con su hatillo, que había dejado a
un lado de sus pies. Estaba tan tranquilo leyendo la
Biblia, que había conseguido de mi patrona. Por lo
demás, cuando entré, le pude sorprender con el libro al
revés, lo cual ponía en evidencia que no estaba
leyendo.
Recuerdo que, ante aquella sorpresa, no se me ocurrió
otra cosa que preguntarle:
—¿Llevas encima tus documentos, Yemelia?
Y a continuación me puse a calcular las mil
contrariedades que el dichoso vagabundo iba a
proporcionarme. Pensaba en el problema, y cada vez me
parecía más improbable la solución. «Para empezar —me
dije—, tendrá que cenar aquí... Y luego le tendré que
dar todos los días de comer y de cenar, pero no deberá
hacerse ilusiones: por las mañanas, comerá un trozo de
pan con dos cebollas, y después otro pedazo de pan con
más cebollas. Algún día podré darle un poco de sopa,
pero sin ninguna seguridad. Lo peor será la bebida...
¡Tendrá que dejarla!»
No obstante, a continuación pasó algo por mi cabeza.
Pensé en la posibilidad de que Yemelia se fuese de mi
lado, y hube de reconocer que, con él, desaparecería la
alegría de mi vida. Podrá parecer absurdo, pero la
cuestión era ésta y no otra. ¿Qué podía hacer yo? Sin
pretender que aquello fuese ninguna solución, de pronto
me propuse ser el padre y el protector de aquel
individuo. ¿Por qué? ¿A causa de qué me correspondía a
mí adoptar aquella responsabilidad? Aunque me hubieran
matado, no habría sabido responder de una forma
coherente. «Le libraré del vicio —me dije— y haré que
vaya perdiendo la afición que siente por la bebida. Si
quiere seguir a mi lado, tendrá que acostumbrarse a
trabajar, entre otras cosas porque, de lo contrario, no
tendremos ni para beber agua.»
En aquella época yo tenía la firme convicción de que
todo hombre debe servir para algo, de que debe tener un
oficio u otro. A partir de entonces, comencé a observar
a Yemelia en silencio.
Y un día le dije abiertamente:
—Yemelia, amigo mío, ¿no crees que deberías cuidar un
poquito más de ti? ¿No ves que vas hecho un harapo?
Cuando te miras a un espejo, ¿no te avergüenzas de ti
mismo?
El me escuchó en silencio, con la cabeza baja, sin
moverse del sitio donde se encontraba. Sólo al cabo de
unos minutos fue capaz de decirme:
—¿Qué dice usted, señor?
Había llegado hasta tal extremo su alcoholismo, que
era incapaz de pronunciar ni una sola palabra
correctamente. Se le decía una cosa y contestaba a
otra. A veces, me escuchaba durante largo rato, pero de
pronto lanzaba un profundo suspiro, pareciendo que, en
realidad, no me había oído.
—¿Por qué suspiras, Yemelia? —le pregunté en una de
aquellas ocasiones.
—Por nada, Astafi Ivanovich —me respondió—. No tiene
por qué preocuparse, se lo aseguro. ¿Sabe una cosa,
Astafi Ivanovich? Hoy se han pegado dos viejas en plena
calle. La una le había tirado a la otra,
inadvertidamente, una cesta de setas.
—¿Y qué tiene eso de particular?
—Estonces la otra vieja derribó a la primera, a la vez
que tiraba su cesta, llena de cerezas, que pisoteó a lo
largo de toda la calle.
—¿Y qué más ocurrió, Yemelia Ilich?
—Nada más, señor. Yo sólo vi eso.
—¿Sabes lo que te digo, Yemelia?
—No, señor.
—Pues creo que tienes trastornado el juicio.
—¿Por qué, señor?
—Porque sí...
—Le contaré otra cosa... A un caballero se le habían
perdido unos cuantos billetes de Banco en la calle. Un
individuo los vio y dijo: «Yo los he encontrado.» Pero
otro, que también había visto la escena, replicó: «¡Yo
los he visto antes que tú!» Y comenzaron a discutir,
hasta que llegó un guardia, que se incautó del dinero y
se lo devolvió al señor que lo había perdido,
amenazando a los otros con llevarles a la comisaría.
