Casa Milà (La Pedrera) 1906 – 1910.
Autora del texto: Maria Antonietta Crippa.
Al visitar el interior de la Casa Milà, al igual que ocurre con la cercana Casa Batlló, por las escaleras interiores de los pisos, la mirada se desliza por las paredes en movimiento gracias a las olas y sinuosidades de las puertas, de los cerramientos de madera curva y de cristales de colores, de las manecillas de latón que parecen hechas a partir de un calco de cera apretada en el puño de la mano, de los techos de yeso modelado y de los muchos componentes decorativos elaborados artesanalmente con sorprendente maestría de orfebres. El visitante se ve agradablemente inmerso en la fluida cavidad de un gigantesco volumen, hospitalario y cálido gracias a los continuos contrastes de luz y color obtenidos con el uso de muchos materiales de construcción. En el interior de la Casa Milà predominan los temas ornamentales marinos, que acentúan la fluida continuidad de los volúmenes de agua, a veces encrespada por el viento y otras enforma de espirales que recuerdan los rizos de espuma marina al golpear contra la orilla. Aparecen por doquier dibujos de pulpos y de flora marina, mientras que las carcolas están en relieve.
Los clientes eran el matrimonio formado por Pere Milà i Camps y Roser Segimon i Artells. El terreno sobre el que se erige la Casa Milà, en la esquina del paseo de Gràcia y de calle Provença, estaba ocupado por un pequeño chalet en la frontera entre el municipio de Barcelona y el de Gràcia, unidos en 1987.
Posee seis plantas, cada una de ellas ocupada por ocho pisos que se desarrollan alrededor de dos patios interiores, uno de planta circular y otro oval. La construcción resultó costosa y compleja por la ambición de sus propietarios. El edificio suscitó muchas polémicas y dio a pie a muchos comentarios irónicos, de los que queda constancia en los periódicos y en las revistas de humor, que comparaban el edificio a un gran garaje futurista de dirigibles.
Las plantas son un gran rectángulo, perforado en el centro por dos amplios patios interiores, cuyas paredes de perímetro poligonal aparecen modeladas con ligeros relieves plásticos y cubiertas de frescos con motivos sinuosos, vegetales o florales, sobre un fondo de manchas que se diluyen unas con otras, en las que destacan los colores rojo, azul y amarillo. La estructura de carga consiste en columnas de ladrillo macizo y piedra. Las paredes divisorias no soportan peso y, por esta razón, la distribución de los apartamentos varía de una planta a otra. El sótano se realizó con un gran pilar de hierro del que emergen en forma de hojas de palmera vigas de hierro que sostienen el patio circular superior, a cuyo alrededor Gaudí situó un garaje.
El arquitecto dedicó mucha energía a la definición de la fachada y a su envoltorio de piedra, tal como muestran los planos conservados. En primer lugar pensó en un desarrollo de las fachadas análogo al de la Casa Batlló, compuesta de balcones y galerías dentro de un cuadro compositivo regular de tipo racional. En una maqueta de yeso presentada en la Exposición de París de 1910, la fachada de dos caras contiguas ya había asumido formas muy plásticas y orgánicas. Gaudí había conseguido inventar una estructura de carga que le permita conferir a la fachada la función de sostenerse sólo a sí misma y de cerrar el espacio, es decir, que no actuaba como pared maestra, sino como revestimiento. La línea suavemente ondulada del perfil superior de la fachada aparece interrumpida en algunos puntos por menudas esculturas en formas de capullos de rosa, junto a palabras en latín en relieve, que pueden leerse con relativa facilidad desde la acera.
El gran volumen arquitectónico de la fachada, inclinada hacia el interior en la parte superior, provoca la sensación de una masa única, gracias al marcado resalte ondulatorio de la superficie sobre la que la luz del día juega libremente. En cambio, la superficie está realizada con bloques de piedra anclados con ganchos de hierro a un muro normal interior de ladrillo. La colocación de los bloques fue dirigida personalmente por Gaudí para obtener una sensación unitaria de una superficie ondulante. La Casa Milà fue apodada La Pedrera, palabra que significa cantera, por la similitud causada por la elaboración a pie de obra, junto a la calle, de los bloques de piedra procedentes de El Garraf y Vilafranca del Penedès.