—Bueno, ¿y qué más? ¿Qué es lo que encuentras de
interesante en todo eso, Yemelia?
—¡Ah nada! A mí no me parece interesante. Si me
sorprendió la escena, es porque la gente se reía.
—¡Ay, Yemelia! ¡Ahora resulta que has vendido tu alma
por una simple moneda de cobre! ¿Sabes lo que te digo?
—No lo sé, Astafi Ivanovich...
—Que tienes que buscarte algún trabajo. Te lo he dicho
ya cien veces, pero tú no pareces entenderlo. ¡Búscate
una ocupación, aunque sólo sea en consideración a mí!
—¿Y cómo voy a buscar esa ocupación, Astafi Ivanovich,
si no sé cuál es la que debo aceptar? Lo cierto es que
nadie quiere admitirme, nadie quiere darme trabajo..»
—¿Y puede saberse por qué dejaste el trabajo de la
oficina? ¡Anda, dímelo, borrachín!
—A Vlasia el camarero le han llamado hoy a la
comisaría —me respondió.
—¿Y por qué?
—Eso es lo que no sé, Astafi Ivanovich, pero, según
parece, se trata de algo pasado...
Todo aquello me hizo pensar: «No cabe duda de que no
hay remedio. Estamos perdidos los dos. Y Dios acabará
castigándonos por nuestros pecados.» Sin embargo, ¿qué
podía hacer con un hombre así? ¡En el fondo era un
individuo muy inteligente! Sabía muy bien lo que decía.
Por lo demás, cuando una conversación le resultaba
aburrida, o se barruntaba que yo le iba a decir algo
que no le convenía, entonces cogía la capa, y sin decir
absolutamente nada, se marchaba... Pasaba el día dando
vueltas por las calles, para volver por ia noche
completamente beodo... ¿Quién le daba el dinero para
beber? Esto era algo que yo, en mi inocencia, ignoraba
por completo.
—El día menos pensado dejará de regir tu cabeza
correctamente; ya lo verás... —le decía yo—. ¿No crees
que ya has bebido bastante en esta vida? Te advierto
que de ahora en adelante, si vuelves borracho por las
noches, dormirás en la escalera, porque... ¡no te
abriré la puerta!
Después de que hube proferido aquella amenaza, Yemelia
estuvo aún dos días en casa, pero al tercero
desapareció. Le esperé y le esperé, pero no aparecía.
Entonces comencé a sentir una profunda lástima por él.
«¿Adonde habrá ido a parar?», me decía. Anocheció,
pasaron horas y más horas, y no llegaba... Me fui a
dormir, y a la mañana siguiente, ¿qué es lo que veo al
salir a la escalera? ¡Pues al bueno de Yemelia! Al
parecer, había pasado allí la noche. Tenía la cabeza en
un peldaño y estaba tendido cuan largo era,
completamente entumecido de frío.
—¿Qué haces aquí, Yemelia? —le pregunté—. ¿No te das
cuenta de que esto es lo último?
—Es lo que me dijo usted, Astafi Ivanovich, ¿no lo
recuerda? Me dijo que, si venía bebido, debería dormir
en la escalera. Por eso no me atreví a llamar a la
puerta... y me eché a dormir aquí.
—¡Ah, Yemelia! ¡Si quisieras hacer otra cosa que
limpiar la casa con tus andrajos! —le dije, sintiendo
al mismo tiempo rabia y compasión.
—¿Y qué podría hacer, Astafi Ivanovich?
—¡Si fueras capaz de aprender el oficio de sastre! —le
dije al final—. Al menos así, podrías remendarte tú
mismo los andrajos que llevas... ¡Anda, entra en easa,
calamidad de los demonios!
¡Bien! ¿Y qué se dirá que hizo el borrachín a
continuación? Pues cogió una aguja y se puso a
enhebrarla... Yo le había hablado con cierta
vehemencia, pero él estaba dispuesto a corregirse,
según parecía. Le contemplé detenidamente y pude
apreciar que tenía los ojos inflamados y que le
temblaban las manos. No atinaba a meter el hilo por la
aguja, pero él insistía. Lo humedecía con la lengua una
y otra vez... hasta que por último desistió de su
empeño y se me quedó mirando.
—Está bien, Yemelia. ¿Quieres hacerme un favor? Dios
sea contigo y te perdone todos tus pecados! Puedes
quedarte en casa, si quieres, pero no vuelvas a hacerme
una cosa así... Me refiero a tu decisión de pasar la
noche en la escalera, ¿comprendes?
—¿Y qué voy a hacer, Astafi Ivanovich? Demasiado sé
que siempre estoy borracho y que no sirvo para nada.
Tan sólo usted, que es mi bienhechor, se interesa por
mí, así es que...
Y de pronto comenzaron a temblarle los labios, medio
helados. Por sus pálidas mejillas rodaron unas
lágrimas. En cuanto la primera de aquellas cuatro
lágrimas hubo llegado a su mal cuidada barba, brotó
súbitamente de sus ojos todo un raudal de llanto...
¡Creí que se me iba a partir el corazón! «¡Vaya, qué
sensible te has vuelto de pronto! —hube de decirme—.
¡Nunca lo hubiera sospechado!»
Decidí, por lo tanto, dejar que Yemelia Ilich hiciera
lo que le viniese en gana, aun a sabiendas de que
llegaría a convertirse en una auténtica piltrafa.
Sin embargo —prosiguió Astafi Ivanovich—, la historia
estaba destinada a continuar, aunque lo que sigue sea
tan huero e insignificante, que quizá no merezca el
tiempo que haya de emplearse en hacer su
correspondiente referencia. Es muy posible que no se
pudiera encontrar quien diera dos copecs por todo ello;
sin embargo, yo habría dado mucho dinero, de haberlo
tenido, para que no sucediera nada de lo ocurrido.
La cuestión es que yo tenía unos magníficos pantalones
de montar, a rayas azules, que me había encargado hacer
un propietario, el cual opinaba que se los había
confeccionado demasiado estrechos, siendo ésta la causa
de que me los hubiese dejado allí. «Está bien —me dije—
, no hay por qué preocuparse; se trata de una prenda de
calidad, y en el rastro siempre podré sacar de ella por
lo menos cinco rublos. En caso contrario, confeccionaré
con su tela unos pantalones normales, y siempre es
posible que me quede aún para hacerme un elegante
chaleco. A fin de cuentas, a un hombre modesto como yo,
todo le cae bien.»
A todo esto, Yemelia atravesaba un negro período, pues
llevaba ya varios días sin beber, posiblemente porque
no encontraba quien le invitara. No podía llevarse a
los labios ni una mala gota de vodka. Su actitud era la
misma que podría adoptar un apaleado que se llevara las
manos a su dolorida cabeza, inspirando la natural
lástima. Por mi parte pensaba que, a juzgar por
aquello, era muy posible que Yemelia se reformase de su
vicio a fuerza de no tener dinero.
Estaban las cosas así, cuando llegaron las fiestas
mayores. Un día fui a la misa de noche, pero cuando
volví a casa, ¿con qué me encontré? Pues con que el
bueno de Yemelia estaba borracho, sentado en el
alféizar de la ventana y columpiándose sobre el vacío.
«¡Ya estamos otra vez!», fue lo primero que pensé. Sin
saber por qué, fui hacia el baúl, y... ¿qué vi? ¡Que
los pantalones de montar a rayas habían desaparecido!
Lo revolví todo, buscando la prenda, pero fue inútil.
Las primeras sospechas fueron para la patrona, a la que
acusé despiadada e injustamente, pues ni siquiera se me
ocurrió pensar en Yemelia como en el presunto ladrón,
ya que había pasado las últimas horas completamente
borracho fuera de casa.
—¡Por Dios, señor Ivanovich! —me dijo la pobre mujer—.
¿Qué cree que iba a hacer yo con ésos calzones? ¿Acaso
ponérmelos? Además, debo comunicarle que a mí también
me ha desaparecido una chaqueta, así es que...
—Entonces, ¿quién estuvo aquí? —le pregunté.
—¿Aquí? ¡Nadie! ¡Absolutamente nadie! Yo no me he
movido de casa en todo el día. Quien ha estado aquí ha
sido Yemelia Ilich, que luego salió y volvió a
entrar... ¿No le ha visto en la ventana? ¿Por qué no le
pregunta a él?