El hierro forjado de los balcones presenta motivos abstractos y fitomorfos caracterizados por hojas onduladas y sinuosas. Las piezas de hierro forjado de la Casa Milà componen una especie de collage escultórico y fueron realizadas en el taller de los hermanos Badia de Barcelona, bajo directo control de Gaudí. Es espectacular la puerta de entrada principal, una trama curvilínea de hierros que dejan espacios para cristales de dimensión creciente en sentido ascendente. Para el pavimento de las aceras que circundan la casa y para algunas salas de la misma. Gaudí diseñó unas baldosas hexagonales de cerámica con motivos de pulpos, estrellas y caracolas en ligero relieve, realizadas por la empresa Escofet. La mano de Gaudí llegó hasta el mínimo detalle de las manecillas de bronce perfectamente ergonómicas y de los elementos de madera de los ascensores y las puertas, concebidos plásticamente en relieve si de esculturas se tratara.
Igualmente sugerente resulta la terraza con ondulaciones, horizontales y poblada de volúmenes para la salida de las escaleras desde la buhardilla, cubiertos de trencadís blanco, de torres de ventilación con forma espiral, algunas de ellas decoradas en la parte superior con fragmentos de botellas de cava verde oscuro, y de chimeneas, aisladas o en grupos de tres o cuatro. Las torres de las escaleras terminan en cruces de cuatro brazos iguales y las chimeneas en pequeñas cúpulas similares a yelmos de guerreros. Gaudí estudió todo el conjunto en una maqueta de yeso a escala 1:10 con la colaboración del escultor Bertran. Las chimeneas añadidas más adelante fueron eliminadas durante la restauración de 1995. La terraza de la Casa Milà desprende una potente carga emocional y el visitante tiene la impresión de hallarse inmerso en un misterioso diálogo entre guerreros en el fluido espacio de un imaginario onírico y que, por el contrario, es real.
Cuando Gaudí, ya famoso y experto, recibió el encargo de esta enorme residencia para la alta burguesía, lo concibió lleno de significados simbólicos y religiosos, al principio aceptados por su cliente y, más tarde, rechazados por los movimientos anarquistas y anticlericales de Barcelona.
Gaudí quería que el edificio fuera una gigantesca peana para un grupo escultórico monumental de piedra, metal dorado y cristal, compuesto por dos grandes ángeles y por una estatua de 25 metros de altura de la virgen de Rosario colocados en la terraza. Las tres figuras habrían dominado la ciudad y emergido del perfil ondulado de la larga fachada donde se grabaron las palabras del Ave María y de entre las chimeneas y las salidas de la escalera. Tal como se puede apreciar hoy, la Casa Milà no está conluida. De hecho, Gaudí no completó la construcción del edificio tras las fuertes divergencias con la esposa de Pere Milà entre 1909 y 1910.
En los años siguientes, el edificio sufrió muchas modificaciones: en 1946 fue vendido a la inmobiliaria Provença que, entre 1954-1955, encargó al arquitecto Barba Corsini la construcción de trece apartamentos en la buhardilla; en 1966 el arquitecto Gil Nebot transformó la planta noble en oficinas para una empresa extranjera; entre 1971 y 1975 se realizó la primera restauración, muy discutible, a cargo del arquitecto Josep Antoni Comas. En 1986 la Caixa de Catalunya compró el edificio para rehabilitarlo y destinarlo a centro cultural abierto al público e inició una restauración que duró de 1987 a 1996. La restauración recuperó la forma y el aspecto originales de la buhardilla de ladrillo, compuesta de secuencias de arcos catenarios que se desarrollan en recorridos serpenteantes y alrededor de volúmenes cilíndricos de las escaleras. Los arcos catenarios, construidos con la técnica catalana, se componen de hileras de un solo ladrillo, unidos entre sí también por un solo ladrillo, para sostener la terraza ondulante. La Casa Milà, conocida internacionalmente, formó parte de los bienes del Patrimonio Artístico de la ciudad de Barcelona en 1962 y fue declarada bien cultural del Patrimonio Mundial por la Unesco en 1984.
2 comentarios:
esta muy bonita en especial me gusto el baño :D saludos
Hola (paty). Lástima que no esté en venta la vivienda jaja
¡hasta la próxima!
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