—Yemelia —le pregunté—, ¿has visto por casualidad los
pantalones a rayas que yo había hecho para aquel
caballero? Ya sabes a cuáles me refiero, a los calzones
de montar, que se habían quedado algo estrechos..»
—¿Y cómo iba a verlos yo, Astafi Ivanovich? —me
contestó—. Le aseguro que..., que yo no he cogido esa
prenda para nada en absoluto.
Me puse de nuevo a buscar, pero... todo fue inútil.
Yemelia, mientras tanto, seguía en la ventana. Yo me
senté en el baúl y me quedé mirándole de reojo, hasta
que, de pronto, una idea me asaltó el cerebro. Fue como
si me ardiera el corazón en el pecho. La sangre amenazó
con subírseme a la cabeza.
—Yo no he cogido esos pantalones —dijo Yemelia
apresuradamente, mientras fijaba su mirada en mí—. Es
posible que usted pueda imaginarse las cosas más
peregrinas, pero le juro que yo no he cogido nada.
—¿Dónde están, pues, esos pantalones, Yemelia?
—¿Y cómo iba a saberlo yo, si ni siquiera los he
visto? —replicó el borrachín, con la mayor naturalidad
del mundo.
—En tal caso, Yemelia, ¿quieres que crea que esos
pantalones se han marchado por sí solos del baúl?
—Quizá haya sido así, Astafi Ivanovich... Lo único que
puedo asegurarle es que yo no sé absolutamente nada de
este asunto, ¿comprende?
Me levanté y me acerqué hasta donde se encontraba él.
Encendí la luz y me puse a trabajar al lado de la
ventana, tal como era mi costumbre. Le estaba volviendo
el chaleco a uno de los inquilinos de la casa, que
vivía en el piso de arriba. Sin embargo, seguía
intranquilo. En cierto modo, creo que, si se me hubiera
quemado toda la ropa en la estufa, no lo habría sentido
tanto.
A Yemelia no le pasó desapercibida, por supuesto, la
indignación que a mí me recomía. La verdad es que,
cuando un hombre comete algo malo, es capaz de predecir
cualquier clase de desgracia, del mismo modo que los
pájaros barruntan las tormentas.
—A propósito, Astafi Ivanovich —comenzó a decirme
Yemelia Ilich, con voz temblorosa—, ¿no se ha enterado
de que hoy se casa Antip Prokorich, el mariscal, con la
viuda del cochero que murió hace muy poco?
Le respondí con una mirada cargada de intención que él
entendió de maravilla. ¿Y qué ocurrió entonces? De
pronto, Yemelia se levantó, se dirigió a la cama y
comenzó a revolver las ropas. Yo preferí no moverme y
observar. Entretanto, él siguió buscando y buscando,
sin dejar de murmurar:
—¡Aquí no hay nada! ¡Absolutamente nada! ¡Es inútil
buscar! ¿Dónde estarán esos endemoniados pantalones? Es
incomprensible, porque la tierra no se los ha podido
tragar...
Yo continuaba a la expectativa de lo que pudiera
ocurrir, porque aquello me parecía un tanto extraño...
¿Se trataba de una comedia? ¿O era que Yemelia tenía
realmente la cabeza trastornada?
De repente, sucedió algo que no esperaba... Yemelia,
en su búsqueda, se metió debajo de la cama. ¿Qué iría a
hacer allí? Ante aquella nueva excentricidad, no pude
contenerme:
—¿Qué haces, Yemelia Ilich? ¿Qué haces debajo de la
cama? ¿Te has vuelto tonto?
—Estoy mirando, por si se hubieran caído aquí esos
malditos pantalones...
—Pero... ¿qué dice, señor mío? —le contesté, sin darme
cuenta de que había dejado de tutearle, llevado por mi
indignación—. ¿Acaso cree usted que es digno el
arrastrarse por los suelos para buscar unos pantalones?
—¡Ah, señor! Eso es lo de menos... La cuestión es que
esos calzones tienen que estar en algún lado..., y que
alguien los tiene que encontrar.
—¡Hum...! Escúchame bien, Yemelia Ilich...
—¿Qué?
—¿No será que me has robado, como si fueras un simple
ladronzuelo, en señal de gratitud por haber compartido
mi pan contigo?
Entonces él me dijo algo, pero todos sus esfuerzos
estaban encaminados a enternecerme. De nuevo se
arrastró de rodillas por el suelo.
—No, Astafi Ivanovich —dijo, después de un rato—. Se
equivoca si piensa eso de mí.
Pero él siguió debajo de la cama, hasta que por
último, pasados unos minutos, volvió a incorporarse, Me
fijé en su rostro y vi que estaba más blanco que un
pañuelo.
Yemelia Ilich se levantó, se fue hacia la ventana, se
sentó, mientras yo trabajaba, y allí permaneció en
aquella actitud por lo menos durante diez minutos,
después de los cuales se incorporó y se dirigió hacia
mí.
En su rostro pude sorprender el temor que se tiene
cuando se es culpable de algo.
—Se equivoca, Astafi Ivanovich —dijo—. No crea que me
he tomado la libertad de sustraerle esos pantalones...
Al pronunciar aquellas palabras, noté que le temblaba
el cuerpo, así como la voz. Para conferir más fuerza a
sus palabras, se tocaba el pecho con un dedo, de forma
que yo mismo llegué a sentir una especie de angustia.
—Está bien, Yemelia Ilich —le dije—, como quieras. Si
es como dices, tendrás que perdonarme por ser injusto
contigo al sospechar de ti. Dejemos ya en paz esos
pantalones... ¡Que estén donde sea! Al fin y al cabo,
no nos son necesarios para vivir. Gracias a Dios, tengo
salud y buenas manos para trabajar. No por ello me voy
a desesperar, ni tampoco voy a ponerme a pedir limosna,
¿no te parece?
Yemelia Ilich continuó todavía un rato de pie.
Al parecer oía lo que le estaba diciendo, pero como si
no lo asimilara mentalmente. Al final, sin embargo,
pareció calmarse..., y volvió a sentarse en el suelo,
replegado sobre sí mismo.
En aquella postura permaneció, sin moverse, mientras
yo trabajaba. Cuando me marché a dormir él aún estaba
allí. Y a la mañana siguiente..., todavía seguía en el
mismo lugar, arrebujado en su capa, tal como lo había
dejado la noche anterior. Sin duda se había sentido
humillado y por eso no había querido acostarse en la
cama.
Debo decir que para entonces, en cierto modo, yo había
perdido el respeto a Yemelia Ilich. Tampoco sentía ya
por él la misma inclinación afectuosa que antes,
pudiéndose decir que le odiaba. Era como si un hijo mío
me hubiese robado, dándome un horrible disgusto y
haciéndome perder mi confianza en él.
Por lo demás, Yemelia entró en una etapa crítica de su
vicio. Pasó más de dos semanas seguidas bebiendo.
Estaba tan borracho que parecía haberse vuelto loco. Se
iba de casa por la mañana y no regresaba hasta la
noche. ¡Si al menos en aquellas dos semanas le hubiese
oído yo una sola palabra! Pero nada... Era como si sólo
le interesara suicidarse bebiendo.
Al final, cuando al parecer se quedó sin dinem,
cesaron sus salidas y volvió a sentarse conmigo junto a
la ventana. Un día, de pronto, comenzó a llorar. ¿Qué
podía ocurrirle? Le miré y me di cuenta de que lloraba
a raudales. Sus ojos parecían dos manantiales.
Siempre me ha dado una gran pena ver a un hombre
llorar, y más si se trata de un hombre como Yemelia,
quien estoy seguro de que lloraba compungido ante el
enorme peso de su pobreza y de su dolor.
—¿Qué te sucede, Yemelia? —le pregunté.
Por primera vez desde hacía muchos días había vuelto a
dirigirle la palabra, y entonces él pareció
estremecerse.
—Por favor, Yemelia. ¿Por qué te empeñas en permanecer
sentado ahí, como si fueras un buho?
—Es que..., es que quisiera buscar trabajo, Astafi
Ivanovich.
—¿Y en qué clase de trabajo has pensado?
—En ninguno. Creo que cualquiera podría servirme.
Podría colocarme donde antes... Ya estuve hablando con
Fiodor Ivanovich y le supliqué que me readmitiera.
Pienso que no es correcto que yo sea una carga para
usted. En cuanto encuentre trabajo, prometo devolverle
todo lo que le debo, e incluso pienso recompensarle por
las inolvidables atenciones que ha tenido conmigo.
—¡Basta, Yemelia! Lo pasado ya pasd, ¿comprendes? ¡Que
bucee en él la urraca! ¡No por eso se va a acabar la
vida para nosotros!
—No estoy de acuerdo, Astafi Ivanovich, porque sé lo
que está pensando... Yo no le quité aquellos
pantalones.
—Está bien, te creo, Yemelia. ¿Quién dice lo
contrario?
—No es eso, Astafi Ivanovich, porque la cuestión
estriba en que, a mi juicio, no debo seguir aquí.
—¿Y por qué? ¿Te ha ofendido alguien? Dime, ¿quién te
echa de esta casa? Al menos, yo no tengo tal
intención...
—Ya lo sé... Pero eso no quita para que yo comprenda
que no está bien que siga viviendo en su casa. En
resumidas cuentas, creo que es mucho mejor que me vaya
de aquí...
—¿Y adonde irás? Por favor, hombre, ten un poco de
juicio... Piénsalo bien, ¿dónde vas a ir?
—Por favor, Astafi Ivanovich, no haga nada por
retenerme... —dijo Yemelia, y volvió a llorar—. Me voy
ahora mismo, de manera que no haga nada para
retenerme... ¡Prométamelo! ¡Prometa que no me lo
impedirá!
—¿Por qué, Yemelia? ¿Por qué?
—No lo sé, Astafi Ivanovich... De cualquier forma,
usted tampoco es el mismo de antes.
—¿Cómo que no? Pero... ¿qué estás diciendo? Tú no eres
el mismo... Lo que ocurre simplemente es que se te ha
metido en la cabeza acabar contigo, te has convertido
en tu peor enemigo, ¿no te das cuenta?
—No es eso, Astafi Ivanovich. Ahora, por ejemplo,
usted se preocupa de cerrar el baúl. Yo veo todas esas
cosas y me da mucha pena. Por eso lloro. Lo mejor que
puedo hacer, y crea que lo he pensado bien, es
marcharme y pedirle perdón por haberle sido tan... tan
molesto.
¡Y se marchó! ¡Ya lo creo que se marchó! Yo no quería
creerlo, pero a la mañana siguiente hube de convencerme
de que lo había hecho de verdad. Le esperé durante todo
el día, pensando que regresaría por la noche, pero me
equivocaba. No regresó en todo aquel día, ni al
siguiente, ni tampoco al tercero... Comencé a
inquietarme y perdí las ganas de comer tanto como las
de dormir. No hacía más que darle vueltas a mi cabeza.
Con su decisión, el bueno de Yemelia Ilich había
conseguido intranquilizarme y desordenar todo mi
sistema de vida.
Al cuarto día me llegué hasta la taberna que Yemelia
solía frecuentar. Pregunté a todos por él, pero nadie
sabía dónde podía estar. ¡Había desaparecido! «Habrá
perdido el juicio y lo más probable es que esté tirado
por algún rincón», me dije.
Cuando regresé a casa, estaba más muerto que vivo. Al
día siguiente salí de nuevo a buscarlo, al mismo tiempo
que me reprochaba a mí mismo la irresponsabilidad de
haber dejado hacer su santa voluntad a un hombre en las
condiciones de Yenielia. Por fin, al quinto día, que
era festivo, cuando apenas había amanecido, oí que
llamaban a la puerta. Salí a abrir..., y me encontré
con Yemelia. ¡Allí estaba! ¡Y qué aspecto traía, Dios
mío! Tenía el rostro completamente amoratado, los
cabellos horriblemente sucios, y todo en él evidenciaba
que aquellos días había dormido en el arroyo, además de
que estaba más delgado que una cerilla.
Yemelia Ilich se quitó la capa y se. sentó frente a
mí, en el baúl. Se me quedó mirando fijamente. Aunque
seguía teniendo mis prevenciones contra él, cuando se
ve a un ser humano en semejante estado, es casi
imposible no sentir un poco de compasión. Me acerqué a
él y le pasé la mano por la espalda, con la intención
de consolarlo.
—Yemelia —le dije—, alégrate..., puesto que te
encuentras de nuevo en casa. Ayer estuve buscándote y
hoy me proponía hacer lo mismo por todas las tabernas
los figones de la ciudad. Dime, ¿has comido?
—Sí...
—No te creo... Anda, ven a la mesa. ¿Sabes? Puedo
darte una sopa de coles y algo de carne que quedó de
anoche. También hay cebollas y pan... Anda, ven y come
algo, para que recuperes fuerzas.
Le di todo aquello que le había prometido, y por el
apetito con que lo devoró, pude deducir que llevaba
tres días por lo menos sin probar bocado... ¡Había que
ver el hambre que tenía el pobre Yemelia!
—¡No sabes cómo me alegro de volverte a ver, amigo
mío!... Ahora te traeré una botella de aguardiente, y
así podrás olvidar tus penas. Nos haremos a la idea de
que entre nosotros no ha pasado nada, ¿te parece bien?
Te prometo que no te guardaré ninguna clase de
resentimiento, Yemelia...
Le dejé solo para ir a buscar el aguardiente, que puse
sobre la mesa, frente a él. Después me senté a su lado,
y dije:
—¿Qué te parece si brindamos por la fiesta de hoy? ¡A
tu salud, Yemelia!
Recuerdo que él tendió con avidez su mano, y ya iba a
coger el vaso, cuando le vi vacilar. ¿Qué significaba
aquello? Al final, sin embargo, asió el vaso y se lo
llevó a la boca. Le temblaba tanto la mano, que se le
vertía el licor... Y de pronto, para colmo de mi
sorpresa, vi que dejaba el vaso en su sitio, sin
probarlo siquiera.
—¿Qué te ocurre, Yemelia?
—Nada, Astafi Ivanovich. És que yo...
—¡Cómo! ¿Ya no bebes?
—No, Astafi Ivanovich. Me he hecho el propósito de no
beber nunca más...
—¿Qué quiere decir eso, Yemelia? ¿Has dejado para
siempre la bebida o se trata simplemente de una actitud
circunstancial?
Yemelia no respondió. Se había quedado en silencio, y
al cabo de un rato apoyó la cabeza en sus dos manos.
—¿No será que estás enfermo, Yemelia?
—Así es, Astafi Ivanovich. Me siento mal, realmente
mal... No sé qué me ocurre.
Me apresuré a llevarlo a la cama. Y allí comprobé que
le ardía la frente. La fiebre hacía que le temblara
todo el cuerpo. Durante todo el día estuve a su lado,
en la cabecera del lecho. Por la noche se agravó su
estado y le di una sopa de manteca y cebolla.
—Tómate esta sopa y verás como te alivia —le dije.
—No... Será mejor que hoy no tome nada —me respondió
con la cabeza temblorosa.
La patrona se había preocupado también por él. Le
preparó té, pero todo era inútil. El enfermo no se
aliviaba ni reaccionaba con nada. A la mañana del
segundo día fui en busca de un médico bastante
conocido, cuyo nombre era Kostopravov. Yo le conocía
con anterioridad a aquel día: cuando estaba con los
señores de Bosomiaguin, lo habían llamado en cierta
ocasión para que me viese, puesto que no me encontraba
bien.
El médico, en cuanto vio a Yemelia, dijo;
—Lo cierto es que no hay nada que hacer... No merecía
la pena que me llamaran. De todos modos, siempre se le
pueden dar unos polvos.
Creí que el doctor no hablaba seriamente. En esta
situación, llegamos al quinto día... Aún recuerdo a
Yemelia. Estaba en la cama, frente a mí, mientras yo
permanecía junto a la ventana con mi trabajo. La
patrona se afanaba por encender la estafa. Ninguno de
los tres hablábamos. Yo tenía el corazón destrozado,
como si quien estaba agonizando fuese mi hijo
preferido.
A la mañana siguiente noté que Yemelia hacía esfuerzos
por decirme algo, pero por lo que fuese o no se atrevía
o le resultaba imposible. En sus ojos se podía observar
una profunda tristeza.
Aún recuerdo, como si fuese ahora, que al mirarte yo,
él retiró la vista hacia otra parte, como si sintiera
una especie de vergüenza.
—¡Astafi Ivanovich! —exclamó de pronto.
—¿Qué quieres?
—Estaba pensando una cosa... Si vendiéramos mi capa en
el rastro, ¿cuánto podríamos sacar de ella?
—¿Cuánto nos darían por tu capa? No lo sé. Tal vez
tres rublos...
Aunque le dije aquello, yo sabía que se me habrían
reído si hubiera ido a vender un pingajo así al rastro.
Mi intención era tranquilizarlo, antes que cualquier
otra cosa, pues conocía la extremada sensibilidad de
Yemelia.
—Es lo que yo creo también —me respondió, después de
unos segundos—. Al fin y al cabo, el paño es bueno, y
tres rublos no es mucho dinero...
Tras decir esto, el enfermo permaneció un buen rato en
silencio, hasta que volvió a exclamar:
—¡Astafi Ivanovich!
—¿Qué?
—¿Quiere hacerme un favor?
—Dime lo que sea, Yemelia.
—Tal vez sea demasiada molestia...
—¿Demasiada molestia? ¿Por qué? En todo caso, dime de
qué se trata.
—Desearía que vendiese usted mi capa cuando yo me
muera... Que no me entierren con ella.
—¿Por qué?
—Después de muerto, la capa no me servirá ya de nada,
y en cambio, como usted mismo ha reconocido, es una
prenda de la que se puede sacar algún provecho...,
aunque éste se limite a tres rublos.
Aquellas palabras me impresionaron de tal manera que
no acerté a decir nada. Lo único que me parecía estar
claro era que la muerte había comenzado a llamar en el
corazón de Yemelia Ilich.
Acto seguido, se hizo de nuevo el silencio entre
nosotros. Yo miraba de soslayo a Yemelia, mientras que
él, a su vez, no dejaba de mirarme. Sin embargo, en
cuanto nuestras miradas se cruzaban, él apartaba la
suya.
—¿Quieres un poco de agua? —le pregunté de pronto.
—Sí, démela... Le di de beber y pude comprobar que
sorbía el agua con verdadera ansia.
—Muchas gracias, Astafi Ivanovich... —me dijo—. Se lo
agradezco de verdad.
—Dime, Yemelia, ¿quieres alguna otra cosa?
—No...
—¿De verdad no necesitas nada?
—No, Astafi Ivanovich. Lo único que me gustaría... Lo
que desearía...
—¿Qué, Yemelia?
—Eso...
—¿Qué es?
—Lo que le he dicho antes...
—¿A qué te refieres?
—Es que..., es que... ¡Aquellos pantalones! ¿Se
acuerda, Astafi Ivanovich? Pues bien, fui yo quien se
los robó, a pesar de que le dije que no...
He de confesar que aquello que para él era una
revelación, a mí no me causaba ninguna sorpresa. «Estoy
seguro de que Dios lo perdonará», me dije, mirando a
Yemelia Ilich.
No obstante, las palabras del moribundo hicieron que
se me cortara el aliento. Un gran peso se instaló
encima de mi corazón y las lágrimas comenzaron a correr
a raudales por mis mejillas. No podía evitarlo. No
quería llorar, por no impresionar a Yemelia, pero me
resultaba imposible dominar la emoción. Al final,
decidí que lo mejor sería apartarme del lecho. Y así lo
hice. Pero de pronto requirió mi atención el enfermo,
pues me llamó:
—¡Astafi Ivanovich!
—¿Qué? —le contesté, al mismo tiempo que me volvía
hacia la cama.
Yemelia quería decirme algo. Esto resultaba más que
evidente por el empeño que ponía en incorporarse. Se
hubiera dicho que estaba empleando las fuerzas que en
realidad nunca tuvo.
Por último consiguió incorporarse ligeramente, tras lo
cual comenzó a mover los labios. Estaba claro: quería
decirme algo. Pero ¿qué podía ser?
—¿Quieres decirme algo, Yemelia?
El moribundo hizo un gesto de asentimiento y siguió
moviendo los labios. De repente su rostro enrojeció en
grado sumo, y me miró fijamente... Luego comenzó a
palidecer, echó hacia atrás la cabeza, lanzó un
profundo suspiro, y a continuación entregó su alma a
Dios...